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Pedro Barragán: La impotencia de Estados Unidos, ante el imparable ascenso tecnológico de China

 

Las sanciones contra Huawei, los bloqueos tecnológicos, las restricciones a los semiconductores y la reciente prohibición de DeepSeek ponen de manifiesto una estrategia estadounidense cada vez más desesperada. Washington pretende frenar y obstaculizar el desarrollo chino, pero tan sólo está consiguiendo exactamente lo contrario.

Durante décadas, Estados Unidos se ha presentado ante el mundo como el gran defensor del libre mercado, de la competencia y de la innovación. Sin embargo, cuando China ha empezado a escalar con rapidez en su desarrollo tecnológico, Washington ha abandonado todos estos principios que únicamente eran una pantalla para justificar el supremacismo. Donde antes predicaba competencia, ahora aplica prohibiciones; los mercados abiertos se han convertido en barreras; y ante la insuficiencia de su supuesta superioridad tecnológica, se ve obligado a recurrir cada vez más al poder duro para tratar de bloquear a sus competidores.

La reciente prohibición de DeepSeek en los sistemas informáticos de las agencias civiles federales estadounidenses constituye otro episodio de esta ofensiva. La medida, publicada el 20 de octubre de 2026, obliga a retirar sus productos y restringe también determinadas soluciones de terceros basadas en su tecnología.

Para tapar este pánico ante el progreso tecnológico chino y ante el hecho de que empresas como DeepSeek sean capaces de obtener con 6 millones de dólares una IA más avanzada que la que obtienen empresas norteamericanas con cientos de millones de inversión, Washington recurre a los argumentos manidos de la seguridad nacional, de los nunca detallados riesgos de ciberseguridad y de las hipotéticas transferencias de información. Y cuando detalla estos argumentos da la impresión de que de quien habla es de las empresas norteamericanas, que ya han sido pilladas en estas prácticas fraudulentas. DeepSeek representa aquello que más incomoda a las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas como es la posibilidad de desarrollar inteligencia artificial competitiva no sólo con costes considerablemente inferiores, sino, también, con modelos más accesibles.

El caso de Huawei resulta todavía más revelador y contra esta empresa Estados Unidos desplegó una formidable maquinaria de sanciones para limitar su acceso a componentes, software y tecnologías fundamentales, con el objetivo de debilitar a uno de los principales símbolos del progreso industrial chino.

Sin embargo, Huawei no ha desaparecido, ha intensificado sus esfuerzos de investigación, ha desarrollado alternativas tecnológicas y se ha convertido en el centro de la estrategia china de autonomía en semiconductores.

Todos los esfuerzos norteamericanos para bloquear la tecnología china y evitar el sorpasso económico, terminan convirtiéndose en un poderoso incentivo para innovar en China.

Algo semejante sucede con las restricciones estadounidenses a la exportación de chips avanzados y de la maquinaria para fabricarlos. Estas medidas han podido provocar algunas dificultades a China, especialmente en los procesos de fabricación más sofisticados, pero lo que han logrado es acelerar la sustitución de los proveedores extranjeros, multiplicar las inversiones nacionales y fortalecer el desarrollo de tecnologías propias.

Incluso análisis de instituciones occidentales como el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) reconocen que las restricciones han impulsado la autosuficiencia china.

Y aquí hemos llegado a la gran paradoja de la política estadounidense, que cuanto más intenta impedir que China desarrolle sus propias tecnologías, más razones proporciona a Pekín para acelerar su desarrollo y reducir la dependencia de Estados Unidos.

Washington ha conseguido transformar la rivalidad comercial en una carrera por la independencia tecnológica de China. Y este país dispone de enormes recursos industriales, científicos, financieros y humanos para alcanzar la independencia.

Además, las sanciones tienen un coste que Estados Unidos parece empeñado en ignorar. Sus propias empresas pierden oportunidades comerciales en uno de los mayores mercados del planeta. Los fabricantes estadounidenses de semiconductores ven restringidas sus ventas, mientras las compañías chinas encuentran nuevos incentivos para desarrollar alternativas nacionales.

La política de bloqueo está destruyendo las relaciones de dependencia que durante años han facilitado la influencia de Washington.

El problema de fondo no tiene nada que ver con la seguridad nacional y es tan sólo político. Estados Unidos es incapaz de aceptar un orden internacional en el que otros países puedan competir en condiciones de creciente igualdad.

Cuanta más represión vemos en Washington, más patente se hace su ansiedad e impotencia ante los éxitos de la IA china. “Washington impone multas inútilmente mientras mira las luces traseras de DeepSeek” titulaba la editorial de Global Times estos días. Y todo este ruido parece que lo único que ha conseguido es que todo el mundo conozca la existencia y la potencia de DeepSeek, una publicidad impagable.

China puede encontrarse obstáculos, pero sigue investigando, fabricando y desarrollando soluciones propias. Porque la innovación y el futuro no se pueden detener desde Washington mediante decretos administrativos.

Las sanciones destinadas a impedir el ascenso tecnológico de China serán recordadas por la historia como uno de los grandes catalizadores que favorecieron su independencia científica e industrial.

Economista y editor de China Información y Economía -Autor de Por qué China está ganando.