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Papel Literario del 18 de octubre de 2026, por Nelson Rivera

 

Amigos lectores:

I. Desde el momento en que lo leí, hace ya varios meses, esperaba la ocasión de publicar el ensayo Narrativas del espejismo: petróleo, ilusión y desolación en la literatura venezolana, de Juan Pablo Gómez Cova, lector de lujo, crítico literario y docente de muy variado espectro. Tengo particular aprecio por los textos suyos que he leído, por el pensamiento que los rigen: comunicar información e ideas de forma clara, evitando el enrevesamiento de la prosa, el abuso de citas, el pavoneo conceptual. Gómez Cova va al grano y lo presenta limpio. No pretende hacer una exhibición de sus lecturas.

II. Escribe en su ensayo, que tiene de recuento literario, seguimiento histórico y antropológico, de proyección cultural y hasta de humor: “Me gusta pensar que Fray Bartolomé de las Casas se inspiró en un desgraciado indígena guaiquerí, explotado hasta el ahogamiento, cuando empezó a preguntarse por la legitimidad de las acciones del Imperio español, dando lugar a las reflexiones más honradas planteadas jamás por los dominicos de Salamanca, auténticos pepitos-grillos de los desbocados ejecutores de la conquista: ¿realmente tenemos derecho a hacer esto? ¿Estos individuos tostados por el sol acaso tendrán alma?”. Se despliega en las páginas 1, 2 y parte de la 3.

III. El solo título, Los relojes públicos de Caracas, ya nos sugiere el espíritu curioso y original del más reciente libro de Vicente Lecuna Torres, médico, Doctor en Literatura y exdecano de la Facultad de Medicina. Escribe Rodolfo Izaguirre: “Vicente Lecuna Torres decidió no ser traidor de sí mismo y se dedicó a descubrir, observar, fotografiar y documentar todos y cada uno de los relojes que encontraba a su paso: se convirtió, a su manera, en un nuevo explorador, un adelantado republicano que logró ubicar en un desconocido mapa de Caracas los relojes públicos que iba descubriendo”. Página 3.

IV. El reportaje de Juan Carlos Zapata, rigurosamente documentado, nos devuelve a la histórica gira internacional de Carlos Andrés Pérez en 1976, que entonces cambió la posición de Venezuela en el mapa geopolítico mundial. Incluso para los lectores de mayor edad, esta lectura resultará sorprendente: habla de una política exterior de manos tendidas y alianzas, contraria a las prácticas aislacionistas. “Mientras los venezolanos leían aquellos titulares en la mañana sobre el discurso ante la ONU, ya el Coloso de Viasa aterrizaba en Roma y al rato las agencias comenzaban a transmitir las fotos del encuentro con el presidente de Italia, Giovanni Leone, en el Palacio del Quirinal. En Roma, Pérez se quedaría cuatro días. Ya estaba en Europa, y en la Ciudad Eterna. Un hecho inédito para la política exterior de Venezuela”. Páginas 4 y 5.

V. Antonio Ecarri Bolívar comenta Latinoamérica: nudos, mitos y logros, libro reciente de Rafael Arráiz Lucca: “Otro logro: la cultura global, dice Arraiz con sobrada razón que “No hay fiesta en el mundo sin música latina”. Y de aquí han salido, además de Andrés Bello, Seis premios Nobel de Literatura: Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y el gran ausente de los nobel, pero que todos extrañan y también era latinoamericano, el gran Jorge Luis Borges. Juan Rulfo y Arturo Uslar Pietri fueron premio Principe de Asturias de las letras. Está en la página 6.

VI. Está en curso, así lo he percibido, un creciente interés en José Antonio Paéz. A esa corriente se suma ahora, en el terreno de la ficción, Centauro. La novela de Páez, salto a la ficción del periodista y cronista, Rafael Osío Cabrices. Reproducimos aquí el capítulo 1, en el que escribe: “Toman más café. El joven observa a la chica, quien nunca levanta los ojos, mientras el viejo se abandona a un monólogo acerca de la inmigración europea, la disciplina fiscal, el libre comercio y la administración de justicia. De pronto Páez se levanta y mira por la ventana que da a la calle. El día se ha despejado y el sol brinda volumen a los botones de su chaqueta, a las cerdas de su bigote, a sus cejas de tigre. Las manos, tras su espalda, se cierran como si pudieran empuñar de nuevo la lanza que le dio fama”. Página 7 y parte inferior de la 8.

VII. Oscar Hernández Bernalette ofrece otro episodio de sus Memorias de un diplomático. Cuenta en Ese verano en Zamalek: “Ese verano el calor era insoportable en la Zamalek. La humedad era sofocante, no teníamos cómo medirla, pero el cuerpo la absorbía. El Nilo de antesala, majestuoso, misterioso, las felucas navegando y el brillo de una ciudad atormentada se hacía tenue gracias al contraste de las enormes trinitarias a la entrada de la residencia de la Embajada de la India”. Página 8.

VIII. Amanecer, el ensayo de Helena Arellano Mayz que se ofrece en la página 9, puede leerse como un paso más en su hacer ensayístico, cada vez más libre, fluido y de proyección hacia grandes horizontes: “no en vano, María Zambrano dice que el oficio de la pasión del hombre ayuda al hombre a nacer, entre conjuros, invocación y llanto, lo ayuda a ganar su soledad, en la que se es al mismo tiempo que el otro, que los otros, y en relación con ellos. Como se presentará después de Homero, en la tragedia, al oficio de la piedad, como un arte de tratar con “lo otro”, con uno mismo, cuando nos hacemos otros o cuando todavía no hemos dejado de serlo“.

IX. En la parte inferior de la misma página viene la columna de Angelina Peraza, con una entrega dedicada al cuento de Stefan Zweig, Mendel, el de los libros: “Jakob Mendel me hizo recordar a mi padre y aquel momento en que no pudo leer más como consecuencia de una operación cerebral. Yo, en un acto de absoluta negación, me fui a la librería El Clip y le compré tres novelas, como si los libros fueran medicamentos, y se las puse en su mesa de noche. Allí se quedaron. Y vi cómo, desde ese día, su mirada se fue apagando. La de Mendel también se apagó cuando lo arrancaron de su universo bibliográfico y le quebraron los lentes”.

X. Más columnas en la página 10:

–Mariantonia Palacios -recién incorporada a la Academia Nacional de la Historia-, dice en El día que el sonido valió más que el oro: “Un objeto en particular, vinculado directamente a la música, ilustra de manera impecable este choque: uno que para los europeos casi carecía de valor comercial, pero que para los nativos equivalía a la más preciada de las joyas. Se trataba del cascabel de latón. Fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, explica el por qué era un objeto tan deseado: “Los indios de esta isla, y aun de todas las Indias, son inclinatísimos y acostumbrados a mucho bailar, y para hacer son que les ayude a las voces o cantos que bailando cantan (…)”.

–Fanuel Hanán Díaz hace una nueva entrega a su serie de columnas dedicadas a la diáspora, Hacer comunidad alrededor de los libros: “Los libros infantiles también han servido para construir comunidades en la diáspora venezolana. Más allá de las trayectorias de escritores, ilustradores y editores, en distintas ciudades han surgido librerías, centros culturales y proyectos que reúnen a niños y familias alrededor de la lectura. Son espacios donde los saberes y la experiencia acumulada por sus impulsores han encontrado nuevas formas de desarrollarse y contribuir a la vida cultural de las sociedades que los acogen”.

–Anakarina Fajardo D’Alpaos escribe sobre el montaje de Súbito, del psiquiatra y dramaturgo Arturo Rodríguez Milliet: “En un contexto global donde el cuidado de la salud mental exige visibilidad y empatía, la pieza teatral Súbito se planta ante ese silencio que ensordece a quien siente carecer de toda respuesta, enfrentando la intrusión desde las tablas, como el posible inicio de una tertulia diferida que, en este caso, se comienza a hilar con la pluma del psiquiatra Arturo Rodríguez Milliet”.

XI. Que vengan cosas buenas para todos.

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Nelson Rivera.