Para el creyente hay un soberano definitivo, ser supremo, que según la Revelación cristiana es único, pero en comunión tripersonal (Padre-Hijo Espíritu Santo) De modo que Dios es en sí mismo encuentro, diálogo. O como lo define la Biblia: Amor (1Jn 4,8).
A partir de la revolución democrática de los tiempos modernos y siguiendo a Rousseau y otros pioneros se ha hecho corriente hablar del pueblo como soberano. Para el creyente esta soberanía popular no contradice la primacía de la divina, la cual se da en un marco distinto del societario histórico. Más aún, desde la fe se interpretan la libertad y el poder político de los humanos como excelente don divino.
Venezuela ha experimentado un real ejercicio de soberanía democrática. Éste comenzó en el siglo XX con sus intentos y balbuceos (1936-1945), logros y tropezones (1945-1948), hasta llegar, luego de una dictadura militar a una seria institucionalización de cuatro décadas (1958-1998), aunque aquejada a los finales por un progresivo debilitamiento, al que siguió, terminando el siglo, la metódica imposición de un proyecto de corte totalitario (1999-2025) hasta el pasado 3 de Enero, en que la intervención armada extranjera abrió el período esperanzador, pero confuso, incierto y multiforme en que nos encontramos.
Una consistente experiencia democrática y de soberano activo se tuvo, pues, en la segunda mitad del último siglo, pero -más de uno lo advertimos en su tiempo y a tiempo- a la planta sembrada y creciente no se la cuidó con debido riego y poda-. El soberano no se educó ni fue educado debidamente en lo que en tiempos pasados se había denominado “moral y cívica”; las maquinarias partidistas se ensimismaron, sectores comunicacionales y empresariales se inflaron con pretendida autosuficiencia, la problemática social se fue agudizando y hacia el final cobró creciente auge un un populismo “mesiánico” de acento militarista y tinte hegemónico.
El siglo y milenio presentes han sido, pues, de progresivo y global deterioro. El soberano , afirmado de modo pomposo en la letra (ver CRBV 5) vino siendo paulatinamente desplazado por una monarquía-oligarquía de ideología socialista castromarxista de corte totalitario, conduciendo al país hacia una grave crisis económica, política y ético-cultural.
El 3 de Enero ha implicado un cambio oficial de cúpula, pero no de mentalidad. La élite gubernamental persiste en su convicción de iluminada y autosuficiente, llamada a manejar un soberano minusválido, supremo en teoría, pero de facto incapacitado y maniatado, incapaz, por ahora, de tomar las riendas de la nación.
La intervención de los Estados Unidos ha producido cambios positivos y generando expectativas de transición democrática. Pero la dinámica y el ritmo no aparecen claros, con el resultado de una marcada incertidumbre en la ciudadanía. Es, por ello, el momento de una amplia confluencia de los sectores democráticos para orientar y agilizar la marcha y asegurar así la reconstitucionalización del país.
La necesaria refundación del país -término utilizado recientemente por el Episcopado- exige favorecer la autoestima ciudadana. Creer en la gente, con un sincero sentido de projimidad. Se trata de una población -sencilla y pobre en su mayoría-, que reclama respeto y aprecio y debe consolidarse en fraternidad y solidaridad. El pueblo venezolano mayoritariamente aspira a vivir en paz, en una cotidianidad serena y constructiva. Pensar en esto no es simple utopía. Hay una experiencia reciente y animadora: el 28 de julio de 2024. El recuerdo de aquella animadora jornada exige abrir camino al soberano para que decida y actúe lo qué quiere ahora para esta “tierra de gracia”. Basta ya de intérpretes autosuficientes y de hegemones que no creen en la gente sino en egos hinchados y dirigencias pretendidamente autosuficientes.
A quienes piensan que es preciso primero organizar la economía y asegurar la estabilidad se les puede observar que si bien tales tareas urgen, con y después de ellas es preciso un esfuerzo serio para tejer una convivencia social libre, pacífica, participativa y establecer un firme estado de derecho.

