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Moisés Orraiz: La inteligencia artificial mueve millones, pero ¿Cuándo llegará esa riqueza a nuestros bolsillos?

 

Mientras millones de personas se preguntan cómo enfrentar el costo de la vida, algunas de las mayores empresas del mundo están destinando cantidades extraordinarias de dinero a desarrollar inteligencia artificial. Se construyen centros de datos, aumenta la demanda de semiconductores y los mercados financieros siguen de cerca cada anuncio tecnológico. Sin embargo, para buena parte de la población, esa revolución todavía parece ocurrir en una economía diferente a la suya.

La pregunta es sencilla: si la inteligencia artificial promete hacernos más productivos y generar tanta riqueza, ¿cuándo comenzarán a sentirse esos beneficios en los salarios, los precios y las oportunidades de empleo?

Las recientes perspectivas del Fondo Monetario Internacional vuelven a poner sobre la mesa el papel de la inversión tecnológica en el crecimiento mundial. La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los motores de actividad económica, especialmente en los países que concentran el desarrollo de infraestructura digital y las principales empresas del sector.

Pero conviene distinguir dos conceptos que suelen confundirse: inversión y prosperidad.

Cuando una compañía construye un centro de datos, compra equipos o contrata especialistas, genera actividad económica. Sin embargo, eso no significa que los beneficios se distribuyan inmediatamente entre todos los trabajadores y consumidores. Para que una innovación mejore de forma amplia el nivel de vida, debe traducirse en mayor productividad, mejores servicios, nuevas oportunidades y, eventualmente, ingresos reales más elevados.

Ese proceso puede tardar años y sus resultados no están garantizados.

Pensemos en una pequeña empresa que utiliza inteligencia artificial para organizar inventarios, atender clientes o reducir tareas administrativas. Si consigue producir más con los mismos recursos, habrá mejorado su productividad. Pero todavía queda una pregunta importante: ¿qué hará con ese beneficio?

Podría aumentar salarios, contratar personal, reducir precios o invertir en nuevos proyectos. También podría limitarse a incrementar sus ganancias. La tecnología abre posibilidades, pero no determina por sí sola cómo se reparte el valor que genera.

En el mercado laboral ocurre algo parecido. Algunas profesiones encontrarán herramientas capaces de multiplicar su capacidad de trabajo. Otras enfrentarán cambios importantes en sus tareas y en las habilidades que demandan las empresas. Por eso, hablar únicamente de empleos que desaparecerán resulta tan incompleto como prometer que la inteligencia artificial creará oportunidades para todos de manera automática.

La formación profesional y la capacidad de adaptación serán determinantes. Quienes puedan utilizar estas herramientas para ofrecer mejores servicios tendrán ventajas. Quienes no dispongan de conectividad, educación o acceso a nuevas tecnologías podrían enfrentar una brecha todavía mayor.

Para países como Venezuela, el desafío adquiere características particulares. La inteligencia artificial ofrece oportunidades para emprendedores, profesionales independientes y pequeñas empresas que necesitan competir con recursos limitados. Pero su aprovechamiento también depende de condiciones básicas: electricidad confiable, conectividad, acceso a financiamiento y un entorno que permita desarrollar negocios.

Sin esas bases, resulta difícil convertir una herramienta tecnológica en una transformación económica sostenida.

Esto no significa que el entusiasmo por la inteligencia artificial sea injustificado. Sus aplicaciones pueden mejorar la medicina, la educación, el comercio y numerosos procesos productivos. Lo que debemos evitar es confundir el crecimiento de las empresas que desarrollan la tecnología con una mejora inmediata del bienestar de toda la sociedad.

Las grandes innovaciones económicas no se miden únicamente por cuánto capital atraen, sino por su capacidad para mejorar la vida de las personas.

La inteligencia artificial ya está movilizando inversiones y transformando industrias. El próximo paso será comprobar si esa revolución consigue extender sus beneficios más allá de las grandes compañías y los mercados financieros.

Porque el verdadero éxito de la inteligencia artificial no será que unas pocas empresas valgan billones, sino que millones de personas puedan vivir y trabajar mejor gracias a ella.

Trader retail – Analista de mercados – Fundador de GrizzlyTraders