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Jesús Puerta: Una redefinición de la soberanía

 

Da tristeza, pero el espectáculo que presenciamos es el de un país con una soberanía nacional abolida, como se evidencia, tanto en las decisiones del gobierno de facto, puesto por Donald Trump, en materia petrolera, minera, seguramente en lo laboral y en la llamada “transición” hacia la recuperación de las instituciones propias de una democracia representativa o participativa (a estas alturas, después de una historia llena de equívocos y fraudes, esos apellidos no dicen mucho); así como también en las declaraciones y actitudes de los principales líderes políticos, desde la sonrisa satisfecha de Delcy, su discurso en la ONU, su beneplácito al recibir a sus jefes, sus “grandes socios”, pasando por los gestos demasiado cariñosos para con Trump de MCM, que le provocan a uno un dolorcito vago en la entrepierna, la vergüenza de ser objeto de burla de la reciente premiada con el Nóbel de la Paz (“si siguen aplaudiendo, le entrego el premio de Trump”, dijo muerta de la risa Navi Pillay) ante el berrinche de Donald, llegando al reconocimiento, tal vez franco, pero también desalentador, de Enrique Márquez, de que lo que pase con el país depende de una mesa de negociaciones donde se sientan dos partes teledirigidas por el mismo sujeto “trascendental”: una dictadura sangrienta que ahora es amante de la Paz, el Perdón, la Reconciliación y hasta la Superación (Jorge Rodríguez dixit) mediante un “Escudo de las Américas” que respalda a Israel, y unos políticos, cuyo período parlamentario se venció hace tiempo, que contrajeron ese compromiso o acataron la orden, también da lo mismo, sin avisar en una reunión donde supuestamente sus partidos reconocían a un liderazgo. Hasta hay uno que ofrece la dolarización del país en el tono tradicional de las promesas demagógicas de los politiqueros de siempre, o sea, como la panacea de todos los males.

En un país así, decía, donde todavía hay sectores que no entienden la relación entre la soberanía nacional y la soberanía popular, mediados ambos conceptos por el principio de la autodeterminación de los pueblos, y todos, incluidos los que reclamaron el reconocimiento de unas actas que demuestran el fraude electoral cometido el 28 de julio de 2024, han pasado la página, en función de unas elecciones que se convocarán y garantizarán cuándo y cómo decidan en Washington; en un país así, insisto, es bueno nutrirse de una discusión conceptual acerca de la soberanía, que se está debatiendo en el mundo, un mundo nuevo, donde parecía que Trasímaco, aquel que discutía con Sócrates para sostener que la única fuente del Derecho es la fuerza, la ley del más fuerte, había tenido la última palabra, a  nombre de la geopolítica y el pragmatismo, palabras muy de moda en esta época terrible.

Hace poco leí el artículo del teórico ruso Evgueni Vertlib, titulado “El policentrismo en la dimensión geopolítica”, publicado en la misma revista donde se puede leer a Alexander Dugin, el ideólogo de Putin. El texto en cuestión analiza la evolución del orden mundial tras el declive de la unipolaridad norteamericana, estableciendo una distinción fundamental entre la multipolaridad y el policentrismo, y planteando cómo la geopolítica moderna está transitando hacia una lógica de redes, conectividad e interdependencia funcional. Es importante este debate porque, si bien los gestos recientes de Trump de quitarle el apoyo a Zelenski, enfriar las relaciones con Europa y debilitar de hecho a la OTAN, confirman que la estrategia (que sí la hay, a pesar de las locuritas del Jefe) es atraer a Rusia y separarla de China, cueste lo que cueste, o sea, Europa. En ese reparto, por supuesto, nuestro amado país cumple solo la función de parte de las reservas petroleras de una de las superpotencias.

Vertlib parte de una distinción importante entre multipolaridad y policentrismo. El primer concepto se refiere a una distribución cuantitativa del poder entre varios grandes Estados o potencias independientes. Responde a la pregunta de cuántos actores influyen en el sistema internacional, manteniendo una estructura clásica de grandes potencias competidoras. Por su parte, la categoría de policentrismo alude a una arquitectura más compleja e interconectada. Los centros de poder no son solo Estados, sino regiones, espacios civilizatorios, sistemas financieros, corredores de transporte y nodos tecnológicos. Lo decisivo aquí no es la cantidad de centros, sino la naturaleza de los vínculos entre ellos.

Hay otra diferencia de fondo aquí. A diferencia de la geopolítica tradicional, que le daba tanta importancia a la ubicación y la extensión física de las áreas, mares, terrenos, etc., el espacio contemporáneo deja de definirse exclusivamente por el territorio tradicional y pasa a configurarse como un mapa de nodos, canales y flujos. Por ello, habría que repensar el concepto mismo de soberanía, y esbozar una nueva definición que el autor denomina soberanía transaccional, la cual es la capacidad real de un Estado para elegir entre circuitos alternativos de comercio, financiamiento, tecnología y seguridad. El verdadero indicador de autonomía es el margen de maniobra para decir “no” a un socio sin que colapse la viabilidad del país.

También, con esta óptica, de alguna manera, el poder mundial se redefine porque, si bien puede haber la tendencia a un mundo más interconectado, esa interdependencia puede convertirse en un instrumento de presión si ciertos actores controlan los “cuellos de botella” o nodos críticos.

En un mundo policéntrico, la conectividad (corredores logísticos, redes energéticas, sistemas de pago descentralizados) se convierte en una fuente vital de valor y estabilidad. Por tanto, se estaría transitando, de la lógica de conquistar territorio para obtener renta, a la lógica del encarecimiento mutuo de la guerra: si múltiples centros independientes dependen del buen funcionamiento de un mismo nodo, destruirlo deja de ser una victoria y se convierte en una pérdida económica para todos, generando un nuevo mecanismo de contención basado en el interés compartido.

Retomando las ideas de Konstantín Leontiev, el autor Vertlib aboga por preservar la “complejidad floreciente”: las diferencias culturales, históricas y civilizatorias no deben ser borradas por un estándar universal único, sino integradas como una propiedad estructural del sistema. La estabilidad a largo plazo de un orden policéntrico depende de la capacidad de transformar esas diferencias en compatibilidad funcional, permitiendo que distintos centros coexistan y colaboren sin disolverse culturalmente.

De tal manera que la geopolítica del siglo XXI está cambiando su función principal: pasa de la gestión exclusiva de fronteras y la lucha por una única hegemonía, a la gestión de la conectividad y de las redes de interdependencia. El policentrismo no elimina el conflicto ni la competencia, pero transforma sus reglas, haciendo que la preservación de los vínculos comunes resulte más racional que la destrucción del sistema.

Este enfoque tiene varios aspectos interesante. Pero quizás el más llamativo, es que es, a pesar de todo, optimista. O sea, a diferencia del “equilibrio del terror nuclear” de la Guerra Fría 1947-1990, el nuevo conflicto mundial tiene como horizonte los acuerdos que posibiliten las relaciones funcionales entre los superpoderes, conceptualizados ahora como “centros” económicos, políticos, militares y culturales (civilizatorios).

Por supuesto, el propio Vertlib dice que esta perspectiva es solo una tendencia y todavía hay muchas cosas por resolverse en la arena internacional como para pensar que este momento actual de Trasímaco, donde lo único que vale es la fuerza bruta, pueda pasar y lleguemos la Humanidad a un “nuevo orden” con reglas definidas.