El panóptico es el diseño arquitectónico de la cárcel ideal en Jeremy Bentham que consistió en un edificio circular con una torre de vigilancia en el centro. Este diseño le permitió, posteriormente, a Michel Foucault en su obra “Vigilar y castigar” referirse al panoptismo como ese sistema de control que se replica en toda la sociedad para moldear el comportamiento de la gente.
Efectivamente, Foucault describió como punto de partida una realidad carcelaria donde el recluso, al sentirse continuamente observado pero sin ver a su vigilante, terminaba por interiorizar la mirada del poder y quedar supeditado a esa relación. Hoy en pleno siglo XXI, las principales redes sociales han perfeccionado esa estructura de vigilancia que penetra en la mente y los espacios íntimos del individuo para condicionar su comportamiento y entregarse a las fantasías del mundo digital.
De manera que el panoptismo contemporáneo ya no opera a través de muros de concretos carcelarios, sino mediante algoritmos y formas de interacción virtual que reconfiguran el control social de los ciudadanos. A diferencia del prisionero de Foucault que odiaba su encierro, el usuario de las redes sociales desnuda voluntariamente su perfil, busca el “like” y se expone a la magia seductora del espacio virtual.
El control ya no se ejerce mediante la prohibición, sino a través de la ilusión de libertad total que brindan las redes sociales. Nos vigilamos permanentemente y nos juzgamos los unos a los otros en una vitrina digital con asombrosas imágenes que dan la sensación de ser libres. Es la magia seductora de la hiperconexion digital que, paradójicamente, nos hace seres vigilados y controlados por una sofisticada estructura panóptica, inducida y diseñada por factores de poder.
Frente a esta encrucijada se requiere una conciencia colectiva que debata sobre los efectos del control y la desinformación en el panoptismo digital. Es una corresponsabilidad profunda que asocie la rigurosidad del espacio escolar, el compromiso ético de los dueños de medio de comunicación y la familia, como base de la sociedad, para priorizar la verdad sobre el clic y una educación crítica frente a las pantallas.
De igual manera, es imperativo transformar las escuelas de comunicación social para abordar sin tapujo la manipulación de las redes sociales en la psiquis colectiva. Las universidades no deben restringirse a enseñar el uso técnico de las herramientas digitales. Deben formar a los futuros periodistas hacia posiciones firmemente éticas, aptos para desenmascarar y desmantelar el movimiento de los algoritmos que distorsiona la verdad frente a los usuarios. Romper los muros de ese panoptismo digital Es un compromiso colectivo desde las aulas y los hogares.

