Venezuela no resiste más paños calientes. Definir al país como una olla de presión no es una consigna: Es la dramática cotidianidad de un pueblo golpeado por la falla sistemática de los servicios básicos, la destrucción del poder adquisitivo y el cierre de los caminos institucionales. Pretender administrar el descontento con retórica, apatía o represión es un cálculo irresponsable. La tensión social no se disipa por decreto; se profundiza y busca salida.
La gravedad de la crisis exige una postura firme y sin ambigüedades. Las soluciones verdaderas no vendrán del inmovilismo ni de componendas de cúpula.
La única ruta para frenar el colapso definitivo requiere abrir sin demoras las válvulas democráticas y devolver la soberanía al ciudadano:
1. Poder local y legitimidad desde la base: Exigir la restitución de la representación parroquial y comunitaria mediante elecciones universales, directas y secretas. La gestión del territorio debe ser asumida por el binomio real de vecinos organizados y gobiernos locales, no por imposiciones burocráticas.
2. Justicia, derechos y dignidad: Sin Estado de Derecho ni libertad no hay paz social. Es indispensable el cese de la persecución, la revisión transparente e independiente de las detenciones por motivos políticos y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
3. Fuerza y contraloría ciudadana: Convertir la indignación en organización, propuesta técnica y exigencia intransigente para rescatar la salud, la educación y las condiciones de vida dignas que el país merece.
El tiempo de las evasivas y las postergaciones terminó. La presión acumulada sin respuestas conduce inevitablemente al quiebre. Es la hora del coraje civil, de la reconstrucción institucional y del protagonismo de la gente para definir el destino de la patria.
El Poder Ciudadano es la gente.

