Europa ha sido recientemente escenario de múltiples manifestaciones marcadas por reclamos de diversa naturaleza. Algunas de ellas han sido identificadas principalmente con el reclamo de los jóvenes, expresando su reacción frente a un estado de frustración económica, desconfianza política y la conciencia del desvanecimiento de una promesa de futuro que no llega. Las protestas son vistas, de alguna manera, como la respuesta a una sociedad que ha dejado de ofrecer a sus jóvenes una expectativa razonable de independencia, movilidad social y prosperidad y en la que se ha debilitado el contrato implícito entre las generaciones y la confianza en las instituciones.
El problema toca lo económico, pero también la calidad educativa y la relación entre lo que el sistema ofrece y las oportunidades reales que abre para los jóvenes. El problema no es únicamente cuánto puede ganar hoy un joven en su primer trabajo, sino la perspectiva de futuro, de estabilidad, de independencia, de vivienda, de conformación de una familia. El problema del desempleo para los menores de 25 años muestra, para más de uno de los países de la Comunidad Europea, tasas superiores a 20%. El reclamo toca también el propio sistema educativo, el deterioro de la educación pública, la escasez de profesores, los costes educativos, el desajuste entre la valoración académica de los aprendizajes y las exigencias reales del mundo del trabajo.
Europa no tiene el monopolio de las protestas juveniles. Menos presentes en el flujo informativo están las de América Latina, como el caso de Chile o las de Asia, con similitudes y con diferencias en las causas, las formas de expresión y las consecuencias políticas. En el caso de Europa, la razón más profunda es el contraste entre expectativas y resultados. El malestar de la juventud europea no se explica simplemente por una generación impaciente ni por una pérdida de valores cívicos, sino, en buena medida, por la contradicción entre unas sociedades que prometen derechos sociales y una economía en la que el empleo ya no garantiza la independencia y en la cual la vivienda se aleja de los ingresos.
El descontento y la frustración juvenil que se manifiestan en las movilizaciones no pueden ser vistos, como sugieren algunos analistas, como un rasgo de debilidad generacional, sino como el síntoma de un sistema socioeconómico y tecnológico que ha quebrado sus propias promesas de futuro. La cuestión decisiva no es por qué los jóvenes protestan, sino por qué tantas sociedades desarrolladas tienen dificultades para ofrecerles un camino creíble hacia la autonomía económica. Los jóvenes europeos comparten en buena medida un fuerte sentimiento de desencanto político y la percepción de que los gobiernos priorizan la agenda militar y de seguridad por encima del Estado de bienestar y del futuro de las nuevas generaciones.
El reclamo y la protesta caracterizan a la juventud. No se entiende una juventud conformista y menos en momentos como los que vivimos, marcados por guerras, enfrentamientos, cambios sustanciales en todos los órdenes. En la vida de todos, pero muy especialmente de la juventud, pesan los nuevos modelos de comunicación, las nuevas formas de relación y de interacción, las crecientes exigencias de una sociedad con más necesidades de ajustes y con individuos más apremiados y más exigidos por los cambios, con nuevas visiones de la familia, las instituciones, el trabajo.
Frente a la vinculación, formulada por algunos sectores, del justo reclamo con la violencia, no cabe sino lamentarse del aprovechamiento de una expresión legítima de la juventud para otros fines, ni olvidar el riesgo de instrumentalización por parte del discurso populista y de quienes apelan falsamente a los intereses de la juventud sin intención de ocuparse verdaderamente de ellos.
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