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Eliane Brum: Tenéis que entenderlo

 

Con su permiso, esta vez esta columna será muy personal. Es una decisión que viene dada por la gravedad del momento. Sospecho que la mayoría de la población mundial no se da cuenta de lo que sucede en Brasil, ni de cómo afecta a la vida del planeta. El próximo domingo 25 de octubre tendrá lugar la segunda vuelta de las elecciones brasileñas. Se decidirá en las urnas si Luiz Inácio Lula da Silva será reelegido o si el bolsonarismo, un proyecto de extrema derecha encarnado por la familia Bolsonaro, volverá a instalarse en el poder. Esta vez el proyecto fascista está representado por Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, hoy preso por intento de golpe de Estado. No son unas elecciones normales y quien las trate como si lo que estuviera sobre la mesa fueran dos proyectos compatibles con la democracia está desinformando a los lectores. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la propia democracia, la supervivencia de la Amazonia y la vida de muchos.

Lo que tenemos en estas elecciones brasileñas no es, ni de lejos, una contienda entre izquierda y derecha. En Brasil, la alternancia de visiones, más a la izquierda o más a la derecha, siempre ha existido desde la redemocratización del país, a partir de 1985. Pero nadie tenía por qué temer por su vida si el proyecto opositor ganaba las elecciones. Formaba parte de la democracia y se intentaba de nuevo en las siguientes. Desde la ascensión del bolsonarismo, no. El historial de la familia Bolsonaro y las evidencias demuestran que el bolsonarismo es un proyecto para perpetuarse en el poder. Quizá no mediante un golpe de Estado clásico, como intentó Jair Bolsonaro, sino destruyendo la democracia desde dentro, corrompiendo la Constitución y controlando las instituciones.

El bando progresista insiste en que la derecha debe apoyar a Lula si quiere seguir defendiendo su visión para el país, ya que hay muchas posibilidades de que no haya más elecciones si Flávio Bolsonaro resulta elegido el próximo domingo. En busca de los votos de quienes se abstuvieron, votaron nulo o en blanco —un grupo de casi 39,5 millones de personas que puede decidir las elecciones—, las redes sociales del bando progresista repiten el lema: “Izquierda y derecha contra el bolsonarismo”. Es una lección que debe aprender la parte de la derecha mundial que cree que puede apoyar a la extrema derecha para luego ganar espacio. La extrema derecha no comparte el poder.

En la campaña electoral brasileña, los indicios de fascismo están por todas partes. En este momento, muchas zonas de la selva amazónica están en llamas. Es muy difícil determinar quién provocó un incendio forestal, pero hay algo que podemos afirmar gracias a lo que muestran las imágenes de satélite: los incendios se concentran en las zonas donde quienes apoyan a Flávio Bolsonaro tienen intereses. Arde más donde quieren convertir la selva en pastos, en monocultivos de soja, en terrenos para especular. Según algunos testimonios, hay grupos de invasores armados apostados en los límites de las tierras indígenas a la espera de que Flávio Bolsonaro gane las elecciones para entrar, arrasar y tomar. En las ciudades en las que la minería ilegal es una fuerza política, se están preparando equipamientos y maquinaria pesada para ponerse en marcha tan pronto como un gobierno de Flávio Bolsonaro les dé la seguridad de tener apoyo e impunidad. En la Universidad Federal de Pernambuco, unos estudiantes recibieron mensajes amenazantes de bolsonaristas. Después, se produjeron tres incendios en el edificio en un período de ocho días. La Policía Federal sigue investigando si los hechos están relacionados, pero la coincidencia es sospechosa.

Cuando Jair Bolsonaro salió elegido, algunos brasileños tuvieron que abandonar el país y otros se vieron obligados a acogerse al programa de protección de defensores de los derechos humanos, comunicadores y ambientalistas para evitar ser asesinados. Ahora, en 2026, el contexto es mucho más grave y las condiciones para que se destruya la Constitución son mucho más propicias. Si sale victoriosa, la familia Bolsonaro tendrá el Congreso controlado, el Supremo en el bolsillo y toda la maquinaria del Estado en sus manos. Cuando los opositores ya refuerzan la seguridad de su casa y hacen planes de huida por si el fascismo vence, nadie con conciencia puede afirmar que estas elecciones son normales.

Sí, muchos brasileños tenemos miedo. Miedo a vivir el horror del fascismo, miedo a que nos obliguen a exiliarnos, miedo a que nos maten. Pero los países democráticos también tienen mucho que aprender de las elecciones brasileñas y mucho que temer: por todas partes hay indicios de que podéis ser Brasil mañana.

Traducción de Meritxell Almarza