Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Benito Juárez.
Cuando una persona golpea, amenaza, humilla o controla a otra, hace daño y debe responder por sus actos. La violencia no tiene género: no aparece automáticamente porque quien agrede sea hombre o porque quien recibe la agresión sea mujer. Puede ocurrir en una pareja, en una familia, en la escuela o entre personas que apenas se conocen. Un hombre puede maltratar a una mujer; una mujer puede maltratar a un hombre; y también puede haber violencia entre personas del mismo sexo. Lo importante es mirar lo que ha sucedido, escuchar a quienes participaron y comprobar los hechos. Imagina que en el recreo un niño empuja a una niña y, otro día, una niña golpea a un niño. En ambos casos hay que detener la agresión y averiguar qué pasó. La dignidad y la seguridad de cada persona merecen el mismo respeto, sin excusas y sin prejuicios. Nadie debe burlarse de quien pide ayuda ni decirle que tiene que soportarlo. La fuerza física, la edad o la posición de una persona no le dan permiso para maltratar a otra.
A veces, al conocer una agresión, alguien dice enseguida que ocurrió por ser la víctima mujer o por ser el agresor hombre. Pero el sexo de las personas, por sí solo, no demuestra el motivo de una agresión. Para entender lo sucedido hay que escuchar, revisar las circunstancias y reunir pruebas. Quizá exista una amenaza, un deseo de dominar, una discusión, una intención de humillar o una razón que todavía no se conoce. No debemos inventar respuestas antes de investigar. Tampoco debemos descartar que exista desprecio hacia las mujeres o hacia los hombres cuando las pruebas lo indiquen. Cada caso necesita atención seria y cuidadosa. Si un compañero rompe el cuaderno de otro, no basta con decidir quién parece más fuerte o más débil: hay que averiguar quién lo hizo y qué ocurrió. Juzgar con justicia significa no condenar por prejuicios, pero tampoco ignorar las pruebas. Una misma conducta puede tener motivos distintos en situaciones diferentes; por eso conviene separar lo que sabemos de lo que suponemos. Preguntar con respeto ayuda más que repetir una etiqueta.
Cuando alguien sufre violencia, necesita que lo protejan y lo escuchen. Tomar en serio a una víctima no significa declarar culpable a otra persona sin investigar; significa atender el peligro, impedir que continúe el daño y conocer los hechos con responsabilidad. Si un niño cuenta que un adulto lo amenaza, no debe cargar solo con ese secreto: debe acudir a una persona adulta de confianza, como un familiar seguro, un docente o alguien encargado de protegerlo. Los mayores tienen la obligación de actuar y buscar ayuda adecuada. La misma regla vale para una niña, un niño, una mujer o un hombre: nadie merece golpes, amenazas ni humillaciones. A veces, quien hace daño también necesita aprender a controlar su conducta y asumir las consecuencias, pero eso nunca convierte la violencia en algo aceptable. Proteger a quien está en peligro y comprobar lo ocurrido son tareas que deben ir juntas. Si el peligro es inmediato, hay que buscar ayuda urgente de un adulto responsable o de los servicios de emergencia. Pedir protección no es acusar por capricho: es tomar en serio una posible situación de riesgo.
Las leyes sirven para proteger a las personas y establecer consecuencias cuando alguien causa daño. Para cumplir esa tarea, deben aplicarse con imparcialidad: escuchar a las partes, examinar las pruebas y respetar el derecho de cada persona a defenderse. La igualdad ante la ley exige que nadie reciba privilegios ni sea tratado como culpable solo por ser hombre o mujer. Eso no impide reconocer que ciertos casos pueden tener circunstancias particulares, como amenazas repetidas, dependencia económica o intentos de controlar a la pareja; significa que esas circunstancias deben analizarse en cada situación, no darse por demostradas de antemano. Una denuncia merece atención, y una acusación también requiere una investigación responsable. Si se demuestra una agresión, debe haber protección y consecuencias apropiadas. Si los hechos no se prueban, no es justo inventar una culpabilidad. La justicia protege a las víctimas sin abandonar la verdad, las pruebas ni las garantías. Las reglas justas no cambian según quién cuente lo ocurrido: se debe escuchar sin burlas, investigar sin favoritismos y actuar cuando haya motivos suficientes.
Los niños pueden ayudar a construir una convivencia sin violencia cuando aprenden a expresar el enojo sin pegar, a respetar un «no», a no controlar las amistades de otra persona y a pedir ayuda cuando algo les asusta. También aprenden cuando ven que los adultos corrigen las conductas dañinas sin enseñar odio hacia los hombres ni desprecio hacia las mujeres. No se trata de negar que algunas personas sufren formas particulares de violencia, sino de evitar que el prejuicio sustituya a la investigación y que el sexo determine de antemano quién es culpable o quién dice la verdad. Cada persona responde por sus propios actos, y todas merecen protección, respeto y un trato justo. Una comunidad segura no elige a quién creer según su sexo: escucha, comprueba y actúa para detener el daño. Así, los niños comprenden una regla sencilla que vale para todos: la violencia debe prevenirse, la víctima debe ser protegida y la verdad debe buscarse con justicia. Hablar de igualdad significa aplicar el mismo principio a todos, no afirmar que todas las experiencias son idénticas. Lo esencial es reconocer el daño concreto y responder de manera justa.
Tu deber es luchar por el Derecho, pero el día que encuentres en conflicto el Derecho con la Justicia, lucha por la Justicia. Eduardo J. Couture.
Profesor Universitario y Broadcaster – crisantogleon@gmail.com

