Imaginen la escena: Rabat, ministerio de Asuntos Exteriores. Un diplomático de cincuenta años, cuatro idiomas y tres décadas de oficio, abre una carpeta sobre España. No necesita las primeras páginas: sabe quién es quién en Madrid, qué ministro dijo una cosa, qué gobierno prometió otra, qué periódico montará el escándalo, qué empresario telefoneará preocupado, cuánto tardará Bruselas en gruñir y en qué momento exacto empezarán los políticos españoles a insultarse entre ellos. En Madrid, mientras tanto, un ministro toma posesión, pregunta dónde está Marruecos y pide un informe de dos folios, a ser posible con gráficos y poca letra, porque la geopolítica le produce ansiedad.
Aunque excesiva como toda caricatura, no es una imagen exagerada: Marruecos vigila a España con la atención del tahúr que lleva toda la vida estudiando al adversario, mientras éste descubre, periódicamente, que el de enfrente sabe barajar, es paciente y sus objetivos no cambian cada vez que alguien renueva la moqueta del ministerio. Marruecos forma diplomáticos como quien cría caballos de carreras, con esmero y linaje de oficio. España dispone de magníficos profesionales, pero los desdeña como quien teniendo a un violinista con Stradivarius prefiere a un cuñado que toca la pandereta. Tenemos excelentes arabistas, militares, empresarios, historiadores, periodistas y antiguos responsables públicos que hablan idiomas y leen el Magreb como quien lee un periódico. Pero en España el experto es una criatura apreciada sólo mientras confirma lo que el político ya pensaba; si osa señalar que la realidad es más compleja, se vuelve incómodo.
En Rabat nos conocen con una precisión perfecta: saben que España es un bebedero de patos, adivinan cuándo una cuestión migratoria se convertirá en crisis política, cómo Ceuta y Melilla subirán la temperatura y cuánto el Sáhara escuece y a quién. No hace falta imaginar a moros perversos conspirando mientras comen cuscús; les basta con oficio y sentido común. Sus gobiernos cambian, las tácticas se renuevan, pero el Estrecho sigue teniendo catorce kilómetros. Más que cancilleres arrogantes, la diplomacia hispano-magrebí requiere notarios con buena memoria. Y en lo que a España respecta, los marroquíes son notarios de primera clase. Como en el chiste del búho, se fijan mucho.
Duele el contraste: con sus corruptelas, crueldades, injusticias y contradicciones -hasta con ese monarca que parece todo menos ejemplar-, Rabat maneja un Estado que piensa a largo plazo, mientras Madrid sólo piensa hasta el próximo telediario. Allí las prioridades exteriores no cambian; aquí lo hacen por medio punto en una encuesta. Parte del problema procede de nuestra simpleza: todavía hay quien ve a Marruecos como una mezcla de zoco, patera, chilaba y té con hierbabuena. Y mientras esa postal envejece, ellos desarrollan industria, infraestructuras, conexiones con Europa y una política exterior ambiciosa y eficaz. Nada los hace imbatibles; tienen problemas gravísimos y sus dirigentes cometen errores. Pero España les merece una atención extraordinaria. Conocen nuestros ritmos y posturas: insolidaridad, ruido, pulso de gelatina, cobardía política. Saben cómo presionar, cuándo conviene esperar, cómo un asunto puede europeizarse y cuándo el silencio es más elocuente que veinte comunicados. Nos intuyen antes de que salgamos del chiquero y nos torean por ambos pitones. Y no porque sean más listos, sino porque hacen los deberes en casa mientras aquí repasamos los apuntes camino del examen. No hace falta ser un lince para imaginar quién acaba pagando la cena de los idiotas.
Y luego, cuando llega la crisis, alguien pronuncia la palabra firmeza, que en España significa dar un puñetazo en la mesa sin comprobar si debajo hay un cristal. Para enfrentarse a Marruecos hacen falta gobiernos capaces de sostener posiciones, ministros con autoridad, conocimiento y respaldo político, prevenir las faenas, trazar líneas rojas, coordinar ministerios, amarrar apoyos en Bruselas, escuchar a quienes saben y calcular precios de cada movimiento. No porque haya que tratar a Marruecos como enemigo, sino porque un vecino así puede ser socio comercial, colaborador policial, competidor económico, interlocutor imprescindible y adversario en determinados asuntos, o serlo todo al mismo tiempo. Eso es difícil de explicar en un tuit y no da titulares; mientras que el amago de puñetazo es barato y queda bien en la tele. Que, por otra parte, se insinúa pero no se da nunca. Ni para eso hay huevos.
Después llega la sorpresa: al presidente Sánchez y sus caricaturas ministeriales Albares y Marlaska, payasos del penúltimo acto de esta farsa, choca que Marruecos defienda los intereses de Marruecos. Les sorprende que Rabat use las palancas que tiene, aproveche las contradicciones europeas, recuerde lo que pasó hace cinco o cincuenta años… Les sorprende que en materia diplomática Marruecos se comporte como un Estado. Son como ese fulano que cada noche pierde a las cartas con los mismos individuos, y comenta que esos cabrones parecen conocer sus costumbres. Pues claro que las conocen, cretino. Llevan toda la vida jugando contigo.
Mientras tanto, ¿qué tenemos nosotros? Ministros que llegan, se hacen la foto vestidos de almirantes de la Mar Océana y se van sin haber entendido un carajo. Una política exterior sin pulso, convencida de que el modo de evitar un problema es ignorarlo. Con gobiernos que no se atreven a tener posiciones firmes por si tienen que defenderlas y con mediocridad crónica camuflada como prudencia, disfraz favorito de las ratas de moqueta. Lo que urge, tal como andan las cosas, es una diplomacia eficaz con especialistas que duren más que los ministros, gente que sepa historia y geografía, y política exterior que sobreviva a los gobiernos en vez de amateurs convencidos de descifrar el Magreb tras zamparse dos cenas en Rabat. O sea, profesionales y vergüenza torera. Porque Marruecos -ojo, por ahora- no es más poderoso; sólo nos conoce mejor de lo que nuestra mediocridad lo conoce a él. Por eso sabe recordar cuando olvidamos, esperar cuando tenemos prisa, sonreír cuando somos torpes y mantener el rumbo mientras nosotros discutimos quién lleva el timón. Suponiendo, naturalmente, que lo lleve alguien.

