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Arturo Pérez Reverte: La sonrisa de la esfinge

 

Patente de corso.

No se lo desea a nadie, dice el muy gilipollas. El maltrato sufrido por su novia en Egipto. Iban por la calle y los hombres la miraban con intolerable violencia ocular. Incluso le decían cosas en árabe. Groserías, supone, y ella se sentía incómoda e intimidada. Incluso en medio del desierto, desde una furgoneta que pasaba, le dijeron alguna barbaridad. Todo tan inesperado y espantoso que el novio de la víctima, un tiktokero con dos millones y pico de seguidores, lo ha contado para su peña con un valioso descubrimiento a modo de consejo final: «Si eres mujer, no viajes allí sola».

Hay gente que viaja para conocer el mundo y gente que viaja para convencerse de que las costumbres de éste deben parecerse a las suyas. El tiñalpa de nuestro relato fue a Egipto, y entre pirámides, templos y milenios de historia descubrió algo sorprendente: que en el mundo árabe ciertos hombres miran a una mujer extranjera y le dicen burradas. ¿Cómo iba a uno a suponer algo así?… Imagino al novio paralizado, la sangre helándose en sus venas. El pavo, que cruza medio planeta sin dedicar cinco minutos a averiguar dónde se va a meter, descubre que El Cairo no es Estocolmo con camellos. El horror desnudo, oigan. El horror.

Nadie te cuenta esto de Egipto, protesta la criatura. Nadie -apunto yo- excepto Google, las guías, los foros, las recomendaciones de viaje, miles de turistas anteriores y cualquiera que haya estado allí. Aunque para elegir hotel, seguro que el fulano sí investigó precios, desayunos, wifi, vistas, enchufes, la hora de la puesta de sol y dónde hacerse el selfi. Debo contar el infierno que he vivido, dice el tío. Antes un idiota volvía de vacaciones siendo el mismo idiota; ahora vuelve convertido en asesor cosmopolita. Ha pasado cinco días en un resort, dos horas en un bazar y cuarenta minutos ante las pirámides mirando su propia pantalla, y está preparado para explicarnos Oriente Medio o lo que se tercie. Quiere Egipto sin egipcios, salvo el del camello; Marruecos sin marroquíes, excepto el artesano simpático; India sin indios, salvo la anciana pobre y fotogénica. Quiere aventura con seguro de cancelación y aire acondicionado, miseria pintoresca, exotismo auténtico hasta que se manifiesta en su autenticidad. Entonces pide hablar con la agencia de viajes.

Si a estas alturas del texto opina usted que justifico el acoso a la novia de semejante pazguato, le ruego que deje de leer y se vaya al carajo. Hablo de algo serio: la estupidez del turismo infantilizado. Cuando alguien sugiere que conviene informarse antes, aparece un alguacil moral asegurando que justificas lo de aquí, lo de allá o lo de acullá. Y no, idiota. Decir que llueve no es aplaudir la lluvia, sino señalar que la lluvia existe. Es ridículo salir sin paraguas, y cuando te mojas abrir TikTok y denunciar al cielo. Advertir de que al cruzar una carretera debes mirar no es justificar que te atropellen, sino impedir que acabes en el capó de un coche mientras criticas la educación vial. Antes, ser adulto significaba descubrir ciertas obviedades antes de cumplir los treinta. Por ejemplo, que si enseñas las tetas en Calcuta es posible que te violen, y si llevas un Rolex en Nairobi tienes todas las papeletas para que te den un machetazo.

El problema no son los egipcios o los esquimales rijosos, sino nuestra incapacidad para admitir que la vida es un paisaje peligroso donde abundan los hijos de puta. La novia del tiktokero es lo único que no tiene nada de cómico; la guasa empieza cuando el acompañante transforma una situación conocida por muchas viajeras en peripecia exclusiva y personal. Tal clase de cantamañanas encarna a un turista cada vez más común: el planeta convertido en decorado para el ignorante que aterriza en un lugar sin averiguar cómo es y presenta sus descubrimientos como asombrosos; igual que esos escritores o periodistas que, con cincuenta tacos de calendario en el lomo, ven La Odisea de Nolan y se apresuran a informar al mundo de que existe un escritor antiguo que se llamaba Homero.

Hay quien regresa de Egipto con preguntas sobre historia, religión, arqueología, turismo, tradición y modernidad. Otros, blanditos, narcisistas y limitados que te rilas, vuelven con una gastroenteritis y una opinión definitiva sobre Guatemala o Tailandia porque un taxista quiso cobrarles de más o una pizza estaba quemada. Nunca hubo tanta información valiosa disponible, ni tanta gente empeñada en ignorarla. Llevamos en el bolsillo un artilugio que contiene mapas, testimonios de viajeros, recomendaciones, vídeos y experiencias de miles de hombres y mujeres que patearon el mundo antes que nosotros, y lo utilizamos para averiguar dónde come patatas fritas Bad Bunny. Después, cuando ocurre algo documentado desde hace siglos, abrimos mucho los ojos ante la cámara. Chicos, qué fuerte, nadie nos había avisado. Convendría recuperar una costumbre antigua y poco en uso: leer antes de viajar. Tampoco pretendo violentar a nadie: diez páginas, cinco, algo facilito. Lo suficiente para sospechar que cuando bajas del avión no estás en el salón de tu casa.

Las pirámides, mientras tanto, permanecen donde suelen. Conocieron a faraones, sacerdotes, saqueadores, arqueólogos, fanáticos, soldados, millonarios, mochileros, vendedores de recuerdos y milenios de imbecilidad humana. Seguirán viendo llegar a turistas estupefactos al descubrir que Egipto es caluroso, incómodo, fascinante, contradictorio, machista y despreocupado por confirmar expectativas. La Esfinge mantendrá una sonrisa imperceptible en sus labios de piedra, mirándolo todo con el aire fatigado de quien vio imperios levantarse y caer, dioses quedarse sin fieles y civilizaciones convertirse en polvo. Y creo que su expresión no es de misterio ni solemnidad, sino de decepción: cuatro mil quinientos años como testigo de la historia del mundo para acabar esperando que se le acerque un turista que haya leído algo.