El encuentro democrático entre las distintas fuerzas que comparten una idea es un esfuerzo común con un propósito extraordinario, que no es otro que devolverle la libertad a Venezuela. Esa variopinta expresión tiene que ensancharse en la medida en que el objetivo final sea la principal razón que los impulsa. El largo camino hacia el retorno a la democracia ha estado lleno de grandes avances y de costosísimos errores. Las ansiedades y el individualismo son parte de los mapas falsos que han contribuido a que la ruta no sea la correcta. Muchos sirvieron de puente roto para darle tiempo al enemigo de conocer los planes y, de esta forma, contraatacar.
Siempre existirá la probabilidad de que el espíritu maligno de Judas aparezca entre la maleza con el bolso abierto, esperando las treinta monedas de plata y con los labios deseosos de darle el beso en la mejilla al país vulnerado que busca librarse de sus abominables captores. Por supuesto que ese es un riesgo que se corre en estos tiempos de creciente incertidumbre; otro peligro que puede ser un cáncer terminal de no diagnosticarse a tiempo es creer que alguien puede solo. Pensar que nosotros somos los fieles y los demás sufren de impureza. En las profundidades donde yace, como un horripilante carcamán, la irascible egolatría, es donde se encuentra el útero que forma la criatura que se comerá vísceras ajenas para hacernos creer que solo ella puede pensar.
Esa idea, que fue peregrina cuando fue acariciada por un anónimo soldado austriaco con el uniforme alemán, prendió tanto que convenció a casi una nación de que los alemanes eran una raza superior y que su liderazgo duraría mil años, ya que estaban destinados a lograr imponer su pensamiento. Antes, cuando las máquinas crujían ante el desgaste de sus cuchillas, los obreros dejaban sus huesos convertidos en hambre e injusticias en una de las expresiones de mayor desigualdad humana. De un diagnóstico sobre una realidad social bastante pronunciada nació el comunismo. Por la rebelión de las masas, logró imponerse hasta promover un ideario único que suprimía la libertad. Creyeron que estaban predestinados a encarcelar a las democracias a través de la dictadura del proletariado, hasta que los martillos, en manos de ciudadanos hartos de esclavitud, derribaron el Muro de Berlín.
Quizás algún lector pueda pensar que exageramos con dos ejemplos embrionarios tan potentes y de un alcance mundial con una dimensión que no tiene nuestra suerte. Pero, si aterrizamos, veremos nítidamente lo que ha ocurrido con todo este proceso gobernativo del chavismo en el poder. Quisieron imponer un modelo exclusivista. Han sido extremadamente crueles y voraces perseguidores de todo aquel que no comparte sus ideas. Solo ellos tenían derecho a ser venezolanos; los demás eran apátridas y agentes del imperio norteamericano, del cual hoy son sus más prominentes lame botas. Encarcelaron a miles y desaparecieron a tantos que la memoria tendría que buscar respaldo en la inteligencia artificial. Fueron el germen para el odio y el rencor, al unísono con la idea de que había que liquidarnos; se inventaron toda una narrativa. Para ello había que destruir a los medios de comunicación. Se robaron las siglas de las organizaciones políticas para entregárselas a sus propios partidarios alineados. El sectario mapa nacional lo pintarrajean de un rojo con dimensión siniestra. Una revolución inmoral que nos hizo involucionar. Este escalofriante proceso tiene que terminar con unas elecciones libres con María Corina Machado al frente.
Necesitamos un país que debata. Que las ideas sean expuestas sin cortapisas y sea el ciudadano quien decida el rumbo a seguir, como ocurre en las grandes sociedades. Sería una verdadera afrenta a Venezuela que se cambiara un sectarismo rojo por otro color. Así como todos hemos pagado con precio de dolor lo vivido en esta nefasta coyuntura histórica, debe ser igualmente entre todos que debemos reconstruirla. Nadie puede solo; el «únicamente nosotros y después el diluvio» no cabe en ese porvenir que presenta dolores de parto. Qué hermoso será el aporte de cada uno en esa ciclópea tarea de lograr que la luz democrática desaloje del poder a la oscuridad infinita. Afortunadamente María Corina Machado lo entiende y lo asume. No sé si sus cercanos tienen la misma opinión ahora, pero la realidad terminará por imponerse.
@alecambero

