El conocido naturalista británico Charles Darwin afirmaba que las jirafas habían desarrollado su largo cuello para poder alcanzar las hojas de los árboles altos y así obtener una ventaja sobre otras especies del reino animal. Al igual que el nuestro, tienen siete vértebras cervicales, aunque cada una puede medir hasta veinticinco centímetros de largo. En la inestable política venezolana, esto tiene otro significado. Se basa en el intenso deseo de protagonismo de muchos que se autodenominan líderes, aunque su influencia en la sociedad sea prácticamente inexistente. Les encanta ocupar el presídium. Desde allí, pueden observar a los plebeyos, quienes son el combustible para los egos. Y en este inframundo de intrigas y codazos bien organizados se manifiesta el éxtasis, que no es otro que la búsqueda de intervención. Ser escuchados, aun cuando los argumentos sean una serie de trivialidades conceptuales con escasos aportes significativos. Un total desperdicio en la repetición de las mismas caracterizaciones absurdas que continúan llenando el vasto espacio del hombre mediocre. Discursos paupérrimos que no ayudan a lograr nuestro propósito de evolucionar. Los micrófonos resisten estoicamente el flujo de palabras inconexas sin una dirección eficiente que conduzca a un destinatario que sienta la satisfacción de las mismas como si se tratara de un proceso de retroalimentación. La decadencia en este aspecto es casi completa. La mayoría de los políticos no leen más que ciertos informes. Por lógica, sus recursos son limitados, como dice el antiguo testamento: cisternas rotas que no retienen agua. El pantallerismo ha ido ganando terreno sobre la notoriedad que tiene el talento, como la expresión de aquel que entiende que es esencial formarse para ofrecer al ciudadano orientaciones que sean valiosas. Esta debilidad encontró su espacio en el triste espectáculo de ver a personajes peleándose en un escenario para salir en la fotografía. Son el cuello de las jirafas en busca de las hojas altas de las acacias. Se empujan para sacar al otro pescuezo de la órbita en la que se ubica el epicentro de la actividad. En alguna ocasión escuché a Teodoro Petkoff comentar en un evento en Barquisimeto que no le agradaban mucho los presídiums. Se sentó entre el público con la naturalidad de alguien de otra escala. Al final, lo llamaron a disertar y todos aquellos que luchaban por figurar se rindieron ante su presencia. La situación actual es más crítica, ya que existen muy pocas personas que puedan exhibir esas charreteras. Ahora los vemos con el fenómeno de María Corina Machado. Andan apegados a su imagen y no la sueltan para hacerse notar por sí mismos. Quizás porque al hacerlo se fracturan, siendo un producto de dudosa calidad. Recientemente escuché a alguien de su círculo, a quien entrevistaban a su regreso a Venezuela. Me llamó tanto la atención que presté especial interés porque al hablar parecía ser nuestra líder. La imitó incluso en los gestos. ¡Gracias a Dios, regresó, pensé con suma alegría. ¿Será que llegó disfrazada? Tristemente estaba equivocado. Era otra persona muy agraciada, por cierto! Al final comprendí que las guacamayas, aunque no sean del mismo género que los loros reales, pertenecen a la misma familia de aves y aprenden a imitar voces. Ojalá que nuestra política entienda que debe elevarse. Caminar con el sufrimiento de la gente. Sentir sus angustias y respirar sus problemas. Que todos esos que la pantalla los muestra como seres carentes de transcendencia y autenticidad bajen de su pedestal.
@alecambero

