Se preguntan los polemistas del país por qué no hay referentes intelectuales como los de antes, en un gesto retórico de autoafirmación, como si ellos fuesen los descendientes directos de la estirpe de Pietri, nada más por formular un enunciado de ChatGPT.
Contestemos a su falso argumento.
Primero: de existir un nuevo Uslar, ellos mismos no lo reconocerían.
Durante el tiempo de su presunta reflexión, fallece Nelson Garrido, un genio como pocos.
Los chicos y adultos infantilizados por el ruido de la influencia en YouTube ni se enteran.
Carecen de la comprensión del pasado, del presente y del futuro, pues solo atienden a su ombligo, a su rosca, a su entorno, a su cámara de eco selfie, cuyo único baremo es la fama frívola del país chabacano, la de los actores que hablan de política y viceversa.
Una telenovela de baja estofa.
No saben que son parte del problema al utilizar sus espacios como centros de conflictos de interés.
Las mediaciones criollas fueron rotas y comprometidas por la censura, por años de desinversión, cacería de brujas y exilio.
Por tanto, no es un entorno ideal para el surgimiento del verdadero talento artístico e intelectual.
Dijo Walter Benjamin que el aura del genio era un bien escaso, de uno en un millón.
Ahora la cifra se multiplicó en Venezuela.
Por cada pendenciero gritón e insultador que aparece en YouTube para monetizar el escándalo político, decrece el espectro que permite el nacimiento de una voz ecuánime, justa y trascendente.
El algoritmo favorece el crecimiento de la polarización, del determinismo y del dogma sentenciado con la violencia de la comunicación.
La violencia de la comunicación se instaló desde los mismos programas tóxicos del oficialismo.
Sus principales estandartes hoy no representan a nadie; quedaron a la deriva, huérfanos y refugiados en sus cuentas infladas por bots.
Pero siguen haciendo daño, tanto como el círculo vicioso de quienes pretenden replicarlos desde la oposición.
Se salvan unos pocos.
Sin embargo, la mayoría responde a la misma cadena de defectos: personalizar la discusión, funar, quemar y diseñar una campaña de ataques con objetivos de difamación extorsiva.
La técnica se ha vuelto moneda corriente, teniendo al periodismo independiente como target, como objetivo de una comunicación de guerra.
Así que la propaganda negra domina la matriz de opinión y la línea editorial de los egoístas y egocéntricos de moda.
Un Uslar nace en un país que ya no existe.
Un Uslar no se crea de la nada, en un laboratorio, para lanzar potes de humo y proponer debates de sordos: gente que no se escucha y que cree tener siempre la razón.
La actual gresca entre ellos, de un lado y del otro, funciona como cortina.
Es el colmo de la estetización kitsch de la política nacional.
No hay que alimentarla empleando sus sofismas o sus mensajes ad hominem.
Se debe apostar por otro criterio formativo para generar contenidos de calidad.
Para ello, el tiempo es preciado.
La instantaneidad del pensamiento crítico conduce a su encogimiento, a su reduccionismo.
Por eso hay tantas palabras huecas que se las lleva el viento, tantas batallas de gallos que un día ven 100K y al otro se olvidan.
El tiempo de lo efímero simplifica el desarrollo argumental.
Los auténticos sabios, como Uslar o como Cabrujas, no andaban pontificando veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, desde un púlpito en streaming.
De tal modo, hubiese sido imposible crear una obra con aura.
La saturación digital carece de aura; su única marca de existencia es viral y gris, una enfermedad tropical sin relevancia.
El que desee perdurar tiene que retirarse a pensar y meditar, a investigar y contrastar, para volver con unas Lanzas coloradas, con una Doña Bárbara, con una Araya o con una Caracas sangrante.
Para pasar a la historia basta con una obra maestra, no con postear obras chucutas por figurar.
Al final, no hemos podido sustituir a Villanueva; no podremos más que sentir nostalgia eterna por Uslar, porque cada vez hay menos condiciones para verlos emerger.
De existir, nuestros podcasters ni se enterarían.
Tampoco lo publicarían, porque amenazaría su complejo de inferioridad.
Busquemos en otra parte.

