Hay impostores que mienten por dinero, otros por poder y algunos por algo mucho más elemental: ser admirados, reconocidos, queridos. Estos últimos son quizá los más fascinantes, porque sus mentiras no buscan solamente engañar a los demás: buscan construir una vida en la que ellos mismos puedan sentirse importantes.
Javier Cercas —un escritor preferido— encontró a uno de esos personajes en Enric Marco y escribió sobre él El impostor.
Marco había llevado una existencia más bien gris, un etcétera de la vida, hasta que descubrió que una buena historia podía convertirlo en alguien. Aprovechó los tiempos convulsos de la Transición española para ir construyendo su personaje. Llegó a ser secretario general de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), más tarde presidió la Amical de Mauthausen y, durante años, se presentó como un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenbürg.
Su relato era formidable
Contaba su resistencia frente al nazismo, recorría colegios, universidades y centros culturales defendiendo la memoria de los deportados españoles y llegó a hablar en el Congreso de los Diputados, hubo lágrimas, su relato conmovió. Recibió reconocimientos y condecoraciones. Sabía contar. Sabía emocionar. Y, sobre todo, sabía exactamente qué quería escuchar su audiencia.
El problema era pequeño: nunca había estado en un campo de concentración.
En 2005, cuando su prestigio estaba en lo más alto, un discreto historiador llamado Benito Bermejo comenzó a tirar del hilo. Revisó archivos, confrontó fechas y descubrió la verdad: Marco había estado en Alemania durante la guerra, sí, pero había ido como trabajador voluntario y para colmo: al lado de los nazis. La gran biografía heroica se vino abajo.
Bermejo hizo lo que hacen los buenos historiadores y los buenos periodistas: desconfiar de una historia demasiado perfecta.
El escándalo ocupó titulares durante meses. Después llegaron libros, documentales y, en 2014, El impostor, de Cercas. Una década más tarde, la película *Marco*, protagonizada por Eduard Fernández, volvió a poner aquella fabulosa impostura frente al espejo.
Mario Vargas Llosa vio en Marco algo propio de nuestro tiempo: en una sociedad fascinada por el espectáculo, el gran narrador puede terminar imponiéndose a los hechos. Y Cercas fue todavía más lejos. Su pregunta no era solamente por qué Marco había mentido, sino por qué tantos quisieron creerle. Cercas no juzga, siente compasión.
El viernes volví a pensar en él
Veinticinco años después de los atentados del 11-S, el cineasta español Kike Maíllo estrenó *La superviviente*, documental que pude ver en Filmin. Cuenta la historia de otra impostora extraordinaria: Tania Head.
Durante años fue una de las caras más conocidas entre los supervivientes de las Torres Gemelas. Contaba que estaba en la Torre Sur cuando impactó el avión, que había sufrido graves heridas y que había perdido a su prometido en la Torre Norte.
Genial y conmovedora
Tania acompañaba a visitantes por la Zona Cero, consolaba a víctimas reales y terminó presidiendo la Red de Supervivientes del World Trade Center. Quienes la conocieron hablan, incluso hoy, de una mujer empática, generosa y entregada a los demás.
Todo funcionó hasta que apareció el periodismo.
En 2007, The New York Times decidió profundizar en su historia. Dos periodistas intentaron entrevistarla. Ella comenzó a esquivarlos.
Mala señal
Revisaron entonces pieza por pieza aquel relato perfecto. Tania Head no había trabajado en Merrill Lynch. No había estudiado en Harvard ni en Stanford. No aparecía como paciente en los hospitales donde decía haber sido atendida. Y tampoco existía aquel prometido que supuestamente había muerto en las Torres Gemelas. Y ella logró salir.
El 27 de septiembre de 2007, The New York Times publicó un titular demoledor: en aquella extraordinaria historia de supervivencia, las piezas simplemente no encajaban.
Dos días después, La Vanguardia (España) añadió la pieza definitiva:
La ‘impostora’ del 11-S es barcelonesa
Tania Head era en realidad Alicia Esteve Head. La cicatriz que mostraba como recuerdo del atentado procedía de un accidente sufrido años antes en España. Y mientras Nueva York ardía aquel 11 de septiembre, ella estaba a miles de kilómetros de Manhattan en un aula de clases.
Su historia terminaría inspirando el libro y documental The Woman Who Wasn’t There (La mujer que nunca estuvo allí). Ahora Kike Maíllo regresa sobre el personaje en La superviviente. No es casualidad: Maíllo parece fascinado por los territorios donde la verdad y la mentira empiezan a confundirse. También dirigió Oswald. El falsificador, otra historia construida alrededor del engaño. Al igual que el escritor Cercas, el cineasta no juzga.
Hay algo inquietante en Marco y en Alicia Esteve. No fueron simples estafadores. No parece que construyeran aquellas enormes ficciones para enriquecerse. Tampoco eran personajes vulgares: eran inteligentes, carismáticos, histriónicos y extraordinariamente buenos interpretando el papel que habían escrito para sí mismos. Hicieron el bien, haciendo el mal.
Y ahí es donde estas historias dejan de hablar solamente de ellos y empiezan a hablar un poco de nosotros.
Todos nos contamos de alguna manera. Seleccionamos recuerdos, exageramos victorias, escondemos derrotas, corregimos nuestro personaje y presentamos ante los demás la versión que preferimos de nosotros mismos. Somos, simultáneamente, autores y actores de nuestra pequeña biografía.
Claro que existe una distancia moral enorme entre eso y apropiarse del sufrimiento de las víctimas del Holocausto o del 11-S. Pero el mecanismo más íntimo quizá no sea tan extraño.
Catalino Tite Curet Alonso lo resumió hace muchos años:
La vida es puro teatro.
Enric Marco y Alicia Esteve llevaron el teatro demasiado lejos. Convirtieron el escenario en su propia vida y terminaron atrapados dentro del personaje. Nunca pidieron perdón.
No buscaban solamente que les creyeran.
¡Querían que los quisieran!
Nos vemos por ahí.

