Hay un momento en la vida en el cual descubrimos que, por lo general, no nos toca escoger entre lo que nos gusta y lo que no nos gusta, sino entre alternativas disponibles de acuerdo a los medios que se encuentran a nuestro alcance. Esta realidad se ve expuesta de manera más cruda en la política, donde rara vez los medios se corresponden de manera virtuosa con los fines. Al respecto, es abundante la literatura clásica que, una y otra vez, demuestra cómo en esa actividad humana los dilemas no son entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor.
En ese sentido, para los venezolanos del año 2026, la alternativa a Nicolás Maduro ha sido Donald Trump. Es lo que hay.
Este es, exactamente, el mismo razonamiento de quienes hace dos años argumentaban que, luego del fraude electoral, y ante la ausencia de fuerza física por parte de la oposición venezolana, había que resignarse y aceptar la permanencia indefinida del régimen autoritario. Pues hubo gente, como María Corina Machado, que se negó a aceptar esa situación, así como ahora se niega a consentir la presente.
Con el diario del lunes en la mano es fácil afirmar que la campaña llevada a cabo desde hace años por parte de factores opositores, como Machado, de involucrar a Estados Unidos en la disputa política venezolana, fue la consecuencia lógica y natural de la decisión que en su día tomó, a su vez, el expresidente Hugo Chávez de apoyarse en elementos de poder externos al país, a fin de darle sostén geopolítico a su régimen y a su proyecto. Lo que explica la permanencia de Nicolás Maduro en el poder durante 13 años fue esa alianza constituida por Cuba, Rusia e Irán, más grupos armados irregulares como el ELN y las disidencias de las FARC, que tejió su antecesor inspirado en el ejemplo de Fidel Castro durante los años sesenta del siglo pasado. El caso de China es cuestión aparte, aunque el fantasma de su presencia ha sido un argumento muy usado por la administración Trump a fin de justificar su acción sobre Venezuela.
El citado contubernio llegó a tal extremo que el propio Chávez afirmó que “en el fondo, Cuba y Venezuela son el mismo gobierno” (14 de octubre de 2007, Aló Presidente). No se trató de una expresión sacada fuera de contexto, o de una exageración producto del entusiasmo momentáneo; fue la manifestación de la estrecha cooperación política, ideológica y económica entre dos gobiernos que operaron bajo un mismo modelo y con unos objetivos comunes, como nunca antes se conoció en esta parte del mundo.
Permítasenos recordar que fue en La Habana y no en Caracas donde Maduro fue elegido sucesor y heredero.
Frente a ese cuadro, la oposición venezolana no tenía chance alguno, aunque nunca hubiera cometido error alguno (cometió muchos) y hubiera sido perfecta en sus ejecuciones (de lo que lejos estuvo). Se le pedía dar la pelea con las manos y pies amarrados. Era inevitable que a alguien se le ocurriera buscar un aliado más poderoso.
En ese sentido, la operación militar estadounidense del pasado 3 de enero demostró que Machado tenía razón, y los que fuimos escépticos con dicho desenlace nos equivocamos.
Que la líder venezolana esperara que los acontecimientos se desarrollaran más rápido a su favor es un error que un observador cómodamente instalado en la pantalla de un ordenador le puede imputar, y es algo que, sin duda, llena de alegría a sus adversarios.
Sin embargo, sería faltar a la verdad afirmar que aquella decisión de Trump se debió a que ella, o algún otro opositor, se lo pidiera; aunque la ausencia de legitimidad luego del 28 de julio de 2024 abonara, y no poco, en ese sentido.
Lo cierto es que el chavismo pasó muchos años tentando a la suerte. Hace más de dos décadas, Alberto Garrido advirtió de las consecuencias potencialmente fatales que para Venezuela tendría la determinación de alinear al país con las fuerzas enemigas de Estados Unidos, y de empeñarse en provocar permanentemente a esa potencia a una confrontación. Chávez decidió entrar en un terreno que tanto Juan Vicente Gómez como Rómulo Betancourt, cada uno en su día, optaron prudentemente por evadir.
Trump no sacó a Maduro del poder porque alguien se lo haya pedido. Esa decisión respondió a su propia visión imperial del mundo, en la cual no se encuentra, por cierto, la promoción de los beneficios de la libertad y la democracia. En esto ha sido, desde el inicio de esta segunda administración, totalmente transparente y no ha engañado a nadie.
Otro presidente de Estados Unidos ya hubiera instalado a Edmundo González Urrutia en la oficina presidencial de Miraflores, tal como ocurrió en diciembre de 1989 en Panamá, cuando las tropas de invasión enviadas por George Bush (padre) entregaron el gobierno a Guillermo Endara, legítimo ganador de las elecciones de ese país, luego de capturar a Manuel Antonio Noriega. Pero lo que nunca sabremos es si otro presidente estadounidense hubiera hecho lo que hizo Trump.
Desde hace rato es bastante claro que él no es amigo de la causa democrática venezolana. Su agenda es otra. Es el enemigo de mi enemigo.
Sin él, Venezuela seguiría sometida hoy al eje constituido por Rusia, Cuba, Irán y compañía. El tutelaje trumpista está lejos de ser lo ideal, no es lo que nos gustaría, es lo menos malo.
Por ejemplo, imaginarse la situación (de los venezolanos en Venezuela) en las semanas que siguieron al doble sismo del 24 de junio, pero con la situación política previa al 3 de enero, resulta espeluznante.
El pueblo venezolano no es el primero en la historia que corre el riesgo de reemplazar a un opresor por otro, pero es muy fácil juzgar con comodidad y distancia a quien tiene que enfrentar esos dilemas.
Franklin Roosevelt y Winston Churchill se aliaron con un dictador como Iósif Stalin, porque sin él la liberación de Europa de la tiranía nazi nunca hubiera sido posible. Fueron los soldados del Ejército Rojo los primeros que liberaron a los judíos recluidos en los campos de concentración en 1944. El precio para la mayoría de los países del este europeo fue cuatro décadas de opresión soviética.
Afortunadamente para los venezolanos, Trump no es Stalin (ni siquiera Putin), ni Estados Unidos es la Unión Soviética. El imperio de nuestra época es, al mismo tiempo, una imperfecta república representativa, con división de poderes, con Congreso, Corte Suprema y tribunales independientes, con opinión pública, elecciones (en noviembre) y encuestas. En ese sentido, Washington no puede evitar ser la caja de resonancia de la demanda de cambio de, y en torno a, Venezuela. Por ese motivo el muy conservador senador Ted Cruz promueve una resolución bipartidista demandando elecciones para el país, y el secretario de Estado, Marco Rubio, se ve en la necesidad de dar explicaciones.
Admitamos que, para el campo democrático venezolano, ese terreno resulta más accesible que La Habana, Moscú o Teherán.
@Pedrobenitezf

