Retrato en blanco y negro del compositor francés Maurice Ravel apoyado junto a un piano Steinway con partitura musical.
Maurice Ravel ocupa un lugar singular en la historia de la música. Se le coloca habitualmente, junto a Debussy, entre los grandes impresionistas franceses. Pero Ravel fue bastante más que eso.
Pocas veces se han unido de manera tan perfecta la precisión y la imaginación. Ravel construía la música casi como un relojero: nada sobra, cada timbre tiene una función y detrás de una aparente espontaneidad existe una extraordinaria elaboración.
Fue también uno de los grandes maestros de la orquestación. Basta escuchar cómo transformó los Cuadros de una exposición de Mussorgsky para comprender que la orquesta podía convertirse en una inmensa paleta de colores. Y en Daphnis et Chloé llevó esa capacidad a uno de sus puntos culminantes.
Pero quizás su importancia histórica esté en otra parte. Ravel permaneció vinculado a las formas clásicas mientras abría sus puertas al siglo XX. Incorporó músicas españolas, el jazz y nuevas sonoridades sin perder nunca el rigor de la construcción. Podía mirar hacia Couperin y, al mismo tiempo, escribir una música inequívocamente moderna.
Incluso el celebérrimo Boléro, tantas veces reducido a una melodía popular, es un experimento radical: una misma idea repetida obsesivamente mientras la orquesta va transformando su color y acumulando tensión.
Presentaré algunos fragmentos de sus principales obras:
Pavane pour une infante défunte – Pierre Boulez.
Jeux d’eau – Marta Argerich.
Le tombeau de Couperin – Vlado Perlemuter.
La Valse – Pierre Boulez.
Concierto para piano en sol – II. Adagio assai- Martha Argerich.
Piano Concerto in G Major: III. Presto – Martha Argerich.
Daphnis et Chloé, Suite Nº 2 – Lever du jour- Pierre Boulez.
Bolero – Gustavo Dudamel.
Pavane de Ma mère l’Oye de la Belle au bois dormant.
Emilio Figueredo – Analítica.com

