Existen seres humanos extraordinarios, únicos e irrepetibles. A esta categoría pertenece el doctor César Peña Vigas, cuyo legado en el ámbito de la educación permanecerá vivo entre quienes tuvieron la oportunidad de participar en sus innovadores proyectos o trabajar con él en la Universidad Tecnológica del Centro (UNITEC), institución de la que fue fundador y desde donde promovió una educación que combinara tecnología, gerencia, formación integral y vinculación con el sector productivo, sin olvidar la empatía que los profesionales debían sostener con el resto de la humanidad.
Como rector de UNITEC durante varios periodos, su gestión estuvo marcada por una concepción innovadora de la educación y por proyectos en los que los estudiantes eran protagonistas de su propia formación. Su modelo pedagógico enfatizaba el aprendizaje por iniciativa y una formación que trascendiera la clase tradicional. En sus conversaciones sobre educación aparecía también el Trimestre Socrático, una propuesta que colocaba el diálogo, la pregunta y la reflexión en el centro del proceso educativo. Era, en definitiva, una apuesta por una educación para la innovación y la libertad. Un rector de vanguardia, de esos que escasean en estos tiempos.
Peña Vigas fue uno de los creadores del Programa Galileo, una iniciativa de Fundayacucho desarrollada con participación de UNITEC que, a comienzos de los años noventa, permitió a jóvenes venezolanos realizar estudios en universidades de Estados Unidos y Europa. Para Peña Vigas, formar profesionales capaces de desenvolverse en un mundo cada vez más globalizado era también una responsabilidad de la universidad, y así lo dejaba claro en sus intervenciones.
Durante mis años de reportero, cuando cubrí la fuente universitaria para El Carabobeño, entre finales de los noventa y comienzos de este siglo, tuve la oportunidad de conversar en varias ocasiones con César Peña Vigas. Lo recuerdo como un hombre que hablaba de la universidad con una mezcla de rigor, imaginación y confianza en el futuro. Estaba convencido del valor de la educación para la transformación del país y de los vínculos que la institución debía afianzar con su entorno, sin olvidarse de las necesidades de los más vulnerables.
En 2007, bajo su liderazgo, se diseñó el proyecto “Museo de Ciencia y Tecnología: La Fábrica de Tiempo”, aprobado por el Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación. El proyecto buscaba divulgar el conocimiento científico en Carabobo y desarrolló un parque temático itinerante de ciencia y tecnología, pensado para llegar a escuelas, universidades y otros espacios. Una iniciativa que permite comprender aún más que su preocupación educativa iba mucho más allá de las aulas universitarias.
También tuve la oportunidad de conocer a Peña Vigas desde otra perspectiva: la de padre. Fui profesor de su hija, Larizza Peña, una ejemplar periodista que hablaba de su papá con una admiración que contagiaba. En algunas reuniones dialogamos sobre diversos temas y siempre había un sabio consejo, una anécdota inspiradora o un reconocimiento.
Definitivamente, Carabobo y Venezuela le van a extrañar. Quizá ese sea el verdadero legado de un educador: conseguir que sus ideas continúen formando a otros, incluso después de su partida.

