En una entrevista llevada a cabo el día 01 de septiembre de 2026, dos autoridades de la cultura política venezolana se reunieron para poner sobre la mesa diversos tópicos relacionados con la actualidad venezolana. Los interlocutores no pudieron ser —cada uno desde su disciplina— más categóricos que profesionales. Fueron ellos: Humberto Calderón Berti, como invitado, y Vladimir Villegas, como moderador. En este artículo se analizarán algunos rasgos de su contenido, enfocados en su carácter filosófico y en la crítica de este.
Ahora bien, antes de entrar en el tema, es necesario abordar la esencia del periodismo enmarcada en la filosofía de la comunicación. Para el periodista profesional y académico, esta se simplifica en tres funciones fundamentales: informar, comunicar y educar. Si no cumple con estos tres conceptos, tiende a tergiversar su esencia.
Para la filosofía de la comunicación, el periodismo, como herramienta para informar, se desarrolla en dos aspectos comunicativos: el lingüístico y el existencial, que a primera vista parecen irreconciliables.
Así, los «lingüistas» sostienen que toda comunicación es, en el fondo, transmisión de información y, por consiguiente, transferencia de símbolos. Los “existencialistas”, por otra parte, mantienen que toda comunicación lingüística y simbólica se da dentro de un contexto existencial, dentro de una actitud, de una situación, de un «horizonte», etc. Para el periodismo, según esta apreciación, lo esencial en su aspecto cotidiano —su importancia— consiste en edificar, mediante un pensamiento filosófico y, especialmente, ontológico, un discurso que posea suficiente poder explicativo para poder alojar en sí ambas formas de comunicación.
Con relación al tema, la entrevista fue un excelente episodio periodístico, sin lugar a suspicacias. Vladimir asumió una posición imparcial, donde puso al interlocutor común frente a una autoridad de la administración pública durante el período democrático venezolano comprendido entre 1959 y 1999; específicamente, durante el período presidencial de Luis Herrera Campins. Se trataba del otrora ministro de Energía y Minas y presidente de PDVSA, Humberto Calderón Berti, quien dio muestra de clase y propiedad al postular coherentes parámetros para la recuperación política y socioeconómica del país.
En el mismo episodio, ante la participación interlocutora de Vladimir Villegas, Calderón Berti asumió una posición insistente al denunciar la ilegalidad de la gestión itinerante de Delcy Rodríguez como encargada presidencial, posterior a una asunción espuria de Nicolás Maduro a la Presidencia, como resultado de las elecciones del 28 de julio de 2024.
Humberto Calderón Berti, diestro en política petrolera, plantea que la longevidad de los contratos de servicios y las pautas establecidas como patrón de desarrollo de la industria, explotación y comercialización, aunque necesarias, son irrelevantes frente a lo verdaderamente importante: la seguridad institucional. Según su planteamiento, para los inversores extranjeros y las empresas serias, dotadas de sólidas estructuras empresariales, no resulta seguro hacer tratos con gobiernos de dudosa legalidad.
Para dar validez a su planteamiento, citó que el primer contrato petrolero serio en Venezuela se hizo con Exxon en 1943 por cuarenta años, trato que se truncó en 1974 con la nacionalización petrolera de Carlos Andrés Pérez.
Además, plantea que toda transacción que, en caso de no existir una decisión unánime de la Asamblea Nacional —sin importar la causa— implique un riesgo para la nación, debe ser consultada con el pueblo mediante un referendo consultivo.
Cuando le preguntaron acerca de la OPEP, planteó que esta debía ser redefinida con respecto al volumen de producción. Dio cuenta de que, cuando esta organización, fundada por el venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo, asumió la estrategia de reducir la producción para aumentar el valor del barril, los países nórdicos productores hicieron lo contrario: aumentaron el volumen de producción y, con ello, el volumen de ventas, al resultar más económicos. Eso trajo como consecuencia una disminución de las ventas de la OPEP.
Con respecto a la soberanía de Venezuela, dizque mancillada por la negociación —supuestamente asimétrica— en la que el gobierno “ilegal” de Delcy Rodríguez forma parte con el gobierno norteamericano, aseguró enfáticamente que tal soberanía había sido mancillada, opacada y que la misma no existía desde hacía muchos años, con el advenimiento del chavismo al poder.
Que tal soberanía no existía en Venezuela desde las gestiones de los gobiernos del fallecido Hugo Chávez y del actualmente preso Nicolás Maduro. En Venezuela, quienes mandaban eran los cubanos. Los cargos estratégicos, como las aduanas, los aeropuertos, la identificación y la cúpula de la seguridad nacional estaban bajo la injerencia de los Castro.
En este ínterin, Villegas le lanzó una pregunta capciosa:
—¿Cómo se puede rescatar la soberanía si el gobierno de EE. UU. controla el dinero de la producción de su petróleo?
Calderón Berti le refutó:
—Las cosas de la vida no son eternas y se llegará a un entendimiento sobre esos términos. Los países tienen derecho a recuperar su soberanía, y Venezuela la perdió desde hace muchísimos años. Los cubanos controlaban la inteligencia, los registros, etc. ¡No me vengas con cuentos!; la soberanía de Venezuela está en entredicho desde hace muchos años. Quienes mandaban en Venezuela eran los cubanos. O sea, esto representa a un gobierno fallido.
En esta parte es oportuno citar de “la republica o el estado” de Platón el pensamiento de Sócrates cuando un pueblo tiene la necesidad de otro para solucionar problemas domésticos, En el Libro III de La República Platón, a través de Sócrates, sostiene que cuando en una ciudad (Estado) es necesario tener una gran cantidad de jueces y médicos, esto es un signo claro de mala educación y de una sociedad “enferma”.
En la filosofía de la política clásica, un Estado “perfecto” (la polis) debía ser autosuficiente y capaz de gobernarse a sí mismo. Depender de instancias, jueces o leyes externas (de otros estados) se consideraba una señal de que el Estado había perdido su soberanía moral o su capacidad interna de ordenarse.
Sócrates lo expresa de la siguiente manera:
“¿No es una prueba de una mala educación, que sea necesario invocar a jueces y médicos, no solo para las clases bajas y los artesanos, sino también para quienes se precian de haber sido educados libremente? ¿No es vergonzoso que, por carecer de justicia propia, tengan que buscar la de los demás, convirtiéndose en esclavos de los jueces?”
Además, el gobierno no compraba nada que no fuera negociado por Cuba mediante una triangulación, donde quien pagaba y daba el vuelto era Cuba con dinero venezolano. En esa misma narrativa hace mención de que Venezuela le enviaba 100.000 barriles de petróleo diarios a Cuba, de los cuales no recibió nunca ni un centavo de pago.
Planteamiento del que, por su vínculo con el negocio petrolero venezolano, Calderón Berti debía estar bien enterado. Por lo tanto, esa soberanía de la que tanto ha hecho alharaca el chavismo, además de traicionada y arrebatada, estuvo plagada de corrupción y desafueros. Ese envío estaba estipulado en un convenio de cooperación cuyo fundamento, por parte de Venezuela, era enviar 55.000 barriles diarios a Cuba, con el compromiso de esta última de proporcionar a la nación venezolana maquinaria, repuestos y asesoramiento técnico para la industria azucarera, así como personal de apoyo técnico en los campos de la salud y el deporte.
El negocio estaba contemplado en el convenio de la denominada «Misión Barrio Adentro», mediante un bodrio contractual que comprometía a Cuba a pagar en veinte años el total del valor del producto, a una tasa de interés del 1 %. Por parte de Venezuela no existía ningún compromiso monetario; únicamente se exigía la manutención del personal, la logística y el alojamiento.
No obstante, se especula que el chavismo pagaba por cuenta propia 1.300 dólares por cada asesor, y que buena parte del hospedaje se hacía en hoteles privados habilitados como vivienda para funcionarios cubanos.
O sea, a ciencia cierta, todo un despilfarro económico.
Con respecto a los diecisiete campos en proceso de explotación, dentro de un negocio planteado donde compañías que podían calificarse de maletín o de muy baja reputación petrolera aparecieron como negocios de privados asociados al gobierno de Chávez, y a los cuales apodaron los “bolichicos”, dijo no saber ni dónde, ni cuáles, ni por qué los escogieron.
Sobre esto, afirmó que en 2007 Hugo Rafael Chávez Frías hizo alarde del programa de combinación de petróleo pesado, agua y solventes —la orimulsión—, utilizado como técnica de recuperación mejorada de petróleo (EOR) y como medio de dilución y transporte en yacimientos de crudo pesado y extrapesado, especialmente en la Faja Petrolífera del Orinoco. Según aquella visión, sería el futuro de Venezuela.
Luego, dos años después, descalificó tal proyecto como inviable, a lo que Berti respondió que Chávez no sabía de lo que hablaba. La pregunta es: ¿será que Hugo Rafael solo seguía directrices que le imponían?
Aquí es donde cabe una frase de la esencia de la lingüística wittgensteiniana. Cito:
«Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar».
Acerca del conflicto político, dio a entender que, si María Corina Machado y Edmundo González fueran actualmente los protagonistas de la transición a la democracia en Venezuela, otro gallo cantaría. Aunque les sería difícil y tardarían —no menos de cinco años— en recomponer el aparato productivo y la cotidianidad socioeconómica de la nación, no habría sido necesario aupar la llama del progreso con “bolichicos” en el negocio clave del petróleo.
Las empresas de prestigio comprobado, confiadas en la seguridad de sus inversiones, participarían en los negocios de restauración y producción de bienes y servicios con todas las de la ley.
Venezuela – USA

