Aquí y Ahora, Venezuela.
Hay regresos que comienzan con un abrazo y terminan con una pregunta.
Uno vuelve a Venezuela y, durante los primeros días, todo parece hermoso.
Está la familia.
La comida que se extrañaba.
La voz de los amigos.
La esquina conocida.
El paisaje que, aunque cambiado, todavía guarda algo de aquel país que llevamos en la memoria.
Durante un tiempo, el corazón se impone sobre la razón.
Hasta que pasa el reencuentro.
Y entonces comienza otra llegada.
La llegada a la realidad.
Para muchos venezolanos que han sido deportados, para quienes decidieron regresar voluntariamente o para aquellos que simplemente tuvieron que hacerlo porque las circunstancias les cerraron las puertas afuera, regresar no significa necesariamente volver a casa.
A veces significa descubrir que la casa que uno dejó ya no existe como la recordaba.
Y ese descubrimiento puede ser brutal.
Porque quien regresa trae consigo otra experiencia de vida. Viene de trabajar, muchas veces, sin descanso. De acostumbrarse a pagar servicios que funcionan, a organizar su tiempo de acuerdo con horarios, a utilizar transporte que llega cuando debe llegar, a planificar sus gastos, a vivir con otras reglas.
No estoy diciendo que afuera todo sea perfecto. No lo es.
También hay dificultades, soledad, discriminación, incertidumbre, trabajos agotadores y muchas historias que no aparecen en las fotografías bonitas de las redes sociales.
Pero existe una diferencia fundamental: Uno aprende a vivir de acuerdo con unas condiciones y, cuando regresa, tiene que desaprenderlas de golpe.
Y allí comienza el choque.
Se va la electricidad una vez más.
No hay agua.
El internet falla.
El transporte se vuelve una odisea.
El precio de algo cambia varias veces en poco tiempo.
El dólar sube y alguien lo convierte inmediatamente en una oportunidad para aumentar el precio de cualquier cosa, aunque no exista una explicación razonable.
Y entonces aparece aquello que hemos decidido llamar, con demasiada ligereza, “viveza” o “picardía criolla”.
Como si aprovecharse del otro fuera una virtud.
Como si cobrar de más fuera inteligencia.
Como si engañar al vecino fuera una habilidad.
Como si conseguir algo pasando por encima de otro venezolano fuera motivo de orgullo.
No.
Eso no es picardía.
Eso es parte de una cultura de supervivencia que hemos permitido que se convierta en una cultura de indiferencia.
Y quizá esa sea una de las cosas que más lastiman a quien regresa.
No solamente las fallas eléctricas.
No solamente los servicios deficientes.
No solamente la precariedad.
También duele encontrarse con compatriotas que parecen haberse acostumbrado a todo.
Acostumbrados a esperar.
Acostumbrados a reclamar poco.
Acostumbrados a justificarlo todo.
Acostumbrados a decir: “Eso siempre ha sido así”.
“Aquí somos así”.
“Resuelve como puedas”.
“Mientras no me afecte a mí…”
Y esa última frase quizá sea una de las más peligrosas de nuestra realidad.
Porque cuando una sociedad deja de conmoverse por el problema del otro, comienza a perder algo mucho más importante que la calidad de vida: Comienza a perder humanidad.
¿Dónde quedó la solidaridad?
¿Dónde quedó la sororidad?
¿Dónde quedó la empatía?
¿Dónde quedó la humildad?
¿Dónde quedó esa capacidad que alguna vez tuvimos de mirar al otro y decir: “Yo te ayudo”, sin preguntarnos primero qué vamos a obtener a cambio?
El venezolano que regresa puede sentirse extraño en su propio país.
Y no necesariamente porque Venezuela haya cambiado.
También porque él cambió.
Cambió su manera de entender ciertas cosas. Cambió sus expectativas. Cambió su tolerancia. Cambió su percepción de lo que debería ser normal.
Y cuando intenta compartir esas experiencias, puede encontrarse con comentarios que duelen.
“Tú porque vienes de afuera.”
“Aquí siempre hemos vivido así.”
“Ahora resulta que eres demasiado fino.”
“Si no te gusta, vete otra vez.”
¿De verdad?
¿En qué momento dejamos de escuchar al que regresa?
¿Por qué interpretamos como arrogancia lo que quizá es simplemente desconcierto?
¿Por qué quien vuelve tiene que acostumbrarse nuevamente al deterioro en lugar de que nosotros nos preguntemos por qué hemos terminado aceptándolo?
Tal vez hemos confundido adaptación con resignación.
Y son cosas completamente diferentes.
Adaptarse es encontrar una manera de sobrevivir mientras se busca cambiar las circunstancias.
Resignarse es convencerse de que no vale la pena cambiarlas.
Y Venezuela no puede permitirse una sociedad resignada.
Porque mientras discutimos quién tiene la culpa, mientras nos acostumbramos a vivir contando las horas de electricidad, mientras aceptamos precios arbitrarios, mientras justificamos el abuso pequeño porque “hay que rebuscarse”, mientras nos burlamos del que reclama porque “anda creyéndose extranjero”, algo mucho más profundo se está rompiendo.
Nos estamos acostumbrando a vivir por debajo de lo que merecemos.
Y eso tiene consecuencias psicológicas.
El regreso puede convertirse en angustia.
La frustración puede convertirse en depresión.
La impotencia puede convertirse en desesperación.
Y aquel que soñó con regresar puede terminar preguntándose si cometió un error.
Hay quienes, después de meses o años fuera, descubren que no pueden volver a adaptarse.
Y entonces aparece otra dolorosa contradicción: Regresaron a Venezuela para sentirse en casa y terminan deseando volver a irse.
No porque hayan dejado de amar a Venezuela.
Precisamente porque la aman.
Porque duele amar un lugar y no poder vivir dignamente en él.
Pero aquí quiero detenerme.
Porque sería demasiado fácil escribir este artículo desde la nostalgia y señalar solamente al gobierno, a los servicios públicos, al dólar, a la economía o a quienes han regresado.
No.
La pregunta es mucho más incómoda.
¿Qué estamos haciendo nosotros?
¿Qué hacemos cada día para que esta realidad cambie?
¿Seguimos normalizando?
¿Seguimos justificando?
¿Seguimos aprovechándonos del otro porque “si yo no lo hago, otro lo hará”?
¿Seguimos mirando hacia otro lado?
¿Seguimos creyendo que reclamar nuestros derechos es buscar problemas?
¿Seguimos enseñándoles a nuestros hijos que sobrevivir vale más que ser honestos?
Porque un país no se reconstruye solamente con grandes decisiones políticas.
También se reconstruye desde lo pequeño.
Desde el comerciante que cobra lo justo.
Desde quien no especula con la necesidad ajena.
Desde quien respeta una cola.
Desde quien no se aprovecha del anciano.
Desde quien ofrece ayuda al que acaba de regresar.
Desde quien escucha sin burlarse.
Desde quien comprende que una persona que vivió años afuera puede estar atravesando un verdadero choque emocional.
Desde quien entiende que no todo comentario incómodo es desprecio y no toda crítica es traición.
Necesitamos recuperar algo que la crisis nos ha ido quitando lentamente: La capacidad de indignarnos sin destruirnos.
La capacidad de decir que algo está mal sin convertir al que piensa distinto en enemigo.
La capacidad de reconocer nuestras heridas sin convertirlas en excusas.
La capacidad de mirar nuestra realidad de frente.
Porque Venezuela no necesita más personas expertas en explicar por qué todo está mal.
Necesita venezolanos capaces de preguntarse:
¿Qué puedo hacer yo para que algo esté un poco mejor?
Quizá no podamos encender todo un país.
Pero podemos dejar de apagarle la esperanza al que tenemos al lado.
Quizá no podamos resolver el problema eléctrico.
Pero podemos dejar de burlarnos de quien está agotado de vivir sin electricidad.
Quizá no podamos controlar el precio del dólar.
Pero sí podemos decidir si vamos a convertir cada fluctuación en una excusa para abusar del otro.
Quizá no podamos reconstruir Venezuela de un día para otro.
Pero sí podemos comenzar a reconstruir la manera en que nos tratamos.
Y tal vez allí esté el verdadero comienzo.
Porque quienes regresan no deberían encontrar un país perfecto.
Deberían encontrar un país dispuesto a mejorar.
Y quienes nunca se fueron tampoco deberían cargar solos con la responsabilidad de haber sobrevivido.
Todos somos parte de esta historia.
Los que se fueron.
Los que regresaron.
Los que fueron deportados.
Los que nunca pudieron irse.
Los que están preparando las maletas.
Los que decidieron quedarse.
Todos.
Por eso, quizá la pregunta más importante no sea:
¿Por qué regresaste?
Ni siquiera:
¿Por qué te fuiste?
La pregunta que deberíamos hacernos, aquí y ahora, es otra:
¿Qué nos pasó para que regresar a nuestra propia casa pueda sentirse, algunas veces, como llegar a un país extranjero?
Y más importante todavía:
¿Qué estamos dispuestos a hacer para que algún día volver a Venezuela vuelva a significar, sencillamente, volver a casa?
Porque Venezuela no debería ser solamente el lugar que llevamos en la memoria.
Tiene que volver a ser un lugar donde podamos vivir.
Dignamente.
Humanamente.
Juntos.

