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Janneth Jiménez: ¿Quién cuida al que educa?

 

Aquí y Ahora, Venezuela.

Volvieron los niños a las aulas.

Volvieron los uniformes, los cuadernos nuevos —cuando se pudo—, los abrazos de los padres en las puertas de las escuelas, las carreras de quienes llegan tarde, los gritos en los pasillos, las listas, las reuniones, los proyectos, las planificaciones y ese ritual que cada septiembre nos recuerda que un país, pese a todo, todavía intenta educarse.

Pero hay una pregunta que me ronda desde que comenzaron nuevamente las clases:

¿Quién se ocupa de cuidar a quienes tienen la responsabilidad de educar?

Porque detrás de cada escuela que abre sus puertas hay una realidad que no siempre aparece en las fotografías oficiales del inicio del año escolar.

Hay paredes que necesitan pintura. Baños que reclaman mantenimiento. Aulas con problemas de ventilación. Instalaciones eléctricas que requieren atención. Escuelas donde los servicios básicos no funcionan como deberían.

Y hay algo todavía más preocupante: muchas veces son los propios docentes, padres y representantes quienes terminan haciendo de albañiles, pintores, electricistas, gestores, colaboradores y hasta recolectores de aquello que hace falta para que la escuela pueda recibir a sus estudiantes.

No es una impresión aislada.

La Federación Venezolana de Maestros denunció este mes que buena parte de los planteles presenta problemas estructurales y carencias de servicios básicos como agua potable, electricidad y saneamiento, agravadas en algunos casos por los terremotos de junio. El gremio pidió evaluaciones técnicas antes de garantizar el funcionamiento de determinadas instituciones.

El propio Ministerio de Educación reconoce que la infraestructura escolar continúa siendo un desafío. Según sus reportes, alrededor de 900 planteles resultaron afectados de manera leve por los sismos de junio, 87 presentaron daños severos y 11 colapsaron completamente. También informó que se desarrollan trabajos de rehabilitación en numerosas instituciones del país.

Y aquí aparece otra contradicción que deberíamos ser capaces de mirar de frente: Una escuela no se recupera solamente pintando sus paredes.

Una escuela se recupera cuando quienes trabajan en ella también sienten que son respetados, escuchados y valorados.

Porque mientras discutimos cuántas aulas fueron rehabilitadas, hay miles de docentes entrando diariamente a esas aulas con un salario que, según denuncias gremiales recientes, continúa siendo insuficiente para cubrir sus necesidades. La FVM ha cuestionado además que parte de la compensación al sector se canalice mediante bonificaciones en lugar de mejoras salariales que repercutan sobre beneficios laborales.

Y, sin embargo, allí están.

La maestra. El profesor.

La mujer que deja a sus propios hijos en casa para ir a cuidar a los hijos de otros.

El hombre que llega al liceo preguntándose cómo hará para completar la quincena, pero entra al salón y comienza a explicar Matemática, Historia, Lengua, Ciencias o Literatura como si nada estuviera pasando.

Allí están. Con calor. Con cansancio.

Con dificultades económicas.

Con aulas que muchas veces no tienen las condiciones ideales.

Con exigencias administrativas.

Con jornadas de formación.

Con supervisiones.

Con informes.

Con planificaciones.

Con reuniones.

Con nuevas instrucciones.

Y con la obligación moral de presentarse frente a un grupo de adolescentes y transmitirles algo que quizás ese mismo día ellos necesitan más que cualquier contenido académico: esperanza.

Porque educar no es solamente enseñar una fórmula, una fecha histórica o una regla gramatical.

Educar es ayudar a construir criterio.

Es enseñar a pensar.

Es mostrar que las dificultades no justifican la mediocridad.

Es ayudar a un joven a descubrir que tiene posibilidades incluso cuando el entorno intenta convencerlo de lo contrario.

Por eso duele tanto cuando quien debería acompañar al docente termina convirtiéndose en una fuente adicional de angustia.

No todos los directivos son iguales. Sería injusto generalizar.

Pero tampoco podemos negar que existen espacios donde algunos trabajadores de la educación denuncian formas de dirección basadas en el maltrato, la humillación, el autoritarismo o el miedo.

Y aquí debemos detenernos.

Porque un director no es dueño de una escuela.

Una escuela pertenece a una comunidad y, sobre todo, pertenece a la sociedad que deposita en ella una de sus responsabilidades más delicadas: formar a sus ciudadanos.

La autoridad es necesaria.

La disciplina también.

La supervisión es indispensable.

Pero ninguna de esas cosas debería confundirse con humillación.

La exigencia no necesita maltrato para ser efectiva.

Se puede corregir sin destruir.

Se puede supervisar sin perseguir.

Se puede exigir sin humillar.

Se puede dirigir sin hacer sentir al otro que su condición laboral lo convierte en un ser inferior.

Y esto cobra todavía más importancia cuando hablamos de docentes que, pese a las dificultades, regresan año tras año.

Algunos regresan porque necesitan su salario, aunque sea insuficiente.

Otros porque aman profundamente su profesión.

Muchos regresan por ambas razones.

Y quizás ahí está una de las grandes paradojas de nuestra educación: El sistema necesita desesperadamente al docente, pero no siempre parece tratarlo como alguien indispensable.

Este año, además, las aulas reciben a estudiantes y maestros en medio de temperaturas que hacen todavía más difícil permanecer durante horas en espacios poco ventilados.

El calor no es un detalle menor cuando se pretende concentrar a treinta, cuarenta o más estudiantes en un salón y pedirles atención, participación y rendimiento.

Tampoco es un detalle menor para quien permanece de pie frente a ellos durante horas, explicando, preguntando, corrigiendo y sosteniendo emocionalmente un grupo.

Y entonces vuelvo a la pregunta:

¿Quién cuida al que educa?

Porque podemos pedirle al docente innovación.

Podemos exigirle creatividad.

Podemos pedirle formación permanente.

Podemos pedirle resultados.

Podemos pedirle que utilice nuevas estrategias pedagógicas, que incorpore tecnología, que atienda la diversidad, que acompañe emocionalmente a sus estudiantes y que cumpla con cada requerimiento institucional.

Pero también deberíamos preguntarnos:

¿Qué estamos haciendo nosotros para que ese docente pueda hacerlo?

La educación no puede sostenerse únicamente sobre la vocación.

La vocación es hermosa.

La vocación mueve montañas.

La vocación explica por qué tantos maestros continúan entrando a las aulas cuando sería comprensible que muchos decidieran abandonar.

Pero la vocación no puede convertirse en una excusa para normalizar la precariedad.

Un país no puede decirle a sus maestros: “Trabaja por amor”.

El amor por enseñar no paga el transporte.

No llena la nevera.

No repara el ventilador.

No arregla el baño.

No compra los materiales.

No sustituye un salario digno.

Y tampoco protege al docente de un ambiente laboral donde pueda sentirse permanentemente amenazado, descalificado o humillado.

Por eso resulta inevitable recordar a nuestros grandes maestros.

A Simón Rodríguez, que entendió la educación como una herramienta para formar ciudadanos y transformar sociedades.

A Andrés Bello, para quien la educación constituía una necesidad fundamental y una base del progreso y de las instituciones republicanas.

Y a Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien hizo de la educación y de la dignificación del magisterio una parte fundamental de su pensamiento y de su acción. Su legado educativo estuvo asociado al humanismo democrático, a la educación pública y a la defensa de una escuela al servicio de la sociedad.

¿Qué queda de ese pensamiento?

¿En qué momento comenzamos a pensar que una escuela puede funcionar aunque le falte casi todo?

¿En qué momento aceptamos que el maestro debe resolverlo todo con creatividad?

¿En qué momento confundimos autoridad con autoritarismo?

¿En qué momento dejamos de comprender que cuidar al docente también es cuidar al estudiante?

Porque quizás hemos cometido un error enorme.

Hemos hablado tanto de salvar la educación, que olvidamos que la educación tiene rostro.

Tiene el rostro de una maestra cansada.

El rostro de un profesor preocupado.

El rostro de una directora que intenta conseguir recursos.

El rostro de una madre que lleva pintura para reparar el aula de su hijo.

El rostro de un representante que organiza una jornada de limpieza.

El rostro de un adolescente que llega a clases esperando encontrar allí una oportunidad que afuera no siempre encuentra.

Y tiene, sobre todo, el rostro de ese docente que cada mañana abre la puerta del salón y decide, una vez más, intentarlo.

Por eso, al comenzar este nuevo año escolar, quizás la pregunta no debería ser únicamente cuántos estudiantes regresaron.

Ni cuántas escuelas abrieron.

Ni cuántas fueron rehabilitadas.

Deberíamos preguntarnos algo mucho más profundo:

¿En qué condiciones estamos educando a los hombres y mujeres que tendrán en sus manos el futuro de Venezuela?

Porque esos niños y jóvenes no son una matrícula.

No son una estadística.

No son una cifra para llenar informes.

Son el país que viene.

Y quienes los forman tampoco son simples empleados.

Son los constructores silenciosos de ese país.

Si realmente creemos que Venezuela necesita transformarse, tenemos que empezar por reconocer a quienes pueden ayudar a construir esa transformación desde un aula.

Respetemos al maestro.

Escuchemos al maestro.

Cuidemos al maestro.

Dignifiquemos al maestro.

Porque quizá algún día, cuando nuestros hijos ocupen los espacios desde donde se toman las decisiones de este país, descubriremos que buena parte de lo que lleguen a ser comenzó aquella mañana en un salón caluroso, con una pizarra desgastada, unos pupitres que habían visto mejores tiempos y un docente que, a pesar de todo, decidió quedarse.

Y entonces entenderemos que el futuro de una nación no comienza en un palacio.

Comienza en un aula.

Y el aula comienza por quien tiene la responsabilidad de enseñar.

¿Quién cuida al que educa?

Esa debería ser una de las preguntas más importantes de este nuevo año escolar.