El gobierno de Estados Unidos y el régimen venezolano han insistido en estos ocho meses que en Venezuela se está ejecutando una estrategia con tres fases sucesivas: normalización política, estabilización económica y, finalmente, restauración de la democracia.
La verdad es que, al principio, pareció existir conformidad ante tales planteamientos, principalmente luego de la extracción de Maduro, pero transcurridos ya ocho meses desde tres de enero mucha gente considera que esas faces no se están cumpliendo, salvo en un aspecto, el estrictamente petrolero, visto como un formidable negocio por el presidente Trump, mientras que las demás siguen sin instrumentarse.
Al respecto, se han hecho las más diversas especulaciones: desde las que hablan de una impaciencia desmedida de muchos venezolanos que piensan que todo sigue igual, salvo la circunstancia de que el ex dictador esté ahora detenido en Nueva York a la espera de juicio, y los que se sienten satisfechos porque creen que las cosas están marchando bien. Sin embargo, muy pocas han cambiado y a un ritmo demasiado lento.
Así, se han permitido ciertas liberalidades en materia de información y opinión en algunos medios, especialmente televisivos y radiales, que luego de largos años de autocensura -aunque en algunos casos fue de abierta complicidad con la dictadura chavomadurista- ahora han abierto ciertas rendijas a contados sectores opositores y hasta tímidamente asoman críticas al régimen en sus noticieros y espacios de opinión.
También se ha excarcelado una cierta cantidad de presos políticos, sin que tengan libertad plena ya que siguen siendo sometidos a un régimen de presentación. Mientras tanto, varios centenares de ellos continúan en las mazmorras de régimen y todavía persisten denuncias de que se siguen practicando mecanismos de represión y torturas. Además, los partidos políticos continúan secuestrados por el régimen y las inhabilitaciones políticas, absolutamente inconstitucionales, continúan vigentes. Hasta allí llegan los cambios en materia política.
La verdad verdadera es que la situación económica sigue empeorando todos los días, con el costo de la vida cada vez más alto y la inflación también en alza, el caos de los servicios públicos, especialmente el suministro de energía eléctrica y de agua potable, la salud en coma, la educación en su momento más lamentable en muchos años y el indetenible empobrecimiento generalizado de la población, con bonos de hambre y sueldos miserables, jubilaciones paupérrimas y sin seguridad social alguna.
La verdad verdadera es que hay muchas más cosas que deberían haberse cambiado ya y, sin embargo, el Rodrigato se ha hecho el desentendido aplicando una política de demorar medidas necesarias y justas para poder decir que estamos en una transición.
Al día de hoy no hay normalización ni transición: sólo negocios petroleros. Está demostrado que para el gobierno de Estados Unidos lo esencial es el petróleo venezolano, sin importarle las formas jurídicas y constituciones pues está negociando con un gobierno ilegítimo e ilegal, lo que vicia de nulidad absoluta tales acuerdos. Sin embargo, el sábado 29 de agosto, tanto el gobierno de Trump como el régimen de la inelecta dieron cuenta en informaciones oficiales simultáneas que llegaron a un acuerdo –“el mayor acuerdo petrolero en la historia mundial”, según afirmó muy orondo el presidente norteamericano-, mediante el cual Estados Unidos, agregó el inefable Trump, “se ha hecho con el control mayoritario sobre más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas de petróleo de Venezuela, sin costo alguno para el contribuyente estadounidense”.
Hasta ahora se desconoce el contenido de tales acuerdos, en medio de la opacidad y el secretismo que han caracterizado a las negociaciones entre ambas partes luego de tres de enero, al punto de que se ignora también adónde han ido a parar las decenas de miles de millones de dólares por la venta de nuestro petróleo desde entonces, algo que, al parecer, tampoco no le importa a Trump ni a sus pupilos venezolanos en el poder.
Esa actitud lo ha llevado a extremos como ese de declarar a cada rato que los venezolanos ahora estamos bailando en las calles y somos felices porque estamos ganando mucho dinero, otra de sus acostumbradas mentiras frente a las próximas elecciones norteamericanas de mitad de período. Pero no sólo se trata de una mentira, sino de una falta de respeto y de consideración.
De la misma manera, míster Trump ha llegado al colmo de afirmar que los venezolanos no estamos preparados para votar (¡!). Alguien debería decirle que tenemos 70 años votando y hace apenas dos años derrotamos al régimen de Maduro en medio de las condiciones más adversas y con un árbitro electoral plegado al régimen. Además, y en última instancia, resulta inaceptable que un gobierno extranjero decida cuando debemos elegir nuestros gobernantes.
Tal vez por esas razones, se están posponiendo las elecciones para cambiar al régimen de facto venezolano, por cuanto, de ser ciertas las informaciones, tales negociaciones satisfacen plenamente al gobierno de Trump y le otorgan mayor tiempo al Rodrigato para permanecer en el poder. Por cierto que la inelecta declaró en días pasados que no podía garantizar elecciones en el corto plazo, algo que coincide con la posición mantenida, hasta ahora, por el gobierno estadounidense.
La verdad verdadera es que, hasta ahora, no habido normalización, ni transición, sólo negocios petroleros.

