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Wladimir Rodríguez: La mesa social y la bolsa Trump ¿Pa’ cuándo?

 

El pasado 12 de agosto, el país asistió a otro capítulo de esa comedia de desencuentros y pactos de alcoba que ya nos resulta insoportable. Representantes del gobierno interino y de la Asamblea de 2015 salieron muy engolados, con la cara lavada, a anunciar un acuerdo de tres puntos: el doble terremoto, un nuevo Tribunal Supremo de Justicia y un nuevo Consejo Nacional Electoral. Todo muy institucional, muy jurídico, muy de cóctel en el este de Caracas o en algún hotel de Washington.

Pero mientras esas dos cúpulas políticas, totalmente divorciadas del país real, discuten la metodología de un acuerdo que los “opinadores de oficio” dicen que estará listo para diciembre, el venezolano de a pie se pregunta, como decía con su brutal franqueza Luis Miquilena ¿Y eso con qué se come?

Porque mientras ellos discuten las vacantes de los magistrados, el país va por un camino espinoso, complicado y trágico. Como solía advertir Teodoro Petkoff, las élites debaten el sexo de los ángeles en el Olimpo, pero abajo, en la fosa de la realidad, la pregunta es más simple y dramática: ¿qué comemos hoy?

La radiografía del hambre y el abandono de la realidad tienen el tamaño de la puerta de la catedral y no se puede ocultar con discursos. Las cifras de Cáritas Venezuela y de las organizaciones independientes dan escalofríos. La desnutrición aguda global o el riesgo nutricional castigan al 29,5 % de los niños en las zonas más vulnerables. Casi 10 de cada 100 niños sufren desnutrición severa, rozando la muerte, y un 30 % padece desnutrición crónica. Es decir, estamos procreando una generación con el futuro hipotecado, con un retraso irreversible en su desarrollo físico y cognitivo.

¿Andan los viejos? Los ancianos, que debieron cosechar la tranquilidad de sus años de trabajo, viven en una película de terror. El 33 % de los adultos mayores subsiste en la pobreza extrema. El 52 % ha tenido que achicar las porciones del plato y un 32 % come porquerías, vísceras, piel, lo que sea para engañar al estómago con algo de proteína. Para colmo, el 35 % de los hogares venezolanos está habitado por ancianos solos, abandonados por la marea de la migración, sobreviviendo con pensiones que no son más que una burla de centavos de dólar.

Nos dicen los estudios de Consultores 21 que el 60 % de los venezolanos logra mantener en este 2026 sus tres comidas al día. Pero seamos claros: comer tres veces arroz con manteca no es comer bien. El otro 40 % simplemente pasa hambre, saltándose comidas o reduciendo el plato. Con una canasta alimentaria que ronda los 756 dólares mensuales, el ingreso del venezolano común es un fantasma.

Cuatro patas para una mesa que no existe si miramos la salud, el cuadro es de terapia intensiva. El 80 % de los venezolanos no tiene derecho a enfermarse. Los 301 hospitales públicos trabajan a mitad de máquina y el 80 % de los más de 4700 ambulatorios están desmantelados, operando sin gasas, sin luz, sin agua limpia. En la educación, el desastre es monumental: 1,2 millones de muchachos están fuera de las aulas. El 36 % de la población en edad escolar vaga por las calles, sin pupitre ni futuro.

Ante este panorama, la urgencia no es política; es social. Necesitamos urgentemente montar una Mesa Social, y esa mesa tiene cuatro patas muy claras: salud, educación, alimentación y empleo. Venezuela no puede seguir en la sala de espera de dos élites desgastadas que solo juegan a la silla escolar de la política mientras el pueblo se hunde en la miseria.

¿Y dónde están los reales?

Aquí viene el gran misterio. Nos han dicho que a partir del 3 de enero de 2026, con el control de las ventas de crudo bajo la tutela del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, la comercialización del petróleo venezolano ha facturado entre 11 200 y 13 000 millones de dólares en la primera mitad del año. ¡Una millonada!

Pero luego, con la timidez de los burócratas, admiten que el dinero real que entra a la tesorería es “radicalmente menor” por el laberinto de las restricciones financieras. Los venezolanos, con justa razón y la nevera vacía, nos preguntamos en cada esquina: ¿Dónde están los reales? ¿En qué cuentas se están quedando?

Con esta inmensa peladera de bolas, lo primordial no es reformar el TSJ. Lo primordial es atacar el hambre. Como decía John F. Kennedy: “La guerra contra el hambre es verdaderamente la guerra de liberación de la humanidad”.

Por eso, los señores que se sientan en esa mesa de diálogo tienen que dejarse de pendejadas. Si hay recursos facturados por el petróleo, es hora de implementar una Bolsa Trump, un subsidio directo, una bolsa de comida de verdad, equipada y financiada con esos fondos que hoy se pierden en la burocracia internacional. Una canasta familiar real que cubra los  60 productos básicos según la medición oficial del Cendas-FVM, que es el indicador más utilizado en el país. Dejen la habladera de paja, señores de las cúpulas. La política puede esperar, pero el estómago de los venezolanos, no. ¿La mesa social y la bolsa Trump pa’ cuándo?

Dirigente social y político del estado Aragua.

 

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