El 15 de junio de 1813, en la penumbra de Trujillo, la pluma de Simón Bolívar redactó uno de los pasajes más inclementes y polémicos de la historiografía hispanoamericana: «Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables». A primera vista, la frase parece una simple consigna bivalente entre oprimidos y opresores. Sin embargo, la precisión léxica del Libertador oculta una profunda fractura social: ¿por qué no bastó con decir “españoles”?, ¿qué significaba separar intencionadamente a los nacidos en la Península Ibérica de los provenientes del Archipiélago Canario? Para comprender esta separación no hay que acudir al mero capricho retórico, sino a las entrañas sociodemográficas y bélicas de la Venezuela colonial.
En la estructura estamental de la Capitanía General de Venezuela, el “canario” o “isleño” ocupaba un lugar singular. Aunque técnicamente eran súbditos europeos de la Corona española, la realidad socioeconómica de los canarios distaba inmensamente de la de los españoles peninsulares (los llamados gachupines o vizcaínos). Mientras que los peninsulares ocupaban los altos cargos burocráticos, la jerarquía eclesiástica, la cúpula militar y el monopolio del comercio transatlántico, los canarios emigraban como mano de obra agrícola, peones, pulperos y pequeños comerciantes. Vivían integrados en el tejido cotidiano de los pueblos y valles venezolanos, compartiendo penurias con la población criolla y parda, aunque marginados por la élite mantuana (la oligarquía blanca criolla a la que pertenecía el propio Bolívar).
Esta coexistencia genera una perplejidad histórica inevitable: si los canarios compartían niveles de marginación similares a los criollos desposeídos, ¿por qué primó en ellos la lealtad a la Corona española por encima de la identidad territorial americana? La respuesta reside en la percepción política del momento. Cuando estalló la revolución independentista en 1810 y se proclamó la Primera República en 1811, la insurgencia no fue vista como una gesta ecuménica de libertad, sino como un proyecto exclusivo de los ricos mantuanos para perpetuar y blindar sus privilegios de clase. Cabe preguntarse hasta qué punto esta profunda fractura entre los mantuanos y los canarios condicionó el sesgo popular a favor de la causa realista durante la Segunda República. El resentimiento social acumulado convirtió al isleño en el enemigo más feroz del proyecto mantuano.
La figura crucial que explica la mención explícita en el decreto es el capitán de fragata Domingo de Monteverde, un canario nativo de La Orotava (Tenerife). Cuando Monteverde lideró la reconquista realista en 1812, sus fuerzas estuvieron compuestas en gran medida por canarios deseosos de cobrar viejas afrentas. Durante esa campaña, los jefes canarios desataron una feroz represión contra la causa patriota. En el imaginario colectivo patriota de 1813, la figura del canario no era la de un lejano burócrata del rey, sino la del vecino violento, el jefe militar despiadado y el principal brazo ejecutor de la sangrienta reconquista realista. Si Bolívar hubiese decretado la muerte únicamente para los “españoles”, muchos canarios habrían intentado ampararse en su ambigüedad identitaria —argumentando no ser peninsulares o ser residentes de larga data en suelo americano— para evadir la justicia republicana o continuar conspirando desde dentro. Al escribir “españoles y canarios”, Bolívar cerró cualquier vacío legal o interpretativo: el origen europeo metropolitano quedaba señalado como enemigo implícito si no tomaba partido por la emancipación.
El Decreto de Guerra a Muerte tenía un objetivo político superior: nacionalizar la guerra. Hasta 1813, las batallas en Venezuela no eran una contienda de “América contra España”, sino una devastadora guerra civil entre americanos realistas y americanos patriotas. Para ganar, Bolívar necesitaba trazar una línea divisoria tajante sobre la cual no cupiera la neutralidad: agrupar a la metrópoli (meter en la misma categoría punitiva al español peninsular y al canario para unificar la idea del “extranjero invasor”) y exonerar al americano (perdonar la vida al nacido en suelo americano, incluso si era realista o culpable de traición, buscando fracturar el ejército enemigo y restarle tropa nativa a los jefes realistas).
Sin embargo, esta jugada magistral plantea un severo dilema moral: ¿fue el Decreto de Guerra a Muerte un acto de genio estratégico para unificar el sentido de pertenencia nacional o una tragedia moral que exacerbó el odio étnico y social en las guerras de independencia? Por un lado, la medida logró transformar jurídicamente una insurrección doméstica en una contienda internacional entre dos naciones soberanas; por el otro, desató una vorágine de ejecuciones sumarias que convirtió a los campos venezolanos en fosas comunes.
A dos siglos de distancia, la proclama de Trujillo nos enfrenta a una última reflexión: ¿puede la violencia institucional de un decreto erradicar la complejidad de una identidad compartida entre pueblos que convivieron durante siglos? La separación formal entre españoles y canarios fue la reafirmación historiográfica de que ambos componentes de la metrópoli hispánica compartían la misma responsabilidad en la opresión y el mismo destino trágico si no abrazaban la causa republicana. Bolívar trazó una línea con sangre en el suelo americano, demostrando que en el paroxismo de la guerra, la política es capaz de romper los lazos más íntimos de la convivencia humana para dar nacimiento a una nueva nación.
Referencias bibliográficas:
*Bolívar, S. (1813). Decreto de Guerra a Muerte. Proclamado en el Cuartel General de Trujillo, 15 de junio de 1813.
*Carrera Damas, G. (2007). Boves: De la reyerta de la oligarquía a la revolución popular. Caracas: Monte Ávila Editores.
*González, J. V. (1988). Biografía de José Félix Ribas: Época de la Guerra a Muerte. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
*Lynch, J. (2006). Simón Bolívar: A Life. New Haven: Yale University Press.
*Parra Pérez, C. (1992). Historia de la Primera República de Venezuela. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
*Pino Iturrieta, E. (2015). El eclipse de la Ilustración en Venezuela. Caracas: Editorial Alfa.

