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​Rafael Sanabria Martínez: De la sequía al milagro; Cien años de fe, tierra y memoria en El Consejo

 

​Existen instituciones cuya permanencia no obedece al mero azar cronológico ni a la inercia de fríos decretos formales, sino a la pulsión sagrada, casi telúrica, del espíritu humano. En la geografía íntima de Aragua, la Sociedad de Nuestra Señora del Carmen de Pequeños Agricultores se erige no solo como un santuario devocional, sino como un monumento vivo a la persistencia. Este jueves 20 de agosto de 2026, al consumarse un siglo exacto de su gestación institutiva, la mirada histórica rebasa la sola evocación piadosa para desentrañar un prodigio sociológico: la victoria del esfuerzo colectivo sobre la inclemencia del tiempo y del olvido.

El Consejo Aragua

​La génesis de esta epopeya menor germinó en las entrañas de la adversidad. En los albores de 1926, con el estigma reciente de la devastadora sequía de 1925 erosionando los campos y amenazando con esterilizar las siembras de El Martillo, La Arvenca y las vegas ribereñas de Tiquire Flores, la comunidad de conuqueros de El Consejo transformó la angustia en plegaria ecuménica. Bajo la copa protectora de un tamarindo centenario, en el patio arbolado del comisario Valentín Mosqueda en la otrora calle de Barrialito (hoy calle Urdaneta), aquellos hombres de faz curtida redactaron las primeras actas sobre una austera mesa de madera. Aquella convergencia de voluntades halló pronta respuesta en el firmamento; de esa alianza indisoluble entre el trabajo telúrico, la fe y la providencia brotó la entidad popularmente consagrada como la «Sociedad de los Conuqueros».

​En la textura oral del pueblo, el advenimiento del mes de agosto articulaba un decir categórico: «¡Ya vienen las fiestas de los patones!». Lejos de entrañar un matiz peyorativo, la locución era una afirmación estética y de alta dignidad social. Denominar «patones» a los labradores constituía la metonimia popular para definir la impronta del campesino: aquellos pies ensanchados por el contacto directo con el surco, descalzos o ceñidos a la humilde alpargata, que arrastraban el barro fecundo de la tierra trabajada. La huella ancha del «patón» era el holograma vivo de la productividad, la rúbrica indeleble con que el agricultor modelaba el sustento de la comarca.

​Aquella directiva fundacional —vertebrada por Felipe Suárez en la presidencia, Félix Tovar Padrón, Trino González, Valentín Mosqueda, Pulido Padrón, Juan Díaz, Florencio López y Juan Tovar, respaldada por un nutrido cabildo de labradores— echó los cimientos institucionales. No obstante, el mayor mérito reside en la cadena ininterrumpida de custodios que le sucedió. A lo largo de cien años, la veneración a la Virgen del Carmen no declinó gracias a la entrega metódica de generaciones que rehuyeron la grandilocuencia para cultivar la gratitud. Nombres de densidad histórica como Rafael Mellado, Elías Manzano, Alejandro Natera, Carlos Barrios Padilla, en conjunción con el temple matricial de mujeres de la talla de Raimunda Díaz y Ana Teresa de Delgado —la insustituible «Negra Aguilera»—, inscribieron sus afanes en las páginas amarilleadas de los libros de actas, convirtiendo la festividad —con sus altares callejeros y la ofrenda pública de cambures, topochos, naranjas y tomates en los bailes de las calles Sucre, Campo Elías o la avenida Bolívar— en una lección magistral de solidaridad comunitaria.

​Allí radica, precisamente, la verdadera enseñanza magistral que esta sociedad religiosa lega a toda la nación venezolana. En un país cuya historia suele medirse por las grandes gestas heroicas o los caudillismos efímeros, este grupo de modestos labradores demuestra que la verdadera cohesión social se edifica en lo cotidiano, mediante una fe encarnada en la fraternidad real. La gran lección para la colectividad es que las crisis verdaderas —aquel suelo árido y agrietado que a menudo amenaza con paralizar el destino de la patria— no se superan desde la resignación pasiva ni desde la dispersión individualista, sino mediante la organización humilde, la constancia colectiva y la certidumbre espiritual. Esta institución nos enseña que el dogma sin obras es terreno yermo, y que la trascendencia de un pueblo se mide por su capacidad de sostener, contra viento y marea, el compromiso sagrado con sus tradiciones y con el prójimo.

El Consejo Aragua 1

​Contemplada a un siglo de distancia, la peripecia histórica de estos conuqueros trasciende el mero marco localista para transformarse en una lección republicana de urgencia contemporánea. La Sociedad de los Pequeños Agricultores reclama hoy su sitial como un baluarte incontrovertible de la reserva moral de Venezuela. En una época caracterizada por la fugacidad y el desencanto, la gesta de este abnegado grupo de hombres y mujeres nos recuerda que la fe genuina trabaja en el tiempo presente para la eternidad. Es esa convicción inamovible la que hoy sostiene esta tradición centenaria: un faro ético que conmina a la nación entera a reencontrarse con la nobleza de sus raíces y a labrar, con el temple indeclinable de aquellos pioneros, el porvenir fecundo de la tierra que nos cobija.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM