En 2008 Zimbabue estaba desintegrándose económicamente. El FMI estimó la inflación interanual en la increíble cifra de 500.000 millones por ciento en septiembre de ese año.
Con los precios duplicándose cada 24 horas y la moneda nacional destruida, la escasez de alimentos y combustibles se generalizó. Los servicios públicos colapsaron y el gobierno tuvo enormes dificultades para pagar a los empleados públicos y a las fuerzas armadas.
Entre 1999 y 2008 el PIB de ese país se redujo a la mitad, hasta ese momento la caída más severa para un país que no estaba en guerra.
Como el dólar zimbabuense perdió casi totalmente utilidad, la población espontáneamente se refugió en los dólares estadounidenses y rands sudafricanos.
En ese estado de cosas no es de extrañar que, en marzo de 2008, y por primera vez desde la independencia del país en 1980, Robert Mugabe perdiera una elección presidencial, y su partido la mayoría parlamentaria.
De cara a la segunda vuelta electoral el régimen lanzó una violenta campaña de intimidación contra la oposición, con cientos de muertos, miles de heridos y desplazamientos masivos. El candidato opositor Morgan Tsvangirai terminó retirándose de la segunda vuelta porque consideró que sus partidarios no podían votar con seguridad. Mugabe fue declarado vencedor con más del 85 % de los votos.
Medidas drásticas
Pero la Unión Africana le impuso tal presión que se vio obligado a aceptar un gobierno de unidad nacional del cual la oposición sería parte. El acuerdo estableció que Mugabe continuaría siendo presidente y Tsvangirai ocuparía el nuevo cargo de primer ministro. Los ministerios se repartieron equitativamente entre las fuerzas políticas; pero, eso sí, el partido oficial conservó el control de las fuerzas de seguridad.
En febrero de 2009, el gobierno de unidad nacional autorizó las transacciones en moneda extranjera. El dirigente opositor que se encargó del Ministerio de Finanzas tomó una medida económica drástica al decretar el abandono de la moneda nacional en abril de ese año, siendo reemplazada por el dólar estadounidense en las transacciones gubernamentales.
La dolarización paró la hiperinflación casi de inmediato. Esto tuvo una consecuencia psicológica enorme para la población, ya que después de años en que los precios podían duplicarse en cuestión de horas, volvió a ser posible utilizar el dinero como unidad de cuenta y depósito de valor. Además, como la dolarización vino acompañada con la liberalización de precios, los bienes comenzaron a regresar a los mercados.
No es que Zimbabue se transformó en una economía extraordinariamente productiva de la noche a la mañana, pero sí comenzó a recuperarse de parte del colapso sufrido.+
Causa y efecto
Sin embargo, la dolarización no solo estabilizó la economía, hizo lo propio con el régimen de Mugabe. De manera involuntaria los dirigentes opositores le dieron el salvavidas que necesitaba. Su control del país se prolongó por casi una década más.
Con él, también lo hicieron la corrupción, los problemas de los derechos de propiedad, la deuda externa, la baja inversión, la debilidad institucional, y las empresas públicas deficitarias.
Mugabe y su partido trabajaron durante los cuatro años del acuerdo para recuperar el monopolio del poder, y llegar a nuevas elecciones en condiciones mucho más favorables que las de 2008. Con la economía mejorando gracias a la dolarización se redujo la presión política que lo había obligado a compartir el gobierno, mientras se debilitó la capacidad de la oposición para presentarse como una alternativa. Además, reformas electorales claves quedaron incompletas.
En julio de 2013 terminó el experimento de la unidad nacional, cuando Mugabe obtuvo aproximadamente el 61 % de los votos, frente al 34 % de Tsvangirai en la elección presidencial. Su partido consiguió en la Asamblea Nacional una mayoría de dos tercios.
Tsvangirai denunció fraude y observadores internacionales señalaron numerosas irregularidades. Pero la oposición salió de la experiencia debilitada y dividida.
Mugabe permaneció en el poder hasta 2017, cuando fue obligado a renunciar. Respaldado por las fuerzas armadas, Emmerson Mnangagwa, su antiguo vicepresidente, lo desplazó.
Buena parte de los problemas que ha arrastrado el país desde entonces (incluidas las cuestionadas elecciones de 2018 y 2023) tienen su origen en una estructura institucional que nunca fue desmantelada.
“Condones como cambio”
Entre 2016 y 2018 el gobierno comenzó a incurrir nuevamente en grandes déficits fiscales. Estos fueron financiados mediante la emisión de instrumentos cuasimonetarios por parte del Banco de la Reserva de Zimbabue; los saldos electrónicos denominados RTGS dollars.
La escasez de monedas para las transacciones cotidianas llevó a la adopción del rand sudafricano, e incluso al uso de condones como cambio. Cuando comenzaron a escasear las divisas, el gobierno buscó crear instrumentos domésticos que funcionaran como sustitutos del dólar. En 2016 aparecieron los bond notes, que oficialmente tenían una equivalencia de 1 a 1 con el dólar estadounidense. El problema era que esa equivalencia no estaba respaldada por suficientes dólares.
El regreso de la moneda oficial y la inflación
Así que la moneda nacional regresó por la puerta trasera.
En febrero de 2019 el Banco de Reserva introdujo formalmente el RTGS dollar como moneda doméstica que podía fluctuar frente al dólar estadounidense. Y en junio el nuevo dólar zimbabuense fue declarado como única moneda de curso legal y se prohibió el uso de monedas extranjeras para las transacciones domésticas. Esa decisión terminó con el régimen multidivisavigente desde 2009.
Una vez que el gobierno volvió a controlar la emisión monetaria, reapareció el problema que precisamente había producido la dolarización: La pérdida de confianza en la moneda nacional. Mugabe no regresó (falleció en 2019), pero la inflación elevada sí lo hizo.
La situación llegó a tal punto que en marzo de 2020 las autoridades volvieron a permitir el uso de monedas extranjeras para las transacciones internas, pero en los últimos años la tasa de inflación ha estado entre dos y tres dígitos anuales. El gobierno volvió a reformar la moneda nacional en 2024 creando el Zimbabwe Gold (ZiG).
En resumen, la deriva autoritaria del régimen de Robert Mugabe fue el factor fundamental en el deterioro económico de Zimbabue. El autoritarismo no produjo mecánicamente la hiperinflación, pero sí contribuyó a crear las condiciones políticas que hicieron posibles las malas decisiones económicas y, posteriormente, dificultaron enormemente corregirlas.
Décadas de una economía inviable
Cuando Mugabe llegó al poder en 1980, Zimbabue era una economía relativamente sofisticada para los parámetros del África subsahariana; contaba con una agricultura comercial desarrollada, industria manufacturera, infraestructura relativamente buena y un sistema financiero funcional.
Durante los primeros años de independencia, además, hubo crecimiento económico y una importante expansión de los servicios sociales. Por tanto, no estamos ante el caso de un país que ya era económicamente inviable cuando Mugabe llegó al poder.
Los problemas vinieron con la transformación progresiva de las instituciones políticas y económicas. El régimen de Mugabe fue eliminando progresivamente los controles que podían limitar al Ejecutivo. Su partido terminó dominando el Estado, mientras la oposición, los medios independientes, la justicia y las organizaciones de la sociedad civil enfrentaban presiones crecientes.
En 1999 comenzó una fuerte crisis de balanza de pagos y el país empezó a acumular atrasos externos. Para 2003 la inflación ya alcanzaba 269 % anual, y el FMI señalaba como causas, las políticas fiscales y monetarias expansivas, el mantenimiento de un tipo de cambio artificial, y los numerosos controles económicos.
A partir de 2000, Mugabe aceleró radicalmente la redistribución de tierras. La reforma pretendía corregir la concentración de la propiedad agrícola heredada del período colonial. Pero la expropiación acelerada de grandes explotaciones comerciales, la inseguridad jurídica y la violencia asociada al proceso provocaron una caída muy fuerte de la inversión y de la producción agrícola.
Esa combinación de destrucción de la capacidad productiva, pérdida de ingresos públicos, políticas cambiarias distorsionadas, debilitamiento institucional y utilización del banco central para financiar al Estado, resultó devastadora.
Zimbabue como espejo
Hasta la crisis venezolana, Zimbabue era el ejemplo clásico de cómo el deterioro político y económico pueden reforzarse mutuamente.
Un gobierno democrático puede perder las elecciones si destruye la economía. Un gobierno autoritario tiene más posibilidades de trasladar el costo a la población y mantenerse en el poder. Cuando desaparecen los contrapesos políticos, también disminuye el costo de adoptar políticas económicamente equivocadas.
En sentido la comparación entre Zimbabue y su vecino Botsuana es dramática. Ambos países tienen historias coloniales similares y economías que dependen en buena medida de los recursos naturales, pero tomaron caminos muy diferentes.
Botsuana, un ejemplo exitoso
Botsuana se independizó en 1966 como uno de los países más pobres del mundo. Zimbabue, en cambio, obtuvo la independencia heredando una economía mucho más desarrollada. La paradoja es que, con el paso del tiempo, Botsuana terminó convirtiéndose en una de las historias de éxito económico más notables de África, mientras Zimbabue sufrió la prolongada crisis que hemos descrito.
Lo más interesante es que Botsuana posee diamantes en cantidades extraordinarias. Estos llegaron a representar aproximadamente tres cuartas partes de sus exportaciones y cerca de la mitad de los ingresos gubernamentales.
Pero el país desarrolló una legislación minera relativamente estable y previsible y, sobre todo, ahorró una parte considerable de los ingresos provenientes de esas exportaciones. Hasta ahora, ha evitado la llamada maldición de los recursos naturales; no hubo una gran asociación entre la explotación de diamantes y corrupción, y los ingresos minerales fueron administrados con relativa prudencia. Hacia finales de 2008, tenía reservas internacionales equivalentes a unos 21 meses de importaciones y había acumulado importantes ahorros fiscales.
Desde su independencia del Reino Unido, Botsuana no ha tenido un golpe de Estado ni una dictadura militar. Nunca el Ejército ha actuado como árbitro del poder político. Tampoco se trata de una democracia perfecta, pero se las ha arreglado para mantener instituciones políticas relativamente previsibles, elecciones competitivas, y un Estado de derecho mucho más funcional. En 2024 Botswana Democratic Party (BDP) perdió las elecciones por primera vez en 58 años, y hubo un traspaso pacífico del gobierno.
Zimbabue ha seguido el camino inverso. Por su gobierno usó la dolarización mientras le sirvió.

