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Manuel Barreto Hernaiz: Cuando llegue la luz… Y el fin del oscurantismo tropical

 

No hay suficiente oscuridad en todo el mundo para apagar la luz de una pequeña vela. San Francisco de Asís.

​Entendemos por oscuridad la falta de luz o claridad que dificulta la percepción de las cosas, un término derivado del latín obscuritas . El Diccionario Manual de la Lengua Española nos ilustra al respecto: «Falta o escasez de luz; parecido o proximidad de un color con el negro; dificultad que ofrece una cosa para ser entendida; falta o escasez de información acerca de las causas y circunstancias de un suceso; falta de certidumbre o de seguridad».
​Para la literatura, la oscuridad simboliza la presencia de sombras, maldad, miedo y desolación: «El mal tiene razón de ser porque tiene como contraposición el bien; el bien cobra sentido porque para negarlo existe el mal. La luz contra la oscuridad. La luz mostrará el camino, sí; debe haber un camino para salir de la oscuridad».

​Como Oscurantismo se denominó a aquel período de la Edad Media caracterizado por la oposición sistemática al progreso, el dogmatismo y la represión del conocimiento; la antítesis del libre pensamiento. Durante esa época, la ciencia se paralizó y la creatividad fue perseguida. Como sostenía Oswald Spengler, los nietos de los romanos que construyeron los acueductos miraban perplejos la obra de sus abuelos y, al no comprender su función, la demolían para construir viviendas rudimentarias: se había perdido el concepto mismo de la ingeniería. Se intentó borrar siglos de cultura grecorromana, sumiendo a los pueblos en el atraso, el hambre y la persecución, mientras los privilegios quedaban reservados para los allegados al señor feudal.

​Hoy en Venezuela, ese concepto medieval ha dejado de ser una alegoría abstracta para convertirse en una aterradora realidad cotidiana. El «oscurantismo tropical» no es solo una figura literaria; se encarna crudamente en el colapso del sistema eléctrico nacional. Esta crisis encuentra un paralelismo trágico con la Edad Media en la pérdida del conocimiento técnico, el aislamiento territorial y el retorno a dinámicas de supervivencia preindustriales. A saber…

​Pérdida del conocimiento técnico: Así como la caída del Imperio Romano provocó el olvido de técnicas avanzadas, la crisis venezolana impulsó la diáspora masiva de ingenieros calificados. La rigurosidad científica fue sustituida por la corrupción, la improvisación y el abandono. Complejos hidroeléctricos como el Guri operan en la precariedad, mientras instalaciones emblemáticas como Planta Centro son hoy un mero recuerdo.
​Aislamiento feudal: Los apagones prolongados y el racionamiento destruyen las telecomunicaciones. Sin internet ni señal telefónica, regiones enteras —con especial crudeza en estados como el Zulia— quedan desconectadas del resto del país y del mundo por días, replicando el encierro de la era feudal.

​Retorno a los ciclos naturales: En el medioevo, la actividad humana estaba dictada por el sol; al caer la noche, las ciudades morían y la población se recluía. En la Venezuela actual, el comercio, la educación y el trabajo se detienen al oscurecer ante la falta de alumbrado público y el desamparo frente al delito.

​Explicaciones metafísicas: Durante la peste y el atraso medieval, los males se atribuían a castigos divinos o brujería. De manera análoga, el discurso oficial recurre a conspiraciones insólitas para justificar los colapsos: «ataques electromagnéticos», iguanas saboteadoras o ciberataques extranjeros, el fenómeno del “Niño” en todas sus explicaciones, ignorando deliberadamente las leyes de la física, la fatiga de materiales y la ausencia de inversión, y distrayendo la inocultable corrupción.

​La desidia y negligencia destruyeron la infraestructura energética, sumiendo a ciudades y pueblos en un abismo que recuerda pasajes de Dante. Nos encontramos, de nuevo, ante la histórica batalla entre la luz del conocimiento y las sombras del atraso. No es tarea fácil irradiar luz en medio de este marasmo, pero es un deber cívico impostergable hacer cuanto esté a nuestro alcance para superar la penumbra.

​«¡Cuando llegue la luz!», se escucha a diario en cada rincón del país, como invocando un celestial Fiat Lux o apelando a la máxima bolivariana de Moral y Luces. Ha sido dura la resistencia contra este modelo que empujó a la nación a un siniestro precipicio moral para perpetuarse en el poder.

​Para que la luz vuelva, debemos asumir que es imposible edificar una nación desde la mentira, la ruina de sus servicios y la precariedad. Una sociedad no puede permanecer a merced del odio y la improvisación;y la ineficiencia.

​Cuando llegue la luz —la eléctrica y la institucional— florecerá un diálogo verdadero y transparente, lejano a la opacidad de las negociaciones a puertas cerradas. Tendremos un país donde la violación de los derechos humanos no quede impune, donde impere el estado de derecho y la soberanía popular prevalezca sobre los poderes fácticos. Los problemas de Venezuela tienen solución técnica y humana; la realidad la conocemos todos. Solo hace falta voluntad, carácter y compromiso moral para transformar la resignación en la fuerza ciudadana que reconstruya a la nación y nos ilumine el camino que habrá de conducirnos a la Tierra de Gracia.

Sociólogo de la Universidad de Carabobo – Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.

 

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