Sigue preocupando el tipo de programación que algunos canales venezolanos presentan a sus audiencias. Desde hace muchísimo tiempo hemos denunciado cómo la chabacanería, la falta de respeto y el mal gusto se apoderan de la pantalla chica, bajo la mirada cómplice de algunos directivos que terminan normalizando conductas y patrones que atentan contra la moral, el civismo y hasta el sentido común.
Si bien el entretenimiento siempre formará parte de la cotidianidad humana, una cosa es entretener y otra muy distinta convertir la televisión en un espacio para el chisme barato, la vulgaridad excesiva y las pretensiones de humillar a figuras reconocidas de nuestra cultura nacional. Cuando esto ocurre, es necesario elevar la voz y señalar directamente a quienes están haciendo tanto daño a la televisión, a las familias venezolanas y al país en general.
Recientemente, en uno de esos pasquines que transmite Meridiano Televisión —según pude conocer a través de las redes sociales—, una de las presentadoras quiso jugar con la edad de una reconocida actriz venezolana, de esas que se formaron en el teatro y que acumulan más de tres décadas de trayectoria artística. Para referirse a ella utilizó el término “dinosaurio”, intentando insinuar que está pasada de moda y dejando en evidencia, más que otra cosa, la ligereza con la que algunas personas asumen el privilegio de estar frente a una cámara.
Las trayectorias hay que respetarlas. Y cuando se ha recorrido el mundo de las artes con disciplina, perseverancia y estudio, mucho más. Los años que dedicamos a determinados oficios no son una condena ni una fecha de vencimiento; con el tiempo van fortificando la sabiduría y construyendo una especie de autoridad que, así como los monolitos, no se puede derribar con ese mandibuleo que inunda buena parte de la televisión venezolana, en un mundo donde algunos creen, como decimos en criollo, que se la están comiendo.
La televisión tiene una responsabilidad enorme. Lo que se dice frente a una cámara llega a miles de hogares y, de alguna manera, contribuye a moldear conversaciones, comportamientos y referentes. Por eso no podemos seguir justificando cualquier cosa en nombre del entretenimiento.
A las presentadoras de ese espacio todavía les queda mucho camino por recorrer. Ojalá decidan, por su propio bien y por respeto a la audiencia, instruirse, asesorarse y desarrollar mayor sensibilidad y empatía antes de abrir la boca frente a una cámara. No se trata de censurar el humor ni de convertir la televisión en un lugar solemne y aburrido. Se trata de entender que el entretenimiento también puede tener límites.
Y acá hay algo que quiero dejar muy claro: no atacamos la identidad de género de ninguna de las personas involucradas. Por el contrario, siempre seremos defensores de la diversidad y del derecho de cada quien a vivir su identidad con libertad y dignidad. Lo que cuestionamos es la ignorancia, la ordinariez y la naturalización de comportamientos que degradan la conversación pública y convierten la televisión en un espacio donde parece valer todo.
Porque no todo vale. La pantalla también educa. También transmite valores. También construye referentes.
Y cuando quienes tienen el privilegio de estar frente a una cámara utilizan ese espacio para ridiculizar, descalificar o humillar a alguien que ha dedicado décadas de su vida a construir una trayectoria, no estamos frente a una simple “broma”. Estamos frente a una forma de entender el entretenimiento que, sencillamente, deberíamos comenzar a erradicar.

