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Jesús Alberto Castillo: Navegar entre dos aguas; Una interpelación necesaria en tiempos de definiciones

 

La política reciente en Venezuela padece de un mal terrible: la proliferación de actores que, bajo el disfraz de la prudencia o la moderación, pretenden siempre “navegar siempre dos aguas”. En un escenario de quiebre institucional y ejercicio autoritario del poder, la ambigüedad calculada se ha convertido en la estrategia de supervivencia de una clase dirigente que “ni es chicha ni es limonada” para no perder privilegios con el poder ni simpatías con la ciudadanía.

La literatura es abundante sobre el tema de la indefinición política y evidencia que dicha actitud termina convirtiéndose en una condena al desprecio público. Por ejemplo, Nicolas Maquiavelo, en “El Príncipe”, advierte crudamente que la neutralidad es el camino más directo a la ruina. Argumenta que un político solo es estimado cuando se define como un verdadero amigo o un real enemigo. Aquel que intenta quedar bien con dos bandos en pugna termina siendo despreciado por el perdedor y convertido en presa fácil del ganador.

En nuestra realidad política, los llamados “blandos” o “ni ni” representan a la perfección esta advertencia del pensador florentino. Al no tomar posturas firmes frente a los desmanes del régimen, pierden la confianza del pueblo y la legitimidad de sus competidores. En política no se puede pretender “estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo” porque al final se pierde todo el respeto de los demás  y el tiempo pasa factura irreparable.

Esta ambigüedad moral adquiere un tinte espiritual en el imaginario de Dante Alighieri. El poeta de la “Divina Comedia” ubica en la antesala del infierno a los “ignavos”, faltos de alma o indolentes por no estar en la gran batalla cósmica ni con Dios ni con Lucifer, sino consigo mismos. Así, el juicio de Dante es implacable al sentencia que ni el cielo los acepta por decoro, ni el infierno los recibe porque hasta los condenados son más dignos por haber elegido un bando.

Por otro lado, Max Weber en “La política como vocación” desmantela “la fantasía de la pureza en la política”. Afirma que: “Quien se mete en política, es decir, quien accede al poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo (…). Quien busca la, salvación de su alma y la de los demás, que no busque por el camino de la política, cuyas tareas son totalmente distintas”. Ella exige una ética de la responsabilidad, más que de la convicción, donde el actor asume las consecuencias de sus decisiones.

Al reflexionar sobre lo expuesto por estos tres autores, podemos concluir que los líderes que tratan de “navegar entre dos aguas” ante la realidad asfixiante qué nos embarga, demuestran una inmadurez alarmante. Estamos en tiempos de definiciones, frente a un régimen que ha causado indignación a la población y, a pesar de estar en fase terminal, se resiste a morir. Por eso es necesario que el dirigente político deseoso de un real cambio político se sincere y tome parte en las decisiones mayoritarias que claman por la salida definitiva de los opresores del régimen. Debemos recordar que no se puede reconstruir una  república desde la indefinicion. La política real exige comprender que las aguas medias son, al final, aguas estancadas.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM