Es ameno releer el texto “Los profesores como intelectuales. Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje”, de Henry Giroux, porque va arrojando nuevos elementos que nutren la exigente y continúa tarea de enseñar al resto de la sociedad sobre principios que refuercen las instituciones, la cultura democrática y el espíritu ciudadano. Para ello el profesor debe aventurarse a leer, formarse y luchar por la solución de los problemas sociales. Tiene que desarrollar su intelecto no de manera enciclopédica, sino forjándose y viviendo las adversidades diarias para dar luces, defender la democracia como forma de organización y cambiar el estado de ignominia y opresión.
El autor considera que la democracia deriva del nivel de las formaciones sociales, comunidades políticas y prácticas sociales que están reguladas por principios de justicia social, igualdad ante la ley y diversidad. Una de esas formaciones relevantes en el establecimiento de la democracia es la escuela porque en ella se tejen todo tipo de intersubjetividades y se estimula el aprendizaje. Sin embargo, en su seno hay poder político y relaciones de dominio que pueden frenar las potencialidades de los sujetos. Esto obliga a impulsar una verdadera transformación democrática del espacio escolar.
Para Giroux la primera tarea para transformar las escuelas en espacios públicos democráticos es la de desarrollar un lenguaje de pedagogía política para los educadores y alumnos, es decir, un lenguaje crítico y orientador para reconstruir la esfera pública a favor de la lucha colectiva y la justicia social. La academia no debe quedarse relegada en el aula limitandose a instruir en las diversas áreas de conocimiento. Tiene que convertirse en un espacio genuino y dinámico para la educación en valores y formar ciudadanos que intervengan en los asuntos comunitarios, legales, económicos y de cualquier índole que incida en el avance de las instituciones democráticas y el progreso social.
Desde esta perspectiva el lenguaje deja de ser una mera herramienta que refleja la realidad social para convertirse en una poderosa arma de conciencia ciudadana y transformación del ambiente opresor, reproducido por los grupos de poder. Además, el conocimiento que se imparte no debe ser visto como algo objetivo sino que debe comprenderse como parte de las relaciones de poder que subyace en el espacio escolar como en otros lugares de la vida diaria. Es allí donde los profesores deben salir de su estado acomodaticio con el _status quo_ y ser intelectuales transformativos, es decir, comprometidos con la enseñanza emancipadora, la creación de escuelas como esferas públicas democráticas, la recuperación de valores progresistas en la comunidad, la justicia social, las libertades cívicas y el progreso social.
El profesor en el pensamiento girouxiano es un intelectual crítico, sensible, luchador y rompe con la cultura elitista. Suele “embarrarse” los zapatos en las comunidades. Es activista con clara conciencia y sentido de pertenencia a su entorno social. Además, se involucra en todo proceso de organización ciudadana, incluso puede pertenecer a un partido político, para interpelar la realidad y orientar en la estrategia adecuada que las circunstancias socio-políticas ameruten. Su capacidad intelectual lo lleva a tener un pensamiento crítico y a enfrentar posturas que se alejan de la ética ciudadana. No es un lisonjero, ni practica la delación para intentar alcanzar cuotas de poder. En fin, es un pedagogo de la política de altura y vive en concordancia con lo que profesa.

