La conclusión del primer ciclo de conversaciones en el Hotel Meliá de Caracas no solo deja al descubierto omisiones inaceptables; Revela una maniobra política calculada. El diseño de los puntos abordados y formalizados en esa mesa, caracterizados por una densa burocracia y compromisos de instrumentación a muy largo plazo, no obedece a un afán genuino de solución, sino a una estrategia sistemática de dilación.
Este mecanismo persigue dos objetivos evidentes:
1) Patear el calendario electoral: Se busca enfriar y postergar indefinidamente la exigencia cívica de un proceso de elecciones auténtico, transparente y con garantías reales. Convertir el cronograma en un laberinto procesal sin fechas perentorias es la fórmula para desmovilizar la aspiración mayoritaria del pueblo venezolano de decidir su propio destino.
2) Atornillar la permanencia en el poder: Dilatar los tiempos bajo la apariencia de una negociación activa funciona como un salvavidas institucional. Permite al oficialismo ganar oxígeno político, disipar presiones internas y externas, y consolidar el control sobre las instituciones mientras se debate sobre lo accesorio.
Un diálogo que posterga adrede las transformaciones estructurales y evade fijar plazos inmediatos para el rescate electoral y la libertad de los presos políticos deja de ser un espacio de mediación para convertirse en un instrumento de conservación del statu quo.
El país no puede quedar atrapado en agendas interminables diseñadas a la medida de la cúpula gobernante. La exigencia ciudadana debe mantenerse firme en lo urgente: rescate institucional, garantías electorales verificables y respeto irrestricto a los derechos humanos, sin concesiones a la táctica del desgaste.
El Poder Ciudadano es la gente.

