El paso de los meses luego de la detención del dictador Maduro y su esposa ha ido desnudando las dimensiones de la tragedia que urdió sobre Venezuela el chavismo, superando aún nuestras percepciones de antes. La demora, desidia e incompetencia en atender a las víctimas del terrible sismo doble del pasado 24 de junio, es la tapa al frasco que completa la naturaleza criminal de quienes se apoderaron del país alegando un pretendido proyecto “revolucionario”. Uno se pregunta, ingenuamente, ¿Es que no se daban cuenta del daño que nos hacían? ¿Por qué continuaron tanto en sus propósitos? ¿Por qué con tanta saña? ¿Cómo “justificaban” sus crímenes, con qué criterios?
Detrás de estas inquietudes se asoman las intríngulis de un poder ejercido por una oligarquía que se fue decantando en quienes mostrasen ser más inescrupulosos y crueles. Recuerden como Maduro premiaba con ascensos, distinciones y emolumentos a quienes eran señalados por violarles derechos a sus propios compatriotas. Se lo dictaban aquellos que, en su imaginario, representaban el alfa y el omega de la revolución: la gerontocracia castrista que se apoderó de Cuba. Los “fines superiores” que ésta encarnaba obligaban a provisionarla de nuestros valiosos recursos, sacrificando los intereses “subalternos” de quienes eran, en realidad, sus dueños: los venezolanos. Recordemos, también, cómo el tsj se convirtió en bufete defensor del fascismo gobernante, convalidando todos sus atropellos mientras perseguía, con acusaciones inventadas, a opositores. Criterios de bienestar, de humanidad, de justicia y solidaridad, de respeto por nuestros derechos, simplemente no entraban en la ecuación.
Cuando uno se detiene en el relato de quienes fueron presos políticos, en el martirio de sus familiares, en la angustiosa odisea de quienes caminaron miles de kilómetros con la familia a cuestas en procura de una vida mejor, en los millares de jóvenes a quienes se les arrebató su futuro o la generación de trabajadores y empleados que fueron esquilmados de su derecho a una jubilación meritoria, salta la indignación. ¿Cómo calibrar la catadura moral de quienes, de manera deliberada, prosiguieron, año tras año, en estos atropellos? Sumergidos en el lodazal patrimonialista que los engordaba a expensas nuestras, culpaban cínicamente al “imperio” y a los enemigos de la “revolución” de la tragedia nacional. La sinceridad, honestidad, consecuencia y rectitud de propósitos en la conducción de la cosa pública, así como la empatía con el prójimo, desaparecieron de su código genético. Sus amenazas de antes contra la población y el imperio, convertidas, ahora, en actitud sumisa que le aprueba a los gringos aquello de que antes denostaban, retrata su doblez. “¡Ni una gota de petróleo!”, ¿No es así, Diosdado?
Se entiende que la actividad política no la manejan las hermanitas de la caridad. Pero ello no puede negar la importancia de que conserve un sino ético, sobre todo para reconstruir la sociedad con base en instituciones que promuevan, conforme a criterios compartidos, la justicia, la convivencia pacífica y la consideración por el otro. Ello ha sido, sin duda, una de las principales fortalezas del liderazgo de María Corina Machado. Al privilegiar en su acción política lo que intuía era lo correcto, distanciándose de concesiones que, en aras de “ganarse la buena voluntad del chavismo”, hacían otros, tocó la fibra de crecientes mayorías obstinadas de tanta burla a sus derechos fundamentales. Podemos estar en desacuerdo con algunas posturas suyas respecto al gobierno de EE. UU. o con su cercanía a políticos de la derecha internacional, pero nadie puede negar la entereza, el compromiso y la tenacidad con la que se ha abocado, a lo largo de estos años, a luchar por la democracia y por la conquista de una vida digna para los venezolanos. Son elementos de decencia, de civilidad, que deben definir los fines que orientan la construcción de la sociedad deseada. En absoluto se trata de moralismos abstractos. La entrega, abnegación y espíritu solidario mostrado por tantos rescatistas voluntarios ante la tragedia del 24-Junio es expresión de lo que puede lograrse en momentos de emergencia como el representado por el rescate actual del país. Antítesis de la conducta de las mafias que nos han gobernado.
El asunto es que lo que queda del chavismo se desconectó, desde hace rato, de toda ética civilista en sus decisiones de política. Prescinden de cualquier noción de decencia. El examen de conciencia sobre sus desmanes es inexistente. No se asoma, ni remotamente, propósito alguno de enmienda, convencidos de que los absuelve su autoproclamada condición “revolucionaria”. Porque el fin justifica los medios. Erigirse en campeones de los nobles intereses de los venezolanos –ese menjurje que ideó Chávez al combinar la mitología de la izquierda comunista con su particular e interesada interpretación de la figura de Bolívar–, exculpa toda desviación, así sea que la providencia prometida se posponga indefinidamente. Es la consabida burbuja ideológica en la que se han cobijado a través de la historia, todas las pretensiones totalitarias, sean religiosas, comunistas o fascistas. Toda calibración “ética” de su proceder se mide, no por sus implicaciones para con el bien de la gente, sino por sus efectos para con los intereses supremos de la “revolución”, ergo, de quienes controlan el poder.
Milovan Djilas, segundo del mariscal Josep Broz Tito en la guerra contra la ocupación nazi en la antigua Yugoeslavia, narra en su conocido libro, La Nueva Clase (ya como disidente), que, una vez en el poder, muchos de sus camaradas se sentían con derecho al disfrute de privilegios, pues se habían sacrificado por la revolución. El “pueblo” se los debía. En dos platos, reclamaban ser los dueños indiscutidos del país a cuenta de sus credenciales políticas. Lo mismo que, guardando las distancias, se creyeron los chavistas de los primeros tiempos. El historiador italiano, Loris Zanatta, hurga en la formación religiosa que tuvo Fidel Castro para describirlo como “El último Rey Católico”, empeñado en salvar a sus compatriotas con la disparatada utopía que ideaba sobre la marcha, para hacer de ellos, a la fuerza, Hombres Nuevos de un futuro glorioso, libres de las perversidades de un capitalismo terrenal egoísta. Aunque ya nadie cree en tal prédica, dejó una ristra de simbolismos, clichés y rituales a los que se someten gustosamente todos los que buscan cobijarse en la absolución que da su supremacía moral a cuenta de ser “revolucionarios”, “liberadoras de la humanidad”. En este espíritu, la designada por Trump, Delcy Rodríguez, no resistió la tentación de publicar, oficialmente, loas al caudillo cubano en ocasión de los 100 años de su nacimiento, quizás para convencer a los suyos de que conservaba su lealtad con la “revolución”. Como sabemos, le valió jalón de orejas por parte de su nuevo tutor.
Ya es tiempo que los remanentes del chavismo se dejen de eso. Si alguna vez les valió aquello de la “moral revolucionaria” para inspirar a sus huestes, la traición en el tiempo de todos los preceptos que le servían de sustento, las corruptelas y violaciones de los más elementales derechos humanos y la entrega del país a los cubanos, hace tiempo que lo convirtieron en burla. Y menos cuadra con su sumisión actual a los gringos. Los venezolanos en absoluto estamos dispuestos a que esta fábula sirva de escudo para ningunear nuestras garantías políticas, negar la libertad de prensa y de movilización política y/o para contrariar la liberación plena de los presos políticos. Mucho menos para aceptarlo como alegato que “justifique” perpetuar estructuras represivas en manos de los mismos de antes.
Las expectativas de que, finalmente, se estarían abriendo las puertas a acuerdos para concretar aspectos claves que habiliten la transición democrática, como son la renovación debida del TSJ y del CNE, pasa porque la parte oficialista se despida, definitivamente, de todas sus alegaciones con las que antes se caía a embustes·”revolucionarios” para menoscabar compromisos a que llegaban en negociaciones anteriores. Estamos aprendidos. Deben sentarse a cumplir lo acordado con seriedad. Su supervivencia política depende de que “deconstruyan” tales reflejos condicionados. Y la garantía para ello tenemos que ser nosotros, desenmascarando sus inconsecuencias y vigilando para que se atengan a los compromisos asumidos. Porque del interés de Trump no podemos estar seguros. Demasiado concentrado en asuntos más bien pecuniarios de nuestro país, su petróleo y riquezas minerales, amén de convertirlo en bandera, la única exitosa, de sus pretensiones imperiales.
Economista, profesor (J), Universidad Central de Venezuela – humgarl@gmail.com

