El ejército libertador de Colombia avanza lentamente hacia el sur. El general Bolívar ha dispuesto que Sucre desempeñe una misión desdeñada por muchos. Marchar en la retaguardia administrando los pertrechos y víveres y, de paso, custodiar prisioneros y velar por el bienestar de los heridos, era a partir de ese momento la tarea fundamental del futuro mariscal.
El Libertador había advertido que, en la dificultosa y pesada marcha hacia el sur del continente, los ejércitos independentistas mermaban en exceso sus recursos en la retaguardia, iban regando prisioneros y muchos heridos morían por trato negligente.
“Confío en usted querido general para que desempeñe con eficiencia una tarea primordial para nuestras fuerzas”, dijo Bolívar a Sucre con su habitual delicadeza y diplomacia.
Cualquier jefe de la jerarquía del cumanés, aún por debajo de la de él, hubiese protestado o por lo menos rumiado aquel destino. Era frecuente considerar una afrenta o un castigo que se remitiera a un oficial de alta jerarquía a la retaguardia y peor aún si se le asignaba la tarea que le tocó al joven oficial oriental.
Sucre, con modestia y humildad, recogió el guante. Su talento y grandeza no le permitían actuar como los pequeños. Asumió su rol con la misma dedicación y sutileza como si se tratase de la más alta y delicada misión. Meses después, cumplida una dura y agotadora jornada, Bolívar pudo comprobar no sin asombro, que la retaguardia del ejército que avanzaba hacia el sur había sido perfectamente organizada; los víveres abundaban, los pertrechos eran suficientes y se mantenían en óptimas condiciones. Los prisioneros ya no se escapaban y se les trataba con el debido respeto. Y, lo que es más, se había establecido de hecho, toda una normativa para la administración y manejo de la retaguardia.
Bolívar había probado que al general Sucre le adornaban maravillosas cualidades. Este, ni antes ni después, se quejó del papel que por meses le tocó desempeñar. Muchos pensaron que había sido un gesto de Bolívar para humillar a Sucre y hasta una manifestación de temor. Otros más generosos y en sintonía con la manera de ser el Libertador, han opinado que quiso probar el apego a la disciplina, humildad y capacidad del cumanés para enfrentar cualquier dificultad. ¿Y por qué no pensar que hasta quiso indagar hasta dónde podía confiar en aquel joven oficial formado en los ejércitos libertadores de oriente?
Para esa época, el general Manuel Cedeño ya había llegado al límite de su capacidad y mermado los recursos materiales a su disposición en asedio a Popayán. El camino hacia el sur de la Nueva Granada estaba cerrado en aquella vieja y amurallada ciudad. Casi dos meses había invertido el general Cedeño intentando tomarla. Cada fracaso era seguido de otro. Las pérdidas materiales y humanas de nuestro ejército eran cuantiosas. La imperiosa necesidad de avanzar al sur estaba frustrada por la terca y hasta heroica resistencia del ejército enemigo.
Le llegó el momento a quien poco después sería el Gran Mariscal de Ayacucho y gloria de la ciudad mártir del Manzanares. Bolívar dispuso que el general que administraba vituallas y armamentos en la retaguardia pasase a comandar en sustitución de Cedeño.
Popayán con toda su historia, orgullo y la admirable energía de sus defensores, cayó rendida ante el general Sucre en dos o tres días. El genio militar dispuso rápidos cambios en la táctica de guerra. Y el ejército libertador pudo marchar sin tropiezos hacia el sur en busca de la gloria.

