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Eligio Damas: Por mi viejo amigo, Emiro Garcìa Rosas

 

Uno que siempre anda imaginando cosas tontas, y rara vez está a tiempo en el sitio donde  pasa el astro grande que empuja  los pequeños, llegó a creer que Quijote había sepultado la adarga y, a Rocinante, su noble montura, compañero de facer hazañas y desenredar entuertos,  licenciado. Lo imaginábamos  de redondo vientre y  repantigado, sacando cuentas y cuidando el haber.

Pero bastó un angustiado llamado de la bella Dulcinea del Toboso, su eterna amada, para que sin pensarlo tomase de nuevo  las armas  y se lanzó a campo abierto a combatir facinerosos. Los bandidos, asaltantes de fondas, diligencias, damas desamparadas, hasta niños y labriegos desprevenidos, tomaron todos los caminos y la dama de los sueños del hidalgo  manchego, viose en peligro de perder la vida o el honor y hasta sus más apreciadas pertenencias.

Quijote  estaba como  dormido; pero como todo verdadero caballero, habituado a arriesgar el pellejo y enfrentar los peligros que a diario acechan, dormía con  ojo abierto. Con éste, hasta en las madrugadas  escrutaba los espacios, no perdía detalle y movimiento. Y ellos, los facinerosos, a quienes había derrotado poco tiempo atrás, en los alrededores de la laguna de Pìritu, siguieron acosando a Dulcinea. Un cerco le tendieron, pensaban dejarla morir de inanición y para eso cerraron todos los caminos,  represaron el viento y cortaron las alas a los alcatraces.

La dama sacó fuerzas de su flaqueza y con la ayuda de infinidad de pájaros de todos los colores que sólo saben vivir en libertad y no es posible enjaular por mucho tiempo, pudo localizar al noble caballero. Aves parlanchinas de voces infinitas llevaron el mensaje. Y Quijote, que  sólo descansaba, no necesitó lo llamasen dos veces.

Y allí está majestuoso, sobre su corcel de noble clase. Y cuando desciende de los lomos de Rocinante, se planta con  agradable sonrisa ante los desafiantes facinerosos que no pueden alcanzar su mirada generosa y enérgica. 

Quijote sabe mucho de leyes y de esos vericuetos del Estado. Su vieja biblioteca está llena de cosas que ha leído una y más veces. Son libros ajados, estrujados, doblados y con lomo roído. Los compró, de feria en feria,  uno por uno y cuando supo de éste compró el otro. De tanto verse, libros y Quijote, no se guardan secretos.

Por eso, a su agradable sonrisa, une un torrente de palabras bien organizadas y armoniosas;  nunca salen sin sentido. No son palabras metidas en bolsa que penda del cuello erguido pero inquieto de Rocinante. Quijote las cuida, limpia, pule y les da un sentido preciso.

Pudo haber sido Comendador, tiene la gracia y el talento para ello. Pero  puede estar  cerca. Al actual Comendador ayuda mucho la clase   y saber del noble caballero andante para avanzar con comodidad por esos caminos llenos de asaltantes, mal pensados, desconfiados, santurrones, la abundante fauna oportunista, despeinados de pose y también gente sensible de epidermis a quien falta le hace le hable un caballero.  El hierro está en la punta de la adarga y Quijote sabe que no siempre debe usarse. En esto descansa su gran sabiduría.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM