Los que llevan años haciéndose un nombre o rascando algún voto con la negación de que existe la violencia machista han mostrado un elocuente silencio tras los últimos asesinatos de mujeres, tan habituales en fechas veraniegas, donde la convivencia desata los demonios patriarcales. Les basta la sospecha de algunas falsas denuncias de mujeres para demoler el precario sistema de protección que se ha diseñado para ellas. Sistema que, por cierto, le ha vuelto a fallar a una mujer en Llanes, pese a ser guardia civil. Un juez no tomó las medidas de protección necesarias para salvarla de su exmarido, también él guardia civil, convertido en asesino por la pulsión machista pese a todas sus condecoraciones que le revestían de un falso prestigio. De la misma manera, si de algo sirvieron los últimos incendios, al tocar la capital del país y sus alrededores, fue recordarnos que las regulaciones y las normas son imprescindibles. Los que insisten con eso de que en el bosque no se puede ni coger una piña han impuesto su discurso antiecologista. Bien al contrario, los ayuntamientos de las zonas arrasadas han insistido en señalar que no se cumplen las obligaciones de limpieza por parte de los propietarios de terrenos. Uno de los incendios más graves se inició, precisamente, por la cabezonería en ignorar las prohibiciones para usar maquinaria pesada en horas de máximo riesgo. Todo bajo el amparo de que el campo es de quien lo trabaja.
Coinciden todos los irresponsables en agitar ese tópico de que el campo no se puede gobernar desde un despacho en Bruselas. Pues benditos despachos. Igual que la regulación del servicio del taxi no la pueden hacer los taxistas únicamente, tampoco las normas que atañen al entorno natural la pueden dictar a su gusto los que explotan esos recursos. Lo mismo pasa con los ríos, donde pretenden reinar los que pescan despreciando cualquier otra opinión autorizada de las conferencias hidrográficas. Por eso el despacho lejano no es obligatoriamente inútil y desinformado, a veces es estricto y riguroso para imponer un sentido de lo colectivo. Pero todo ello nos da igual cuando se trata de agitar los populismos y los negacionismos que le doran la píldora a los que no quieren ver más allá de sus intereses personales. Las prevenciones contra el fuego no pueden limitarse a un letrero bilingüe en los luminosos de las autopistas donde se avisa de que nos adentramos en días de extremo riesgo. Esas prevenciones tienen que ponerse por escrito, con restricciones para el uso de maquinaria pesada, con limitaciones a los riesgos de la radial en las horas más cálidas del verano, en los procesos de desbroce y limpieza y, por supuesto, en las condiciones en que los veraneantes pueden desarrollar sus actividades recreativas o sus parrillas llamadas a extinguirse.
Por eso los despachos no deberían arrastrar la mala prensa que arrastran. Pero qué fotogénico resulta callarse cuando la realidad no te beneficia y correr a salir a recoger los resentimientos cuando el viento se pone a tu favor. Sucede un poco con los servicios públicos, entre ellos el de bomberos forestales, que son despreciados durante los 364 días sin fuego, para ser reclamados al instante y en perfecta formación de ataque para el día señalado en que todo arde. Da pena nuestra obsesión por creernos dueños de los que nos rodea, pero además dueños ventajistas, que nos lucramos con lo que sacamos de esos recursos, pero nos lavamos las manos en la responsabilidad del cuidado y la protección. La ecuación perfecta: todo para mí, pero sin coste para mí.

