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Carlos Malamud: ¿Podrá ser Javier Milei el “faro” de América Latina?

 

Más allá del discurso de éxito que pretende vender el Gobierno argentino, habrá que ver en qué medida logra consolidar sus avances económicos (inflación, déficit y riesgo país) y capitalizarlos en un liderazgo regional, Ulises Culebro.

La tanda de insultos de Javier Milei contra Lula da Silva («ladrón, presidiario y basura») y Alexandre de Moraes («basura calva»), el magistrado del Supremo Tribunal Federal brasileño que le impidió visitar a Jair Bolsonaro en su prisión domiciliaria, reveló el mal estado de la relación bilateral, especialmente entre los presidentes. También disparó diversas interpretaciones sobre el deseo de Milei de ponerse al frente de los gobiernos protagonistas del actual giro a la derecha.

Si bien, como afirma Daniel Zovatto, desde 2023 el centroderecha, la derecha y la extrema derecha han ganado 13 de las 16 últimas elecciones latinoamericanas, la pregunta es si hay un giro regional hacia la derecha. Una cuestión a considerar es la gran heterogeneidad de los diferentes gobiernos y liderazgos englobados bajo este común denominador y la posibilidad de que alguien los encabece. Y aquí, precisamente, es donde emergen todas las dudas.

Buena parte de este movimiento dextrógiro, más allá de la demanda de mayor seguridad recogidas por casi todos sus líderes, floreció bajo el manto protector e inspirador de Trump. Pero una cosa es ser funcional a sus aspiraciones hemisféricas, plasmadas en su corolario a la Doctrina Monroe, lo que implica subordinarse a sus deseos, y otra muy distinta encabezar un proyecto latinoamericano con alguna pretensión de autonomía frente al hegemón tradicional.

Los reiterados improperios de Milei, incluyendo los repetidos en su segunda andanada, cuando parecía que la crisis podía reconducirse con el retorno a Buenos Aires del embajador brasileño, reflejan el deseo de avivar la polémica. Por eso, puntualizó que la condena a Lula por corrupción fue anulada por un error de procedimiento y que «no es inocente». Incluso, fue más allá al afirmar que el Gobierno brasileño invirtió 1.000 millones de dólares en la campaña presidencial de Sergio Massa en 2023 y que se implicó en la cruzada antiargentina durante el Mundial.

Milei intenta cubrir dos grandes objetivos. Frenar la reelección de Lula el próximo 6 de octubre, lo que sería una gran traba al desarrollo de la marea conservadora y, dadas las malas noticias internas, reconducir el debate público hacia las más inocuas cuestiones internacionales. Como señaló el instituto Poliarquía, su aprobación continuó descendiendo en julio hasta un 42%, en la misma línea que otros indicadores demoscópicos, como el índice de confianza en el Gobierno. Esto muestra el deterioro del humor social, a la vez que los grandes desafíos que deberá enfrentar si quiere ser reelegido.

Su principal asesor político Santiago Caputo, también conocido como el mago del Kremlin, promocionó a su jefe como «faro de faros» tras la reunión informal mantenida en Lima con seis presidentes afines durante la toma de posesión de Keiko Fujimori. Este encuentro disparó la idea de convocar en Buenos Aires a todos los mandatarios de la derecha latinoamericana a una gran «cumbre azul», un color contrapuesto a los denostados rojos o bolcheviques, por supuesto sin definir sus objetivos.

Aquí emergen las primeras dificultades. La primera, con el gran amigo del Norte, ya que el color republicano es el rojo frente al azul demócrata, lo que podría provocar la incomodidad de Trump. Tampoco está claro en qué medida esta cumbre puede competir con el Escudo de las Américas, el proyecto estrella para el Hemisferio Occidental. Un eventual triunfo electoral de Flavio Bolsonaro no solo sería del agrado de la Casa Blanca, sino también convalidaría los exabruptos de Milei. Ahora bien, que pasaría si Lula fuera reelegido ¿dónde quedaría el olfato político del león, impulsado por las enseñanzas de la Escuela Austríaca? Y finalmente queda el para qué de la reunión.

El otro tema es la capacidad de liderazgo regional de Milei, y más si comienza su aventura latinoamericana enfrentándose a Brasil, con quien buena parte de los gobiernos de América del Sur, independientemente de su color político, intentan llevarse bien. Y simultáneamente con China, el principal socio comercial de la mayoría de ellos. Si bien para algunos presidentes, como el salvadoreño Nayib Bukele o Abelardo de la Espriella de Colombia, el lenguaje tabernario de Milei puede sonar a música celestial, dudo que otros más educados y conservadores, como el chileno José Antonio Kast, compartan el mismo gusto.

Uno de los grandes problemas de la integración latinoamericana y de su entramado institucional es anteponer las afinidades políticas e ideológicas a los intereses nacionales, un mal recurrente tanto a izquierda como a derecha y sin fácil solución. Para algunos observadores la convocatoria de una cumbre azul sería un mero remedo del Grupo de Lima, creado en agosto de 2017, durante el primer giro a la derecha, para enfrentar a Nicolás Maduro, a instancias del argentino Mauricio Macri, del chileno Sebastián Piñera y del colombiano Iván Duque. Pese a las expectativas, su evolución fue similar a la de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA) o a la Unión de Naciones del Sur (Unasur), muertas en combate.

Ahora bien, homogeneidad política no supone ausencia de conflictos, como se vio claramente en la primera década del siglo XXI en pleno auge bolivariano. Más allá de la retórica integracionista de la Patria Grande y de sus potenciales beneficios nunca hubo más conflictos bilaterales que entonces debido a causas políticas y económicas y no a problemas fronterizos. No sería descartable en el actual escenario regional de alta fragmentación que algo similar vuelva a ocurrir, especialmente por la falta de instituciones compartidas y de los más mínimos consensos regionales e internacionales.

Esto se ve en la incapacidad de los muy ideologizados gobiernos de derecha de subordinar a sus objetivos y en su propio beneficio la débil estructura institucional existente, básicamente la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Organización de Estados Americanos (OEA). Al considerar a la primera una creación bolivariana y brasileña, aunque sin estructura permanente, hay un fuerte rechazo para controlarla y asumir su liderazgo. La gravedad es mayor si se considera que ella sostiene la relación institucional con la UE, junto a la más simbólica relación regional con China, que descansa básicamente sobre instancias bilaterales. En marzo de 2025 el ex ministro de Relaciones Exteriores de Surinam Albert Ramdin fue elegido secretario general de la OEA en medio del desinterés latinoamericano.

Más allá del discurso de éxito que pretende vender el Gobierno argentino hay que ver en qué medida logrará consolidar sus avances económicos (control de la inflación, reducción del déficit público y del riesgo país, entre otros), más allá del enorme sufrimiento social que conllevan, y transformarlos en éxitos políticos. De momento hay un gran signo de interrogación en el horizonte y sin que éste se despeje es complicado consolidar un potencial liderazgo regional. Antes de consolidar un proyecto semejante habrá que sortear algunos obstáculos, como las elecciones presidenciales de Brasil (octubre de 2026), las de medio mandato en Estados Unidos (noviembre de 2026) y las presidenciales argentinas (octubre de 2027), donde Milei se juega su reválida.

Tampoco han emergido, hasta ahora, ambiciones alternativas de otros presidentes latinoamericanos. Buena parte de ellos llegó al poder en segundas vueltas muy disputadas y parlamentos fragmentados, lo que aumenta su debilidad. A esto se suma el hecho de que prácticamente ninguno tiene el tamaño, los recursos y la vocación de convertirse en potencia regional, asumiendo los costes del liderazgo. En esta liga también juega Argentina. En un contexto donde cada país suele hacer la guerra por su cuenta, y nada indica por ahora que esto vaya a cambiar, cualquier proyecto que no surja de un mayor diálogo entre las partes, de más cooperación, coordinación y colaboración, resulta política y prácticamente inviable.

 

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