Dos sueltos
Todas las noches él salía a fumar a la vereda.
Cuando me llevaba de la cama de mi mamá a la mía
mi cabeza en su cuello sabía que había estado afuera
en silencio mirando el cielo.
Pienso en la última tarde que pudo estar de pie
con mi ayuda frente al espejo afeitándose como
la imagen definitiva.
Debe ser por eso que dibujé en mi espejo un cenicero
y el recordatorio de que fumo desde los 14 años.
Yo no tengo a nadie que me rompa los cigarrillos y los tire al tacho.
Ningún cuerpo que trasladar a medianoche de una habitación a otra
que al día siguiente me recuerde todo lo que hago mal.
Mi mamá? solo arriba del Renault 12 cuando apoyaba un pie en el suelo
le sacaba una pitada a mi papá antes de llegar a las reuniones familiares.
La primera vez que fumé delante de ella fue cuando me lo merecía:
un chico de la ciudad me había dejado la respiración en pausa.
Ahora soy la pesada que en las fiestas pide que le armen uno,
aunque cuando vuelvo de la escuela o del gimnasio
compro dos sueltos desde hace años.
Apenas llegó al barrio y puso su kiosco
Gustavo me preguntó si estaba dejando.
Hace diez años que estoy dejando.
Hasta que dejé en serio tres meses
y ya no nos vimos más.
Ayer volví y me dijo qué te pasa
que estás fumando de nuevo?
Pasa que
mi abuelo también se murió.
Y Martincito, mi médico.
Y Beto Roma.
Y Ana Gaudio, la profe de geografía.
Y mi profe de ciencias sociales de la primaria.
Y casi todos los tipos del barrio
que fumaban mientras arreglaban autos o radiadores o pintaban casas.
Yo los veía trabajar y con el pucho en la boca
tenía la sensación de que trabajar no les cansaba.
Con un pucho en la boca
una puede estar ausente de sí misma.
Dicen que cada cigarrillo quita siete minutos de vida.
Es literal porque esos siete minutos
que una está mirando la nada
adónde se van?
Cuando llegó la radiografía
vimos una manchita en el izquierdo y otra en el derecho
y eso quería decir: inoperable.
Ahora veo pasar chicos de Rappi con el viento en la motito
que le apaga el pucho o se lo enciende
y su existencia parece un poco más liviana.
Porque sí
en las fiestas tiran humo para volver a las personas medio ensoñadas
y cuando los muertos aparecen en las películas
o tu yo del pasado
o dios
camina sobre humo.
Con las volutas todos los contornos se ondulan.
El gris del humo vuelve opacos los colores.
Todo se acerca más al blanco y negro.
Así sí puedo entender el punto
de Gustavo que
dos puchos sueltos le digo y cuando le estaba pagando
me invitó a salir.
Una chica que fuma es
lo suficientemente deseable:
mitad sucia mitad
desvanecida.
Anaclara Pugliese es una poeta nacida en Arroyo Seco, Santa Fe, Argentina, en 1989. Publicó La sombra de las nubes (EMR, 2017), Megafauna (Mentazines, 2019), Nieves (Mentazines, 2024) y Suma de intensidades (autoedición, 2024). Actualmente vive en Rosario, donde estudia, escribe y enseña.

