La tradición milenarista suele anunciar el fin del mundo al cierre de cada siglo o milenio, en ese pesimismo hay un aroma de superstición y hasta paranoia.
Pero en la actual transición atosigante de la humanidad, rodeada de desafíos, confusión y amenazas, pensar sobre el fin del mundo podría no ser un disparate.
En tal sentido hay algunos signos que llaman la atención y que no es ocioso considerarlos:
Los líderes de las superpotencias, rivales entre sí, parecen estar de acuerdo en repartirse el dominio planetario, más menos así: China controlaría el Asia y parte de África; Rusia Europa y parte de África; y Estados Unidos América Latina y Canadá, más Groenlandia, Australia, Nueva Zelandia, parte de África…
Los mega millonarios tecnócratas, convencidos de la obsolescencia de la Democracia, gastan fortunas en promover un gobierno mundial dominado por ellos, en el cual la gente se acostumbre a vivir «feliz sin libertad» y con los pocos derechos que ellos accedan a concederle.
El desenfreno de la Inteligencia Artificial y las tecnologías alienantes, podría conducir a un futuro no muy lejano, de robotización total y prescindencia del género humano tal como ha prevalecido hasta ahora.
Un gobernante lunático, como Putin, Kim il Sum o los ayatolás, por afán expansionista, miedo a la derrota o simple descuido, podría detonar el armagedón nuclear.
Y lo más espeluznante y factible, que el arrase de la naturaleza, sistemático, deliberado e irresponsable, acabe con la vida en la tierra, incluso antes de que los mega millonarios puedan cumplir su aturdido sueño de vivir en Marte.
Insisto, no está de más marcar distancia con la trepidación cotidiana, para dedicarle ratos a revisar inquietudes como las descritas.
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