Tanta tragedia al hilo, durante casi tres décadas, sería suficiente para desalentar a cualquiera. Para muestra los millones de nuestros conciudadanos deambulando por en mundo. La más alta tasa de desplazados del continente y una de las más importantes del orbe.
Pero no bastaba la tragedia social y política generada desde el poder. La naturaleza también se impuso y nos regaló la guinda que le faltaba a todas las tortas: un doblete sísmico altamente letal, destructivo. Los movimientos telúricos dejaron al descubierto, con desnudez absoluta, la carencia de un Estado efectivo, la carencia de un Estado que no sea para las selfies y la obtención de beneficios que sabemos cómo llegarán si llegan a los afectados. También lidiamos por el primer lugar de la corrupción en el mundo, no de ahora.
Se llevaron a Maduro en segundos y la fecha ya no se celebra como los primeros meses. De hecho, ayer se siguió el juicio y casi ninguna relevancia tuvo. Nuestros coterráneos, nosotros, luchamos por lo más elemental: la sobrevivencia registrada en los platos cada vez más vacíos de comida, una salud precaria en sí misma y en su atención, ni se diga. Elemental, ramplón, acto de completar para el pasaje. Eso ocupa nuestra existencia. Y no es para nada casual. Fue la manera nada sutil que encontraron de controlarnos por el hambre, la precariedad, la necesidad extrema.
La pregunta surge de inmediato, ante esta prolongada situación: ¿Qué hacemos? ¿Corremos o nos encaramamos? La demostración quedó, queda, está, plasmada en La Guaira, en Vargas. El venezolano no solo es sentimental y generoso, también es un insigne bregador. Si no está en las cercanías el Estado para proteger y echar una mano para ayudar, como le corresponde, allí está él con su mandarria y sus pocos conocimientos también elementales para resolver. Y resolvió en la medida de las posibilidades, mientras llegó la tan valiosa ayuda internacional que agradecemos i finito, mientras los organismos del Estado se hacían preguntas retóricas de oficina.
No tengo dudas acerca de que muchos venezolanos estarán revaluando su permanencia en el país después de la guinda de las tortas. Tampoco dudo que seguirán retornando nuestros hermanos para la recomposición de esto. O sea, no nos queda otra camino que encaramarnos y enderezar la carga. A algunos se nos terminará de ir la vida. Pero dejaremos el legado de una nación que no se dejó finalmente arrollar por la inclemencia absurda de unos miserables izquierdistas en el poder para ellos. Volveremos a surgir a punta de esfuerzo, entre todos. Como quedó demostrado durante y, ahora, después, del doblete sísmico. Vendrá el doblete, el triplete y más de la reconstrucción que no será solo física. Guiada desde lejos. Pero será.

