Los terremotos dejaron al descubierto mucho más que edificios agrietados. También revelaron las fracturas de nuestras instituciones, la importancia de la solidaridad y la necesidad de reconstruir la república para proteger la vida en común.
Pudimos haber sido nosotros
Los videos e imágenes nos sobrepasan. No solo porque son incontables, sino porque son profundamente dramáticos. Tocan nuestras fibras más sensibles por la tragedia que viven miles de venezolanos y despiertan nuestra empatía inmediata. También porque reconocemos en lo que están viviendo algo que, en mayor o menor grado, hemos vivido quienes habitamos estas zonas afectadas por el insólito doblete de terremotos. Un pensamiento recorre la conciencia de muchos: pudimos haber sido nosotros. Y esa certeza nos obliga a mirar de frente lo sucedido y lo que exige de nosotros.
Que todos ayuden
Las cifras preliminares son devastadoras: fallecidos, heridos graves, viviendas destruidas, familias enteras sin refugio. Todos necesitan ayuda, y la necesitan ahora, sin excusas ni demoras.
Que ayuden los que siempre ayudan, sin que nadie los convoque; que ayuden médicos y enfermeros, bomberos y rescatistas; que ayuden las organizaciones civiles y las empresas; que ayuden iglesias y universidades; que ayuden los políticos y los gobiernos; que ayuden venezolanos y extranjeros.
Pero que también ayuden quienes permitieron construir donde no se debía; quienes saquearon al país; quienes destruyeron instituciones y capacidades del Estado; quienes usurpan nuestra soberanía; quienes reprimieron, persiguieron y encarcelaron; quienes degradaron nuestras fuerzas armadas y cuerpos policiales; quienes miraron hacia otro lado mientras todo se derrumbaba. Que ayuden, porque ayudar no borra las responsabilidades —éticas y legales— que les corresponden.
Que todos ayuden, cada uno a su modo, porque la magnitud del daño no admite excepciones morales. En un país que se estremece con violencia no hay inocentes pasivos: solo hay responsables llamados a responder. Y en medio de esta urgencia humana, debemos recordar que vivimos en un planeta que se mueve y cambia, y que frente a ese movimiento la vida humana es vulnerable.
Consciencia planetaria y ética de la vida
Hoy sabemos que la Tierra está hecha de piezas inmensas: placas tectónicas que se desplazan, chocan y se hunden como si el planeta respirara en ciclos lentos. Sabemos que esas placas no encajan del todo, que entre ellas se abren fallas y líneas de fractura, y que en esos bordes —donde la corteza se tensa y se libera— nacen los terremotos y las erupciones. Vivimos sobre una superficie que parece estable, pero que en realidad está en movimiento perpetuo, impulsada por fuerzas profundas que no sienten compasión ni dan advertencia.
Y, sin embargo, la vida persiste. Persiste como fenómeno biológico —esa capacidad de organizarse, adaptarse y renacer— y persiste también como experiencia humana: como impulso interior que nos lleva a proteger, a reconstruir, a imaginar futuro incluso en medio de la destrucción y la incertidumbre. Esa doble persistencia, física y emocional, se convierte en una fuerza que atraviesa nuestra vulnerabilidad y sostiene nuestra continuidad. Esa fuerza —que pertenece tanto a la biología como a la ética— adopta en nosotros un nombre que es a la vez íntimo y universal: esperanza.
Más la esperanza no es solo un impulso íntimo: es también una responsabilidad colectiva. Solo puede sostenerse si construimos instituciones capaces de protegernos, responder y reconstruir. Cuando la esperanza se organiza en instituciones que cuidan la vida en común, entra en el terreno de lo político.
Es un asunto político
Reivindicar la política —en su sentido más noble— es indispensable para reconstruir la casa común.
La república no es solo un régimen político: es una forma de vida en común. Es la organización de la convivencia en instituciones que funcionan y en responsabilidades compartidas; es la decisión de vivir bajo leyes y no bajo voluntades; es el reconocimiento de que la libertad y la dignidad requieren una arquitectura institucional sostenida por ciudadanos. En la república, la política recupera su sentido más profundo: el cuidado de la casa común.
Por eso tantas organizaciones civiles, comunitarias y humanitarias hacen política todos los días, aun sin nombrarla así. Cuando protegen, acompañan, organizan o reconstruyen, ejercen la responsabilidad republicana de sostener la vida compartida.
La república es la forma institucional que nos permite sobrevivir tanto ante las fuerzas del planeta como ante los excesos del poder: nos da capacidad para prepararnos y responder sin quedar a merced de lo inesperado ni de lo arbitrario.
En nuestro país, esas capacidades —las organizativas, las técnicas, las humanas— fueron destruidas por la indolencia, la incompetencia, la politización y la corrupción del régimen chavista‑madurista. Allí donde debía haber prevención, hubo abandono; donde debía haber profesionalismo, hubo improvisación; donde debía haber Estado, hubo facción. Es comprensible que muchos reaccionen con desagrado ante quienes buscan provecho político de lo que hoy vivimos, empezando por quienes demolieron la república y que aspiran de manera artera a permanecer en el poder.
Pero eso no debe impedirnos ver la dimensión política —republicana— de lo ocurrido. ¿No es evidente que nuestras limitaciones para prepararnos ante eventos catastróficos y para responder a ellos son, en esencia, un asunto de instituciones y vida en común? ¿No muestran los terremotos del 24 de junio, con brutal claridad, la fragilidad de nuestra casa común?
Fuerzas destructivas y fuerzas creadoras
En la historia de toda sociedad —y en la nuestra con especial claridad— actúan fuerzas que crean y fuerzas que destruyen. Fuerzas que abren caminos para emprender, cooperar y progresar, y fuerzas que nos mantienen en el atraso, la dependencia y el miedo.
Han sido y son fuerzas creadoras: las luchas por la libertad y la inclusión; el reconocimiento del otro; la ciudadanía y los derechos humanos; el Estado de derecho y la descentralización del poder; el rechazo a la violencia; la derrota del miedo ante el poder; la soberanía popular y el pluralismo; la participación en los asuntos públicos; la competencia en mercados libres y el espíritu emprendedor; la cooperación y la confianza; el trabajo digno y la educación; la decencia y la responsabilidad social; la conciencia ecológica; el orgullo nacional que aprende de otras experiencias; el ejemplo de los grandes venezolanos; la esperanza.
Han sido y son fuerzas destructivas: la pobreza y la exclusión; la ilusión de riqueza fácil; la expectativa de que el Estado resuelva todo; el intervencionismo y la concentración del poder; la servidumbre ante el caudillo; el dogmatismo y el sectarismo; las instituciones capturadas por intereses particulares; la corrupción y el burocratismo; el rentismo y el clientelismo; la frivolidad histórica; el irrespeto a la dignidad ajena; la demagogia que desprecia al pueblo; la incitación al odio; el miedo a pensar libremente; la irresponsabilidad y el abuso; la estatización de lo comunitario; la subordinación de intereses nacionales a intereses foráneos; la imitación sin aprendizaje; la desesperanza.
En momentos de catástrofe —cuando la tierra tiembla y la casa común se sacude— estas fuerzas se revelan con nitidez. Las creadoras nos permiten responder y reconstruir; las destructivas nos dejan indefensos. Reconocerlas no basta: es necesario decidir cuál de ellas guiará la reconstrucción de nuestra casa común. Esa decisión —entre fuerzas que crean y fuerzas que destruyen— es el momento en que la ética de la vida en común se vuelve responsabilidad política. De esa decisión depende que la casa común pueda empezar a reconstruirse.
Sin cambio político no habrá renacimiento nacional
Durante años, el chavismo‑madurismo ha sido una fuerza destructiva: desmanteló capacidades técnicas, profesionales y organizativas; politizó funciones esenciales; sustituyó criterios de mérito por lealtades faccionales; y convirtió la gestión pública en un territorio de abandono, improvisación y corrupción. Ninguna sociedad puede proteger la vida en común cuando sus capacidades para prevenir, responder y reconstruir han sido erosionadas de ese modo.
La reconstrucción comenzará cuando, retomando el hilo que une nuestro presente con la decisión fundacional de ser una república, recuperemos nuestra soberanía como pueblo político para definir nuestro destino común. Ese camino ya fue afirmado democráticamente el 28 de julio, cuando los venezolanos eligieron un liderazgo distinto, llamado a encarnar —si logra ejercer plenamente su mandato— la fuerza creadora que el país necesita para reconstruir la casa común. Y volveremos a afirmarlo en una nueva elección, porque la continuidad democrática es parte esencial de la reconstrucción republicana.
Ese cambio implicará levantar instituciones justas y confiables, capaces de prevenir, responder y proteger; implicará una democracia de política seria, donde la responsabilidad sustituya a la arbitrariedad y donde el poder esté sometido a controles reales. Requerirá también un movimiento ciudadano que sostenga esa arquitectura y un liderazgo confiable que ofrezca visión, esperanza y capacidad. Solo así será posible asumir una estrategia de desarrollo sostenible que superará la pobreza y nos permitirá desplegar libremente nuestro potencial, con apoyo internacional que fortalecerá —y no sustituirá— nuestra soberanía.
Las grietas de nuestras paredes
La lucha por el cambio político se ha hecho más compleja, si cabe, por el dolor y las pérdidas ocasionados por los terremotos. Muchos compatriotas han perdido demasiado, y resulta insensible pedirles sacrificios adicionales. Por eso el resto de nosotros, la mayoría, está llamado a redoblar el esfuerzo colectivo.
Sabemos que la élite de lo que queda del régimen intentará instrumentalizar de nuevo nuestra tragedia, esta vez para alejar indefinidamente el evento electoral mediante el cual ratificaremos nuestra decisión soberana de sacarlos del poder. El gobierno de Estados Unidos no debería prestarse a ello, pero eso dependerá de cuán firme sea nuestro compromiso. Si ese compromiso se debilita, no es impensable que ese gobierno opte, a partir de un cálculo equivocado de estabilidad, por mantener su apoyo al autoritarismo doméstico tutelado.
Nos toca, pues, hacer el enorme esfuerzo emocional, moral y político de reparar nuestras paredes y nuestros corazones para continuar nuestro largo camino hacia la libertad. Ese esfuerzo no será sencillo: implica sobreponernos al miedo, a la fatiga y al duelo; implica sostenernos unos a otros mientras reconstruimos lo que se quebró afuera y lo que se quebró adentro. Pero es precisamente en esa tarea —en la decisión de seguir adelante aun cuando todo parece frágil— donde la república vuelve a nacer. Cada gesto de reparación, por pequeño que sea, es una afirmación de nuestra dignidad y de nuestro compromiso con la casa común.