El estudio riguroso de nuestro pasado exige mirar más allá del apasionamiento chauvinista y de los relatos heroicos simplificados que, con frecuencia, oscurecen las decisiones más trágicas pero lúcidas de nuestros fundadores. Un ejemplo de ello es la Capitulación de San Mateo, pactada el 25 de julio de 1812 entre el Generalísimo Francisco de Miranda y el jefe realista Domingo de Monteverde. Este hecho, del que han transcurrido 214 años, ha sido juzgado con ligereza por una historiografía romántica como un episodio de debilidad o cobardía. Sin embargo, como demuestra el historiador Caracciolo Parra Pérez en su obra clásica Historia de la Primera República de Venezuela (1944), la firma del pacto en suelo aragüeño no fue una traición, sino la dolorosa decisión de un militar experimentado que intentó evitar la destrucción absoluta del país. ¿Hasta qué punto el juicio posterior sobre Miranda ha sido moldeado por la necesidad de mitos inquebrantables, en lugar de comprender el colapso real que enfrentaba?
Francisco de Miranda.
Para entender lo sucedido, hay que mirar el entorno desesperado de aquel año de 1812, cuando la joven República se desmoronaba en múltiples frentes. Por un lado, el devastador terremoto del 26 de marzo destruyó las principales ciudades patriotas y fue hábilmente manipulado por el estamento eclesiástico realista para convencer a una población devota de que la emancipación era un «castigo divino». Por otro lado, en los Valles del Tuy y Barlovento la población esclavizada se levantó en armas a favor del Rey, viendo en la Corona la garantía de su liberación frente a los terranetientes criollos, fenómeno minuciosamente documentado por Elías Pino Iturrieta en La independencia a palos y otros ensayos de historia crítica (2002) que despertó en la élite el temor a una guerra social de razas. El golpe definitivo ocurrió con la pérdida del Castillo San Felipe de Puerto Cabello bajo el mando del joven coronel Simón Bolívar, lo que dejó al ejército patriota sin su principal depósito de armas y municiones. ¿Podía sostenerse una República cuando el pueblo mismo recelaba de sus dirigentes y los soldados carecían de pertrechos para combatir?
Frente a esta catástrofe, Miranda no actuó como un caudillo visceral, sino como un estratega formado en las reglas de la guerra europea y el derecho de gentes. Como explica el historiador Clément Thibaud en Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y Venezuela (2003), la desestructuración del cuerpo militar republicano imposibilitaba cualquier operación bélica sostenible. Miranda comprendió que seguir peleando sin armas ni apoyo popular significaba llevar a la juventud venezolana a un matadero inútil. La Capitulación buscaba salvaguardar la vida y las propiedades de los patriotas, garantizando el derecho a la emigración para reorganizar la causa en el exterior. Según sustenta Tomás Polanco Alcántara en su biografía Miranda: Venezolano Universal (1996), el fallo no estuvo en el documento ni en la intención geopolítica del Generalísimo, sino en la ingenuidad de confiar en la palabra de Monteverde, quien violó el acuerdo e inició de inmediato una feroz persecución con encarcelamientos y confiscaciones.
La trágica noche del 31 de julio de 1812 en La Guaira, cuando Bolívar y otros jóvenes oficiales arrestan a Miranda creyendo que este huía con los fondos públicos, refleja el choque entre la impaciencia apasionada de una generación que nacía a la política y la visión calculadora de un hombre de Estado. Como rescata Carmen Bohórquez en Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina (2006), el ideario mirandino trascendía la coyuntura local para enfocar la preservación de la causa continental. Cuando el Miranda anciano pronuncia entre las sombras de su celda su amarga sentencia sobre el «bochinche», no expresa desprecio por la causa de la libertad, sino el dolor lúcido de comprender que a la América hispana le faltaba madurez institucional para procesar la derrota sin devorarse a sí misma. ¿Fue la entrega de Miranda un trágico error de comprensión generacional, o el inevitable choque entre dos formas incompatibles de entender el mando?
A 214 años de distancia, la Capitulación de San Mateo se convierte en un espejo para la Venezuela actual. La lección de 1812 nos recuerda que los proyectos de país no se sostienen únicamente con discursos o decretos sobre el papel, sino con instituciones sólidas y cohesión social. Cuando las crisis económicas, la polarización extrema y el deterioro institucional quiebran la confianza entre los ciudadanos, las sociedades quedan expuestas al colapso interno. El dilema de Miranda nos invita a reflexionar sobre el valor de la prudencia y la preservación de la vida frente al fanatismo, demostrando que la verdadera grandeza política a veces exige asumir costos personales amargos con tal de evitar la barbarie. San Mateo no fue el fin de la independencia, sino la dura lección histórica de que los Estados reales solo se construyen donde hay unión, técnica militar y responsabilidad cívica.
Referencias Bibliográficas:
Bohórquez, C. (2006). Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina. La Habana: Casa de las Américas.
*Parra Pérez, C. (1944). Historia de la Primera República de Venezuela (Vols. 1-2). Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
*Pino Iturrieta, E. (2002). La independencia a palos y otros ensayos de historia crítica. Caracas: Editorial Alfa.
*Polanco Alcántara, T. (1996). Miranda: Venezolano Universal. Caracas: Ediciones Vitas.
*Thibaud, C. (2003). Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y Venezuela. Bogotá: Instituto Francés de Estudios Andinos / Planeta.

