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Pedro Mosqueda: Gracias

 

Domingo Kultural.

Hay personas que cocinan para ganarse la vida. Otras cocinan para cambiar vidas.

Conozco a uno que pertenece a esa rara estirpe que convierte un plato de comida en un acto de esperanza. Mientras mañana celebra sus 57 años, él no piensa en fiestas ni homenajes: está en La Guaira haciendo lo que mejor sabe hacer, alimentar a quienes más lo necesitan.

En apenas unos días, junto a su equipo y voluntarios venezolanos previamente organizados, ya ha servido más de 500 mil almuerzos calientes, preparados con paciencia, dignidad y respeto por quienes atraviesan la tragedia.

José Andrés es uno de los chefs más prestigiosos del mundo. Formado en el legendario restaurante El Bulli, de Ferran Adrià, muy joven dejó España para perseguir el sueño americano con apenas 50 dólares en el bolsillo. Hoy dirige cerca de 30 restaurantes y genera empleo para unas 3.000 personas.

Su historia comenzó en una familia humilde. Sus padres eran enfermeros y en casa aprendió que la solidaridad y el aprovechamiento de los alimentos eran parte de la vida cotidiana. “Bueno, es lo que hay”, repetía su madre mientras alimentaba a cuatro hijos. Allí nació su amor por la cocina y su vocación de servicio.

Hace días llegó a Venezuela con una impresionante logística y un millón de dólares destinados a compras locales. Su filosofía es sencilla: “Hay que respetar las costumbres y los gustos de las personas donde vamos”.

Lo acompaña su hija Inés, inseparable compañera de misión. Juntos han recorrido zonas de desastre en Turquía, Haití, Ucrania y muchos otros lugares del mundo.

Cuando recibió el reconocimiento de Vanity Fair como Personaje del Año, abandonó la ceremonia antes de terminar. Su destino era Venezuela. “Me están esperando. No hay tiempo que perder”, dijo.

Su organización, World Central Kitchen, ha estado presente donde ocurren terremotos, guerras, huracanes o hambrunas. Durante la pandemia repartió más de 25 millones de comidas calientes. Su labor humanitaria lo ha convertido en una de las figuras más respetadas del planeta. En España lo adoran.

Aún le duele el asesinato de siete voluntarios de su fundación en Gaza. Conmovido, pidió el fin de la violencia contra la población civil y reafirmó que alimentar a quien sufre nunca debería convertirse en un riesgo de muerte.

También hay espacio para la vida personal. Es amante de la salsa; en una discoteca de Washington conoció a su esposa. Disfruta tanto un buen baile como la perfección de una fina lonja de jamón ibérico. Y, aunque parezca increíble, confiesa un pecado secreto: el helado de vainilla de McDonald’s.

Su trayectoria está llena de reconocimientos. La revista Time lo incluyó dos veces entre las 100 personas más influyentes del mundo; fue nominado al Premio Nobel de la Paz y recibió, entre muchas otras distinciones, la National Humanities Medal de manos del presidente Barack Obama, la Medalla al Mérito en las Bellas Artes de España, el Premio Princesa de Asturias de la Concordia y la Medalla Presidencial de la Libertad, la más alta condecoración civil de Estados Unidos.

Nunca ha temido expresar sus principios. Rompió un contrato con Donald Trump tras sus declaraciones contra los inmigrantes mexicanos, defendiendo que la dignidad humana está por encima de cualquier negocio.

Su talento también ha llegado al espacio, colaborando con la NASA en el desarrollo de comidas más atractivas para los astronautas. Ha cocinado para presidentes, artistas, filántropos y jefes de Estado, pero también para quienes lo han perdido todo. Y quizá esa sea su mayor grandeza: servir con la misma dedicación en la Casa Blanca que bajo una carpa improvisada tras un desastre natural.

Organizó una cena disruptiva en el Museo El Prado para el evento Euroatlantico; fue ovacionado por más de 40 jefes de Estados. La Ensaladilla Kiev, un guiño culinario contra la invasión Rusa gustó y el meta mensaje conmovió a todos.

También  impresionó en un refugio en Catia la Mar, allí cocinó para 200 niños un exquisito pabellón con barandas. Fue aplaudido de pie.

Otro que lo aplaude de pie es Elton John, todos los años colabora con la Gala Benéfica de Las Estrellas profondos para la Fundación Elton John Contra el VIH.

Cuando llegó a Venezuela dijo una frase que hoy cobra más sentido que nunca: “Somos muy rápidos para llegar y muy lentos para irnos”. Lo único que lamenta es no  estar cuando juega España.

Por eso, mientras celebra un cumpleaños lejos de casa, Venezuela tiene mucho que agradecerle. Porque alimentar también es abrazar. Porque la solidaridad tiene sabor cuando nace del corazón.

¡Feliz cumpleaños, “¡Joséandrés” !

Gracias por recordarnos que, a veces, el gesto más grande del mundo cabe en un plato de comida. Oye chef hazte una tortica y le colocas unas velitas para que la gente te cante: ” Yo por mi parte deseo/ lleno de luz este día”.

Nos vemos por ahí.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM