¡Qué te puedo decir, Bukele! Ya compré mi pasaje para San Salvador. Quién lo diría, justo ahora que ya no me gusta tanto viajar. Perdona si te tuteo, presidente, pero es que para nosotros, los venezolanos, ya eres parte de la familia.
Lo que hiciste desde el momento en que el polvo de cemento todavía flotaba en el aire tras los terremotos, nos tiene tan felizmente aturdidos como el día en que el presidente Donald Trump nos libró de Maduro. Son muchos años de desidia, de desprecio y abandono, sobre todo de indolencia.
Tu ayuda llegó tan rápido que en otras partes del mundo todavía ni se habían enterado de la tragedia, de los dos terremotos implacables que nos alborotaron la impotencia y el gentilicio en menos de un minuto. Entonces se acabó la división que nos mantuvo enfrentados, distraídos de lo importante por tanto tiempo.
Habíamos comenzado a salvarnos prácticamente solos, unos a otros, con las manos, porque eso en realidad es lo que somos. Una gente determinada, noble y que resuelve con lo que tenga. Como esos barberos de un barrio que afeitaron a tus rescatistas en un gesto noble y sincero, de agradecimiento y de corazón. Porque es lo que tenían para dar. Entonces llegaste tú, enviado por la luz de Dios, sin duda. Y por contraste, volvimos a dimensionar la magnitud de la oscuridad que nos arropa hace tanto tiempo.
¡Qué momento, Bukele! Jamás tendremos cómo pagarte. Y no hablo de los siete aviones repletos de ayuda, sobre todo de gente noble y preparadísima; ni del hospital de campaña ultra equipado en La Guaira, ni de la determinación de todo tu equipo por salvarnos. Hablo de cómo retribuirles que nos hayan convertido en una prioridad. A ti, a los Estados Unidos, al Reino Unido, que también han aportado hospitales y atención médica. Porque antes de esta tragedia, ya habíamos perdido a cientos de nuestros maravillosos médicos, que ahora sirven en otros países donde les pueden pagar lo que merecen. Y duele decirlo, pero ya casi estábamos acostumbrados a no importarle a nadie.
Gracias a ti hemos recordado que un verdadero presidente sí puede ser humano, que sí le mueve un deseo enorme de servir a la gente, de hacerle la vida más grata, más amable, incluso fuera de su territorio. Eso se llama compasión, amor al prójimo. Nosotros hace tiempo que no sabíamos lo que es eso. Llevamos más de 20 años rotos, cansados, con la vida partida en mil pedazos, haciendo todo lo que podemos para salir adelante aun en esta tragedia, porque tenemos la certeza de que lo lograremos. Con ayuda, pero lo vamos a lograr.
Quiero ir a El Salvador. Quiero ver esa biblioteca de siete pisos con acceso gratuito, abierta las 24 horas del día. Nada más y nada menos que una catedral del conocimiento no virtual que impulsaste en este mundo tan efímero de las redes sociales. ¡Apenas lo puedo creer! Y me da mucha risa que te llamen dictador. Un dictador no siembra libros, los quema, como sucedió en Berlín con aquella purga cultural precursora del holocausto. Como anticipó Heinrich Heine, uno de los autores censurados: “Eso fue solo un preludio; donde se queman libros se terminará quemando seres humanos”. Y sucedió.
A nosotros también nos incendiaron parte de la memoria cultural. No sé si estás al tanto, pero más de 120 mil libros de la biblioteca central de la Universidad de Oriente fueron destruidos en 2020. Libros de todo tipo, sobre todo de medicina. Un incendio intencional acabó con más de cuatro décadas de conocimiento científico y académico. Libros reducidos a cenizas, a propósito, con premeditación y alevosía. Lo confirmó el mismísimo cuerpo de bomberos.
Entonces me importa muy poco que te llamen caudillo milenial, que critiquen la reelección indefinda en tu país, porque no es lo mismo que se reelija a un inepto que a un gerente eficiente; al final, son los votantes quienes deciden. Yo aplaudo tus ganas de seguir dando, de seguir preocupado por la gente. Porque hoy, los venezolanos también somos el efecto de tu causa, que a eso se reduce todo en esta vida. Causa y efecto.
Me han conmovido mucho las frases de cierre que compartiste en cada post informando de las labores de rescate: “Con la ayuda de Dios lo lograremos… no perdamos la esperanza, Dios los bendiga”. Hasta te ocupaste de mandar a reparar el techo de la casita de un hombre de 71 años que te pidió ayuda por las redes. Y de reservar un espacio del hospital de campaña para las mascotas rescatadas. ¡Qué momento, Bukele!
Es que no sé cómo explicarte, cómo decirte que nos has recordado lo que es un presidente de verdad, alguien que ejerce el poder y lo pone al servicio de quien se lo dio con su voto; firme para tomar las medidas necesarias, por impopulares que parezcan al comienzo. Hace mucho tiempo que en Venezuela no tenemos uno así.
Por eso quiero visitar El Salvador, que ahora es uno de los países más seguros del mundo, con un turismo descollante y una seguridad pública inimaginable, cuando las maras lo controlaban casi todo a punta de violencia. Y juro que voy a atravesar la plaza Gerardo Barrios y voy a tocar la puerta del Palacio Nacional de Gobierno, así mismo, como cualquier hija de vecina, y voy a preguntar por ti, porque quiero darte las gracias de nuevo.
Dios te bendiga, Bukele. Y te proteja, porque, aunque los malos hacen mucho ruido, tú y yo sabemos que los buenos somos más.
Siempre luz.
@lalavaud

