pancarta sol

Jorge Majfud: 1960 – El sueño de controlar la mente (Ajena)

 

Nueva York, NY. 19 de setiembre de 1960—Fidel Castro arriba por segunda vez a Estados Unidos como Primer Ministro de Cuba para participar de la asamblea de las Naciones Unidas. Como la vez anterior, se espera que el líder cubano, aficionado a las cámaras y a hablar por horas, acepte otra entrevista para la CBS. Dentro del marco del Proyecto Cuba, aprobado por el presidente Eisenhower, Sidney Gottlieb tiene una idea genial que podría acabar con el comunismo en el hemisferio: para la entrevista de televisión, propone contaminar los zapatos del revolucionario cubano con thallium, para que se le caiga la barba, mientras se inunda el estudio con LSD para que diga incoherencias.[1]

Como ocurre siempre con Cuba y con Castro, nada sale como está previsto. Gottlieb insiste con habanos envenenados. Tampoco le funciona. Tendrá más éxito envenenando la pasta de dientes del líder congoleño Patrice Lumumba quien también, como Fidel Castro, había viajado a Estados Unidos para renovar relaciones con su gobierno independentista. Gottlieb nunca será reconocido por este logro, ya que Lumumba será derrocado por un golpe militar auspiciado por Bélgica y la CIA y ejecutado poco después de que los patriotas congoleños lo obliguen a comerse su propio discurso escrito en un papel.

Aunque los resultados no están de su lado, Sidney Gottlieb no es un charlatán improvisado. Antes de dedicarse a los elementos químicos que circulan por el cerebro, el joven genio había hecho una maestría en terapia del lenguaje. Entre sus colegas, es conocido como el Brujo Negro. El 16 de abril de 1951, cuando todavía era un brillante químico de 33 años, la CIA le había encargado la dirección del programa dedicado a experimentos con humanos en las prisiones de Estados Unidos y de algunos países satélites, con el objetivo de encontrar una droga que obligase a los enemigos de la libertad a decir la verdad.

El sueño de controlar la mente ajena había alcanzado su punto culminante décadas atrás con el desarrollo de la propaganda mediática de Edward Bernays, maestro involuntario del célebre ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels. El éxito de este recurso alcanzará el grado de ciencia social y perdurará como el principal instrumento de la política y los negocios, siempre en nombre de la verdad, de las verdades basadas en la fe, nunca en la razón.

Pero la necesidad de dominar la mente ajena, sobre todo la psicología de las masas, siempre tuvo otros recursos, desde el religioso hasta el político. En el caso de Estados Unidos se resumió en derechos arbitrarios convertidos en dogmas, como la Doctrina Monroe (1823), o en mitos como el Destino Manifiesto (1845), el de la superioridad de la raza anglosajona (1880), la incapacidad de los indios y los negros para la civilización y el progreso (1900) y, finalmente, la superioridad cultural del pragmatismo anglosajón para el orden, el éxito económico, la libertad y la democracia (1980). El dominio político sobre América Latina siempre ha sido crucial y parte de este proyecto de dominio psicológico, porque extiende la fuerza intimidatoria de la nueva superpotencia sobre otras regiones del mundo. Cuando en 1926 el doctor graduado en Columbia University Juan Sacasa se rebeló en Nicaragua contra el gobierno de Adolfo Díaz, Estados Unidos redobló su apoyo a Díaz. Una de las razones fue que Sacasa contaba con la aprobación del gobierno de México, y Washington no podía permitir que otro país en la región pudiese demostrar algún signo de fortaleza o de influencia más allá de sus fronteras. En enero de 1927 su enviado y futuro gobernador de Filipinas, Henry Stimson, reportó que, de permitirse que Díaz fuese derrocado por Sacasa, “el resto de América latina podría considerarlo como una muestra de nuestra debilidad frente a México”. Décadas después y por las mismas razones, la Cuba revolucionaria se convierte en un caso aún más difícil de tolerar. La psicología de Washington y, probablemente, de la población estadounidense, nunca pudo liberarse del terror de que toda su realidad sea un castillo de naipes o una monumental construcción de dominó, siempre lista para derrumbarse con la caída de la pieza más pequeña, como Grenada en 1983. No importa cuán abrumador sea su real poderío militar y económico.

Ahora, y a pesar del probado éxito de Edward Bernays en Estados Unidos y en América Central para controlar la opinión pública, la CIA sueña con algo más rápido y más efectivo, lo que en los pasillos de sus oficinas se conoce como la “droga de la verdad”. Nada mejor que la verdad ajena para consolidar la mentira propia.

Para evitar que a alguna pieza del dominó se le ocurra moverse por sí sola o por alguna influencia exterior, en 1953 el director de la CIA, Allen Dulles, hermano del secretario de Estado John Foster Dulles, había nombrado a Sidney Gottlieb jefe del proyecto Mk-Ultra. Con el tiempo, Gottlieb se había dado cuenta que es más fácil lavar un cerebro que inducirlo a pensar, por lo que se concentró en explorar técnicas de intoxicación. Como lo había hecho la NASA en la operación Paperclip, por la cual contrató más de mil ingenieros nazis para desarrollar sus proyectos, la CIA continúa contratando a los mejores torturadores de los campos de concentración nazis y japoneses para aprender sobre lo que, aparentemente, ellos ya habían descubierto. Se sabía, por ejemplo, que los médicos nazis habían realizado varios experimentos con mescaline y con sarín en el campo de concentración de Dachau. Para facilitar las cosas, los especialistas nazis habían viajado con visas express a Fort Detrick, Maryland, para dar instrucciones a la Agencia de cómo se hacen las cosas.

Los experimentos del proyecto Mk-Ultra son todos ilegales, pero este es un detalle menor en el país de las leyes. Como los experimentos científicos de la década anterior, realizados con negros estadounidenses y con guatemaltecos pobres inoculados con sífilis, este también estará lleno de fracasos, pese a la total libertad de acción de sus expertos.[2] Las técnicas administradas a los sujetos inferiores, por su raza o por su nacionalidad, van desde shocks eléctricos hasta altas dosis de LSD, pasando por diferentes formas de tortura y de abuso sexual.

Perseverante, Gottlieb se las arreglará para comprar todo el LSD disponible en el mundo por 240.000 dólares y se lo llevará a Estados Unidos para distribuirlo en hospitales y prisiones, con la condición de que se investiguen sus efectos en el control de la mente humana. El poeta Allen Ginsberg conseguirá su primera dosis de LSD gracias a Sidney Gottlieb. De esa forma, la droga que la CIA introducirá al país para controlar la mente humana terminará siendo uno de los estímulos de la rebelión hippie contra la guerra en Vietnam. Sexo, drogas y rock ‘n’ Roll. Como remedio, la administración Nixon inventará la “Guerra contra las drogas” que, según reconocerá en 1994 uno de sus asesores, John Ehrlichman, tenía como objetivo criminalizar a los negros y a los jóvenes pacifistas, ya que no se podía meter a la cárcel a nadie por negro y mucho menos por pacifista. Esta estrategia, para nada científica, finalmente producirá algún resultado concreto y duradero.[3]

La carrera de Gottlieb terminará en 1972, cuando el director de la CIA Richard Helms sea removido por Richard Nixon. Nixon, Gottlieb y Helms acordarán destruir todos los archivos que fueran posible destruir acerca del proyecto Mk-Ultra. Lamentablemente, como siempre y nadie sabe cómo, se salvarán algunos miles de documentos, los cuales se desclasificarán entre 1975 y 1977. El último documento, desclasificado en 2018, registra experimentos para controlar la mente de perros, lo cual provocó una gran indignación. Es por esos documentos remanentes que todavía algunos traidores a la patria y a la civilización, radicales que insisten con eso de la verdad ajena, ejercen el libre y democrático derecho de leerlos, como no podrían en otros países.

Sidney Gottlieb, como Edward Bernays, era hijo de inmigrantes judíos de la Europa del Este. Había nacido en el Bronx y era reconocido como buen pare y esposo, aficionado a la naturaleza y a la meditación. Pasará algunos meses ayudando a leprosos en India y luego, desde su retiro en 1972 hasta su muerte en 1999, vivirá en una granja de Virginia (como el super condecorado carnicero de Haití, Herman Hanneken) dedicado a la cría de cabras, a la comida natural y a la vida tranquila del campo.

Como será el caso de las proezas espaciales de la NASA, el futuro terminará en 1980. El proyecto para desarrollar la futurista Droga de la verdad será abandonado en 1972 y la CIA, el Pentágono, la Agencia de Seguridad Nacional y todos los poderosos y ultra tecnológicos departamentos secretos en Washington volverán a los viejos inventos de la Inquisición europea de siglos anteriores para hacerse con la verdad o con la alucinación de sus víctimas: la tortura. En el siglo XXI, Guantánamo, la bahía alquilada por la fuerza a La Habana y donde no se aplican las leyes civilizadas del país de las leyes, será el centro de las nuevas mazmorras donde se violarán todos los Derechos Humanos en Cuba en nombre de los Derechos Humanos. Algunas técnicas psicológicas serán toda la novedad posible y los psicólogos de la fuerza aérea John Jessen y James Mitchell cobrarán 81 millones de dólares por asesorar sobre “técnicas mejoradas de interrogación”, es decir, variaciones de las técnicas que practicaba la Iglesia durante el Renacimiento en la civilizada Europa. Gracias a estas efectivas innovaciones del pasado, Washington torturará por años en Guantánamo a cientos de sospechosos de terrorismo que luego serán declarados inocentes y sin derecho a indemnización.

Las masas continuarán siendo un problema más complicado. Sobre todo con el surgimiento de las protestas masivas. Para solucionar el inconveniente de gente disconforme, a partir de 2003 la Sierra Nevada Corporation, en colaboración con la Marina de Estados Unidos, comenzará a desarrollar el proyecto MEDUSA (Mob Excess Deterrent Using Silent Audio), una nueva arma militar para controlar protestas masivas y reducir a individuos molestos. La nueva técnica (que interesará a los soviéticos en su tiempo) usará un rifle de microondas, el cual producirá un exceso de calor dentro del cerebro de las víctimas y la inmediata percepción de un sonido inexistente capaz de dejar daños internos, como si la víctima hubiese recibido un golpe en el cráneo pero sin evidencia de ninguna contusión. La novedad, que entusiasmará hasta a los empresarios de la industria de la música, será definida por el Pentágono como “arma no letal”, la cual, además, tendrá la virtud de no ser registrada por las cámaras de video y no dejar marcas visibles en el cuerpo. Curiosamente, luego de años y de decena de millones de dólares invertidos en el desarrollo de la nueva arma, no se reportarán víctimas. Con unas pocas excepciones. Todas de este lado. En 2014, la NSA acusará a Moscú de usar rifles de microondas contra sus agentes secretos. En 2017, los diplomáticos estadounidenses en La Habana acusarán al gobierno de Cuba de lo mismo, por lo cual la maldad será conocida mundialmente como el “Síndrome de La Habana”. En 2021, el agente de la CIA Marc Polymeropoulos denunciará a la Agencia por no cubrirle los gastos médicos para el tratamiento de insomnio, ansiedad crónica y persistente dolor de cabeza, luego de haber sido víctima de un ataque de microondas en Rusia. Según Polymeropoulos, la CIA le había causado un “needless suffering (sufrimiento innecesario)” al romperle el corazón con su inexplicable abandono.

De la legalidad o de la legitimidad de este tipo de maravillas de la química y de la electricidad no se habrá grandes discusiones. Apenas algunos críticos, como la profesora de Georgetown University Margaret Winter, quien cuestionará estas técnicas de acoso como una violación a la Octava enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Naturalmente, los críticos serán acusados de radicales o de antipatriotas.

Por todo lo demás, nadie nunca deberá enfrentar un tribunal de justicia en ningún país de este mundo.

(Capítulo de La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, 2021)

Notas:

[1] El jefe de operaciones de la CIA en México durante los años 50, Howard Hunt, describirá en sus memorias publicadas en 2007 cómo su servicio de inteligencia usaba bombas de mal olor y polvo de picazón para abreviar las reuniones del pintor Diego Rivera.

[2] Un proyecto anterior fue Proyecto Antichoque, por el cual la CIA se propuso, usando drogas, tortura o hipnosis, controlar la mente de los sectores débiles de la población y “lograr que una persona asesine a un líder político o, de ser necesario, un oficial estadounidense”, según un informe de la CIA del 22 de enero de 1954.

[3] En el Chile de los años 70, el dictador de Washington, Augusto Pinochet, echará mano al mismo recurso. Sólo que en lugar de cocaína se usará la pasta base como herramienta de manipulación, corrupción y criminalización de los indeseables.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
Tradución »