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Jesús Puerta: El poder joder

 

El poder es una de las realidades más contundentes con que se enfrenta la experiencia humana. Parece estar en un lugar, o ser propio de unos tipos (o tipas); pero también es terroríficamente omnipresente, como se representa a Dios en las religiones abrahámicas. Lógicamente, hay diversas formas de concebirlo. Sn querer ser exhaustivo, podríamos agrupar esos conceptos de poder en tres grupos: los que lo entienden como una relación asimétrica entre sujetos, como un recurso o instrumento que se posee y se acumula, o como una capacidad de acción y transformación, cuya eficacia consiste en hacer que el otro haga lo que uno quiere.

A lo largo de la historia, las grandes corrientes ideológicas han intentado domesticar o instrumentalizar esta fuerza. En el pensamiento clásico de izquierda, no solo la tradición marxista, sino incluso en la republicana o liberal, el poder se piensa como una cualidad del Estado y, fundamentalmente, como un medio para realizar un fin: la palanca necesaria para transformar las condiciones materiales y cumplir la promesa de una sociedad mejor. Incluso paradójico, como en el caso del marxismo clásico, que promueve la toma del poder del Estado para lograr una sociedad sin clases y sin Estado. En ese horizonte, el poder estatal está destinado a su propia extinción; al alcanzarse el autogobierno de los productores asociados, el Estado, como ente separado y concentrador de la violencia legítima (Weber), terminaría por disolverse.

El pensamiento desarrollista también coincide en el carácter instrumental del poder, así como el neoliberalismo que busca reducir al máximo el poder del Estado, en función al pleno reino del mercado. Para los desarrollistas, tanto cepalistas como los otros, el Estado como lugar del Poder, sirve para garantizar la protección de la economía nacional frente al mercado mundial. Para los neoliberales, a pesar de su retórica de libre mercado, el Estado sigue siendo el garante último de las funciones mínimas de orden y el salvavidas imprescindible en momentos de colapso, tal como se evidenció en la crisis financiera de 2008, donde el poder público acudió al rescate de las bancas privadas.

Sin embargo, cuando el poder se despoja de horizontes, de regulaciones económicas o de proyectos de orden social, nos topamos con algo que podemos pensar contra la evidencia, como una anomalía: el poder impotente. ¿Qué es un poder impotente sino un poder absolutamente huérfano de proyecto; es decir, un poder que no puede?

Para los verdaderos dueños del capital y de las dinámicas globales, un poder de este tipo es un simple instrumento maleable. Pero para quienes lo ejecutan, es decir, el burócrata, igual el alto que el de los niveles más bajos, en la oficina, el policía en la calle o el militar, el poder impotente se transforma en algo más primario: la autoafirmación de su capacidad de dañar. Lo que llamamos, parodiando a Foucault, el “poder-joder”.

Esta categoría se distancia de las sutiles relaciones microfísicas de poder analizadas por Michel Foucault, donde el poder circula, produce saberes y moldea cuerpos de forma omnipresente. El “poder-joder” es mucho más rudimentario y brutal; es la expresión de un sadismo y un narcisismo primordiales. No busca construir una hegemonía ni disciplinar para la productividad; su único fin es el goce entre narcisista y sádico de someter al otro.

El filósofo Enrique Dussel, recogiendo las ideas de Rousseau y Schopenhauer, sostiene que la fuente originaria del poder es la Potencia de la voluntad popular. No obstante, esta Potencia corre el riesgo crónico de fetichizarse en la figura de las instituciones y los funcionarios. Cuando esto ocurre, la comunidad enajena su propia fuerza; la Potencia queda reprimida, desnaturalizada y suprimida por aquellos que debían representarla. El funcionario olvida que su poder es delegado (poder obediencial) y lo asume como propio. Cuando el poder se fetichiza y pierde su proyecto, la Potencia del pueblo se extingue, dejando en su lugar la cáscara vacía de la dominación pura.

El caso de Venezuela es una ilustración, entre muchas otras, de esa deriva. Lo que en su origen se autoproclamó como un proyecto de transformación e inclusión popular, terminó degenerando en un poder impotente. Fue un proceso de 27 años, complejo, con hitos y fases. Hoy, el chavismo se sostiene como una estructura sin proyecto de país, un aparato cuya única utilidad es servir a los intereses de los verdaderamente poderosos, o sea Trump o el imperialismo, mientras destruye el tejido social.

En este escenario, el “poder-joder” se ha convertido en la política de Estado por excelencia. El aniquilamiento de la Potencia de la voluntad popular se ejecuta en función de un narcisismo-sadismo institucionalizado, donde el burócrata o el agente represor reafirman su existencia maltratando o torturando. Es el placer patológico de sentirse poderoso a través del sufrimiento ajeno.

Lo más impresionante de esta dinámica es cómo esa patología se extiende hacia las bases mediante la abyección del militante que hoy es el “pequeño burócrata”, el que resguarda el cargo o el sueldo, el que sabe que con otro gobierno no tendría ningún puesto. Resguardado en una burbuja de consignas gastadas y propaganda vacía, el simpatizante radical desarrolla una empatía ciega con la Tenebrosa Trinidad. Incapaz de asumir la realidad de la debacle, proyecta su frustración y su odio en cualquier “Otro” (el disidente, el vecino, el crítico), convirtiéndose en cómplice y multiplicador de un poder que, en su absoluta impotencia histórica, ya solo sirve para destruir.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM