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Jesús Alberto Castillo: El (des)valor del elogio

 

Si hay algo que debemos tener presente es que las palabras tienen valor dependiendo de quien las pronuncie. Ellas están intrínsecamente ligadas a la integridad moral de su autor. Esta precisión es clave en el mundo de hoy donde el gran flujo de información por las redes sociales invade nuestra vida cotidiana.

De allí la lapidaria frase “lo importante no es el mensaje sino el mensajero”. Se trata, parafraseando a Shakespeare, de no condenar a este último, aunque el contenido de su mensaje no sea de nuestro agrado”. La razón es clara: el ser humano es la palabra hablada. Ella devela su verdadera esencia.

Si queremos hurgar más sobre la personalidad del hombre basta con descifrar su lenguaje y descubrir la intencionalidad que encierra. Razón tuvo Miguel de Cervantes al señalar: “La alabanza tanto es buena cuando es bueno el que la dice y tanto es mala cuando es malo y vicioso el que alaba”.

El autor de “Don Quijote” conocía profundamente la naturaleza humana. Había aprendido a rodearse de todas las clases de personas en la España de su tiempo. Sabía que las alabanzas podían ser a la vez un reconocimiento sincero o un mecanismo de bajeza o manipulación personal.

El célebre “manco de Lepanto” creía que un elogio posee gran mérito cuando proviene de alguien honesto, virtuoso y con criterio. Por el contrario, quien halaga movido por el interés o la hipocresía, sus palabras carecen de credibilidad y resultan perniciosas. He allí la diferencia entre el buen o mal mensajero.

En resumen, las palabras tienen poder, al igual que la intención que ellas encierran. Un mismo halago puede expresar admiración sincera o ser un ardid para ganar prebendas o influir en las decisiones ajenas. En este aspecto, la persona se esmera en adular o lisonjear, conducta muy recurrente en el escabroso mundo de la política.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM