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Humberto García Larralde: Los terremotos y el reseteo obligado del Protectorado

 

Al escribir estas líneas, ya pasó el período de 72 o 96 horas, posteriores a los dos terribles terremotos que asolaron el norte de Venezuela, en el que todavía existía la probabilidad de encontrar gente con vida bajo los escombros, a pesar de no tener agua ni alimentos. Una ventana crucial para desplegar

todos los esfuerzos de búsqueda, equipos, perros, maquinarias, rescatistas curtidos en remover escombros y atender a las víctimas. Cruelmente, según demasiados testimonios, no se observó la presencia de efectivos militares u otras formas de asistencia del Estado si no hasta después de las primeras 48 horas, cuando llegaron las brigadas internacionales. Contrasta con la entrega de valiosos contingentes de voluntarios, trabajando con las manos, quienes respondieron de inmediato. El atraso del interinato de Delcy Rodríguez en movilizar cuerpos de asistencia, con excavadoras, hospitales de campàña y demás recursos de emergencia para socorrer a posibles sobrevivientes en los puntos críticos, es imperdonable. Y ahora la opacidad “revolucionaria” y los amagos por controlar todo de parte de las fuerzas de seguridad dificultan labores de coordinación entre entes públicos con el voluntariado civil. Circulan denuncias, incluso, de que se ha obstaculizando la labor de rescatistas provenientes de otros países. La coordinación, la comunicación y la orientación a la población es vital en estas circunstancias. Angustiada, se mantiene en vilo. Se pone de manifiesto, de manera cruel, el colapso del Estado, su incompetencia, ineficiencia o abierta desidia para atender a la población en situaciones de tan grave crisis como la actual. Falla en el momento más crítico.

El tutelaje estadounidense sobre Venezuela, luego de la captura del dictador Maduro el 3 de enero, buscó justificarse con un plan de tres etapas, estabilización, recuperación y transición democrática. Sabiendo que podían obligar a Delcy Rodríguez a cumplir sus mandatos, Trump y Rubio impusieron un protectorado en el que se le delegó (con su entorno) la conducción del país, como si sólo hubiera que cambiar la programación a una maquinaria estatal en funcionamiento. Pues, si aún quedaban dudas, la tragedia de la semana pasada terminó de demostrar, muy cruelmente, que ese Estado, funcional y operativo, no existe. Una pequeña digresión sirve para entender mejor la dimensión del problema.

Muchos nos preguntábamos, al asumir Maduro el poder, cómo el chavismo lo mantenía al frente del Estado, siendo tan falto de preparación, mediocre e incompetente. Luego de su desastroso primer período (2013-18) –reducción de la economía a la cuarta parte, destrucción de PdVSA, desmontaje de la institucionalidad republicana, hiperinflación, represión y más represión–, sorprendió que lo volvieran a lanzar para un segundo mandato. Por más crítico que se podía ser con el chavismo de entonces, ¿no tenían líderes pensantes, menos envenenados, más capaces de entender las necesidades del país? ¿Por qué repetir con el peor? Sólo pudo “ganar” trampeando abiertamente las elecciones de 2018. Pocos países reconocieron a Maduro como presidente y durante este segundo período, también funesto, fue literalmente ”ostracizado” por la comunidad democrática. Lo más insólito es que, ante su rechazo en todas las encuestas y su notorio repudio afuera, ¡el chavismo volvió a candidatearlo para las elecciones de 2024! Un suicidio. Y como sus trampas fueron contrarrestadas el 28 de julio por los preparativos y el estupendo trabajo del equipo de MCM, Maduro se robó abierta y groseramente el resultado, con auxilio del delincuente, Elvis Amoroso. ¡¡Y, nuevamente, tal barbaridad fue apoyado por lo que quedaba del chavismo, incluyendo a Delcy, quien aceptó, oronda, el cargo de “vicepresidente” para lo que sería su tercer período. Cómplice en la usurpación del poder.

El misterio de este reiterado desatino chavista, que desafía (aparentemente) la lógica, se desvela con un poquito de malicia. Chávez no creía que nadie estaba en capacidad de sucederle, por la sencilla razón de que él se consideraba, único, insustituible. Cuando se dio cuenta de que su cáncer no le permitiría continuar, convino con el castrismo –al cual estaba totalmente entregado– en nombrar a Nicolás Maduro. A quien correspondía era Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional entonces. Pero ni los cubanos ni él confiaban en ese personaje. En Nicolás sí, porque se había formado como agente cubano en la Escuela “Ñico López” en la Habana, becado por la Liga Socialista.

Para blindar la continuidad de la “revolución bolivariana” luego de desaparer Chávez, Cuba terminó de montar un aparato de seguridad de Estado terrible inspirado en las prácticas que habían perfeccionado a través de los años con base en la experiencia que les legó la KGB rusa y la Stasi de Alemania Oriental, heredera, a su vez, de la Gestapo Nazi. Independientemente de los avatares políticos que podían comprometer la gestión de alguien tan escaso como Maduro, lo sostendrìa, cual columna vertebral, esta formidable máquina de terror. Y, efectivamente, los fracasos de Maduro lo llevaron a hacer uso creciente de ella. Para ello tuvo que corromper a los mandos militares, poniéndolos al frente de cuanto negocio que ofrecía el manejo del Estado, incluyendo PdVSA. A su vez, para evitar toda rendición de cuentas y anular para siempre los “checks and balances” de la democracia republicana, montó una institucionalidad paralela –un tsj abyecto y una Asamblea Constituyente fraudulenta– que usurpó la representación popular electa en la Asamblea Nacional de 2015, de mayoría opositora. Y contra tal blindaje fascista se estrellaron las movilizaciones pidiendo respetar los fueros de la AN, para convocar a un referendo revocatorio del mandato de Maduro y restituir los derechos ciudadanos. Hubo numerosos muertos, heridos y perseguidos. El Estado, convertido en instrumento para conculcar garantías y reprimir a los venezolanos, mostró su eficiencia. Pero lo demás, lo dejaron atrofiar. Quien comandaba esta horrible metamorfosis, siempre bajo supervisión cubana, era Nicolás Maduro.

Engendró una simbiosis enfermiza entre mafias que saqueaban impunemente el país y el manto protector de la represión. Un círculo vicioso que se retroalimentaba perversamente. En la medida en que los atropellos de Maduro provocaban más indignación y protestas, más se acudía al aparato de terror que había montado. Y mientras más reprimía y asesinaba, más crecía el malestar, obligando a una nueva ola de represión. La expoliación chavista sólo prosperaba en el marco de este juego cruel. Continuar enriqueciéndose, a cuenta de ser “revolucionarios” y, por ende, dueños del país, obligó a sostener al nefasto Maduro. Aunque careciera de legitimidad y apoyo, a través de él podían contar con el sostén de la represión. Y la autocracia cubana podía seguir parasitando a Venezuela. Los 33 cubanos muertos durante la incursión gringa del 3 de enero eran los que estaban de turno en ese momento para proteger al dictador Maduro, pero de un contingente total de más de 100.

El aparato estatal se subordinó a las tareas de control y represión. El resto de la administración pública se fue atrofiando bajo el peso de la desidia, la falta de recursos y las corruptelas. Es ese el Estado sobre el cual Marco Rubio piensa descargar el cometido de su protectorado. Uno que ha mostrado, tan caramente, no estar a la altura de sus responsabilidades elementales en momentos de tan terrible urgencia. Se erigió para otra cosa. La permanencia de González López en MinDefensa revela los intereses creados en conservar ese Estado fascista. Lo que queda de esta maquinaria estatal en absoluto sirve para sostener la ambiciosa secuencia de estabilización, recuperación y transición. Su incompetencia y desidia son fuente de la mayor indignación y, por ende, de inestabilidad político-social.

Venezuela enfrenta el formidable desafío de reconstruirse después de tan devastadora tragedia. Ello pasó a ser el primer eslabón. Pero hace falta disponer de un Estado, con recursos adecuados, vocación de servir a la nación, garante de los derechos ciudadanos, que rinda cuentas y corrija sus errores. Y eso no se decreta. Resulta de un proceso político de altura, capaz de abrir la puerta a la pujanza y entrega de un pueblo ávido en recuperar sus libertades y emprender, con la reconstrucción de sus instituciones, un camino de creciente prosperidad. Implica elecciones creíbles que restituyan la confianza en el país y nos permitan acceder al financiamiento internacional requerido, ahora más que nunca, que sólo es posible de lograr con una exitosa reconstrucción de la deuda pública externa..

Señores Trump y Rubio: “reseteen” la visión que tienen de Venezuela. Están sosteniendo, contra todo deseo, una situación nefasta. Saben que su factoría petrolera no atraerá las grandes inversiones requeridas sin instituciones sólidas, tampoco habrá estabilidad para sus negocios, ni mucho menos sosiego y prosperidad para los venezolanos. A estas alturas, su obstinación con Delcy hace que uno se pregunte acerca de la sinceridad de sus votos por la democracia en Venezuela. Claro, se les agradece enormemente haber sacado al monstruo de Maduro. No obstante, que Trump declare que los terremotos fueron terribles, pero que la gente está “contenta de nuevo, bailando en las calles”, es el peor insulto en estos momentos, reflejo de su total desconsideración por la suerte de los venezolanos. Es la manera más segura de enterrar cualquier empatía o ascendencia de su figura en el país y mantenernos como aliados. Veamos si le sirve para las elecciones Midterm en el suyo. Espero que no.

Y a María Corina y su equipo, así como todos aquellos dirigentes que coinciden con su determinación por conquistar la libertad y la democracia, cabe señalarles, con el merecido respeto, que ya es tiempo de fijar posición frente a estos dislates de Trump. Porque su liderazgo, en este vacío tan desolador, es decisivo y sólo puede significar una alternativa liberadora frente al poder  que ese señor determinó, efectivamente, para Venezuela, el constituido por Delcy y Jorge Rodríguez, Cabello y sus secuaces. Nos esperan años difíciles y comprometedores para reconstruir el país. Tomará años, muchos recursos y una gran dedicación. Pero sin Estado, o con el Estado fascista que dejó Maduro, será imposible.

Economista, profesor (J), Universidad Central de Venezuela – humgarl@gmail.com

 

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