El viejo “Catino” Rojas, era dueño de unas de las bodegas del barrio. La otra era de Roberto Lara. Esteban, el hijo mayor del primero, le ayudaba a manejar el negocio, empezando por atender la relativamente abundante clientela. Mientras su hijo menor, Francisco o “Catinito”, de la edad nuestra, sólo entraba a ella, de vez en cuando, a tomar de la caja, a escondidas, una buena cantidad de dinero, como para gastar en lo que se le antojase que, no era mucho, dada nuestra cultura y costumbre. No obstante, eso incluía brindarle helados y hasta la entrada al cine a dos o tres de sus compañeros entre los cuales me incluía.
El viejo “Catino” y Esteban o “Estebita”, atraían más clientela, quizás porque parecían más habilidosos, como aquello de dar a sus compradores o clientes la “ñapa”, mediante diferentes formas. Una de estas era otorgar algo, de inmediato, al cliente, a cambio de lo comprado, expresado en bolívares. Aquello se volvía, al mismo tiempo, en un mensaje atractivo para los muchachos, usualmente los compradores o mandaderos, pues estábamos pendientes de servirle a nuestras madres y hasta a cualquier señora del barrio que necesitase algo de la bodega con diligencia.
Cuando en la calle, frente a nuestras casas jugábamos béisbol con limón, pelota de goma o de trapo amarrado con hilo, estando en segunda, esperar por anotar tan pronto que quien estuviese al bate cumpliese su rutina y fin, al asomarse a la puerta a nuestra madre y dijese:
“Eligio, ven para que vayas a comprar esto o aquello a la bodega”, uno montado sobre la segunda, pedía “tiempo” o “time”, para ir sin chistar y hasta alegre a la bodega del señor “Catino”, a comprar, pero más que eso por la ñapa.
Los compañeros de juego, quienes esperaban por lo mismo, admitían sin duda, como una regla, aquella solicitud y esperaban que uno fuese y regresase para continuar hasta el final.
El señor “Catino”, por lo menos así lo pienso yo, dada mi experiencia, creó aquello de poner en el tramo de la parte superior del largo estante de la bodega, una muy larga fila de frascos de buen tamaño, a los cuales les ponía el nombre de sus compradores o clientes, en los cuales colocaba por cada compra y según su cantidad, algo que eso representaba, como uno o dos granos de maíz o caraotas. Exhibir aquello era una nueva forma de “atraparnos”. Llegado a un límite, generalmente medido en el tiempo, otorgaba a quien tuviese el nombre de cada frasco, una ñapa de considerable cantidad y valor, según lo depositado en el frasco respectivo. Era, aquel un momento, como cuando uno gana la lotería.
Aquel pequeño, pero habilidoso comerciante que, permitía a Francisco “Catinito”, nuestro amigo, invitarnos todos los domingos al cine y comer helados en el Bar Sport, de Francisco Pérez, padre de nuestro compañero de estudios Frank, usaba habitualmente, cuando alguien intentaba engañarlo con una moneda falsa o una cuenta mal sacada, la expresión “ni un ciego”, a manera de mostrar su rechazo o inconformidad. Tanto que, los cumaneses de mi tiempo, empezando en nuestro barrio, “Río Viejo”, asumimos aquella expresión como nuestra, pero diciendo “Ni un ciego, Catino”. Es decir, a ella, la original, le agregamos el nombre del creador de la frase para circunstancias como aquella, cuando alguien quería engañarnos, como optar por un “safe”, en alguna base, cuando realmente era un “out”.
La ciudad toda, asumió como suya aquella expresión en sus propias circunstancias, nacida en mi barrio y autoría del viejo bodeguero “Catino” Rojas.
En aquellos tiempos, un muchacho llamado Foción Serrano, hijo de Pastor Serrano, tío de mi madre, mientras batía una de las pailas donde se elaboraba el jabón azul, pequeña empresa familiar, hacía al mismo tiempo las veces de narrar un juego de pelota. Y por ello, cuando yo entraba a aquel espacio, donde solía ir a visitar a “mi tío” o tío de madre, para pedirle la bendición, escuchaba la bella, armoniosa voz y excelente pronunciación de mi primo Foción, diciendo, “el pitcher mueve, agita sus brazos, lanza al home y…strike one”. Porque así se inició mi primo Foción Serrano, a quien luego llamarían el “Tigre mayor”, por haber sido uno de los fundadores del equipo “Tigres de Aragua”. Foción, sin entrenamiento especial, ni escuela alguna, por su exquisito tono de voz y su excelente pronunciación, dada la práctica diaria mientras batía el jabón, se convirtió en un excelente narrador.
Poco tiempo después de lo que he narrado, Foción Serrano, terminó siendo el narrador “oficial”, en la entonces exitosa y muy sintonizada, en todo oriente, Radio Sucre, de Cumaná.
El ascenso de Foción Serrano, como narrador deportivo, a la emisora más escuchada en todo el oriente venezolano, coincidió justamente con la popularización en toda nuestra ciudad materna, de la expresión “ni un ciego”, en caso que alguien a uno lo quisiese embaucar. Y por esto Foción, la incorporó a su léxico de narrador del “juego de pelota”, como llamábamos aquel deporte en nuestro idioma, cuando se producía una decisión dudosa en aquel deporte.
Con la misma velocidad y más, que creció la fama de aquella expresión en nuestra ciudad, lo hizo la de Foción Serrano como narrador. Un buen día supe, por intermedio de mi prima América Velásquez, también familiar y más cercana de Foción, que éste había sido llamado por la emisora donde hacía su labor de narrador estrella Pancho “Pepe” Cróquer, a acompañar a este en las transmisiones del llamado “deporte rey”. Foción había dado un salto, como si hubiese sido Alfonso Carrasquel mismo.
En esos tiempos, había un Cumaná, en burdel o mercado de sexo, en la vía que conduce al barrio “El Peñón”, llamado “Paralelo 38”, de una señora llamada Bernarda, “casada” con un pelotero y policía llamado “Cacaía”. Era ese “negocio” del sexo, el de más alto rango en la ciudad. Una noche, apareció en el salón del mismo, una muchacha proveniente de uno de los burdeles de menor “categoría” de la ciudad, uno llamado “Paralelo 38”, a esa joven, por aquel salto, la llamaron la “Carrasquelito”.
El apelativo, aplicada a la joven, es el mismo de aquel gran pelotero venezolano, nativo de Caracas, llamado Alfonso Carrasquel, apodado con el diminutivo de “Carrasquelito”, por ser sobrino de Alejandro Carrasquel, “El Patón”, quien era ya un famoso en ese mundo por haber sido el primer venezolano en jugar en las grandes ligas del béisbol norteamericano.
Alfonso Carrasquel o “Carrasquelito”, desde sus inicios, fue un caso excepcional. Pues jugando en una sucursal de ligas menores de los “Medias Blancas de Chicago”, en clase A, la de más bajo nivel, dio un salto descomunal y pasó a la liga mayor a sustituir a la gran estrella Luke Appling, quien después de 20 años en el rol de campocorto de aquel equipo, optó por el retiro. Los Medias Blancas, en toda su organización, no halló con quien sustituir a Appling, sino aquel muchacho caraqueño recién llegado a desempeñarse en el nivel inferior. Aquello fue un salto descomunal y poco frecuente. Por esto, en Cumaná, a aquella joven trabajadora sexual que, pasó de un burdel marginal y apareció de repente, una noche en “el paralelo 38”, nombre tomado de aquella referencia que fue la línea temporal de ocupación al final de la Segunda Guerra mundial, punto marca la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur, la llamaron “la Carrasquelito”.
Ese mismo descomunal salto, de repente, lo dio Foción Serrano, de Radio Sucre, una emisora de prestigio, pero al fin, en un área entonces tan marginal como ahora, del oriente venezolano, hasta “Ondas Populares”, la más escuchada en toda Venezuela y para narrar, “nada menos y nada más” que, al lado de la figura más prestigiosa de Venezuela en esa especialidad.
Transmitiendo con Pancho Pepe, turnándose pasadas cada ciertas entradas, Foción, ante una jugada decidida, según su criterio, errada por parte de un árbitro, usó la expresión “ni un ciego catino”.
Los muchachos del barrio nuestro que escuchábamos la transmisión del béisbol, ahora, más entusiasmados por Foción Serrano, transmitiendo al lado del famoso y admirado Pancho Pepe, oyendo a aquel usar la frase nacida en nuestro barrio gritamos de emoción y hasta como orgullo. Y de esto sentimos más, cuando el gran Pancho Pepe, la incorporó a su jerga narrativa.

