Venezuela se encuentra en uno de los puntos de inflexión más determinantes y crudos de su historia republicana. No nos enfrentamos simplemente a una crisis de gobernabilidad, a un estancamiento económico o al drama humanitario de la migración que desgarra a nuestras familias. Estamos inmersos en una guerra total contra la psique del ciudadano, librada en el terreno de una desinformación sistemática y planificada. Su fin último no es solo el ocultamiento de la verdad, sino la aniquilación de la capacidad misma de indignación y socavar los pilares fundamentales del compromiso civil y la acción política.
Quienes venimos del mundo de la academia, de la filosofía, sabemos que la mentira institucionalizada no es un derivado del azar, sino un arma de control. Una tiranía no tiene la obligación de legitimar sus ventajas ante sus ciudadanos; le basta con sembrar el escepticismo radical, hacer creer que todo está perdido, que los liderazgos estorban, que las negociaciones de trastienda sustituyen la soberanía popular y que toda resistencia es fútil. En la Venezuela actual, la saturación de rumores, los ataques de laboratorios digitales y la clausura de espacios informativos reales buscan llevarnos a la parálisis. El objetivo es que la sociedad claudique, huya o acepte la confusión como su destino inevitable.
Esta dolorosa realidad ha quedado crudamente al desnudo tras el trágico doblete sísmico que sacudió nuestro territorio nacional. La naturaleza golpeó con violencia innegable, pero la verdadera magnitud de la catástrofe que hoy enluta a Venezuela no es un designio divino; es el resultado directo de la incompetencia criminal y el abandono estructural de un régimen que carcomió los cimientos físicos y morales de la nación.
Los colapsos fulminantes de edificaciones en Caracas y la devastación extrema en el estado Vargas no son accidentes fortuitos. Son la consecuencia de años de construcciones improvisadas, como los proyectos de la Misión Vivienda, edificados sobre terrenos saturados y sin cumplir con los más mínimos protocolos de seguridad ni códigos de diseño sísmico básicos. A esto se suma el colapso absoluto de un sistema sanitario que ya estaba quebrado, obligando a atender heridos en plena calle mientras los hospitales atiborrados carecen de los insumos indispensables.
La respuesta oficial ante la emergencia ha sido el retrato más fiel de su inepcia y de su desprecio por la vida humana. Mientras las iniciativas ciudadanas y los registros civiles independientes contabilizan con angustia decenas de miles de desaparecidos, el aparato propagandístico estatal congela y manipula las cifras oficiales en un intento desesperado por ocultar las dimensiones del desastre. Eligen militarizar el área afectada y acaparar el control de los suministros, rechazando una ayuda humanitaria transparente, eficaz y neutral. La tragedia de los terremotos pone de manifiesto que el Estado fracasó imperdonablemente; dejó a los ciudadanos abandonados bajo las ruinas físicas de una infraestructura negligente y, a su vez, bajo los escombros institucionales de una burocracia impasible.
Es en ese instante de máxima tensión geopolítica e interna cuando resulta necesario rescatar la Política, escrita con mayúscula, despojándola de la palabrería estéril para devolverle su dimensión ética. Para transitar este laberinto se necesitan dos virtudes cívicas innegociables: la sofrosine (el aplomo) y la andreía (el coraje) de los clásicos.
El aplomo, en primer lugar, debe ser entendido como la serenidad rigurosa del espíritu frente a la provocación sistemática. No es pasividad ni indiferencia; es la firmeza intelectual de quien no se deja arrastrar por la histeria colectiva ni por los cantos de sirena de soluciones mágicas o atajos providenciales. Tener aplomo hoy significa ejercer el juicio reflexivo como un escudo, dudar con método, cartesianamente, verificar el dato y tener presente que es preferible la reserva analítica que sumarse al coro de la intriga. En tiempos donde los algoritmos, la censura y los intereses turbios pretenden dirigir la voluntad de un pueblo, conservar la templanza es un acto de soberanía individual y colectiva. Es la lealtad irrestricta a los valores compartidos, desmarcada por completo de la complicidad del encubrimiento o de la comodidad de la sumisión.
Por otra parte, el coraje político actual trasciende la vieja noción de la simple comparecencia en la plaza pública. El verdadero coraje hoy radica en la resistencia de vivir y sostener la verdad a sabiendas de las consecuencias. Se necesita coraje para defender el mandato soberano de las mayorías cuando se cierran los cielos institucionales, cuando se persigue a quienes disienten y cuando la prisión es el castigo para las ideas. Es el valor inquebrantable de no soltar la lucha a mitad de camino, de exigir a los aliados internacionales firmeza ética en el último metro y de recordar a quienes pretenden pactar la quietud de los cementerios que la paz verdadera solo germina sobre la base de la justicia y la dignidad democrática. Un país entero, con su inmensa voluntad de cambio, no cabe en el molde estrecho de un acuerdo de conveniencia.
El rol de la ciudadanía no es el de un espectador pasivo que aguarda un desenlace ajeno. La historia nos enseña que las tiranías se resquebrajan cuando el ciudadano común decide romper el cordón umbilical de la mentira oficial. Las páginas de este diario han sido testigo de cómo las ideas claras y la palabra firme pueden cruzar la tormenta más densa. La crisis estructural que hoy nos estremece no se resolverá con el acomodo de quienes prefieren un negocio antes que una alianza histórica por la libertad; se superará con la determinación de una sociedad civil que se niega a ser borrada del mapa político de su propio destino.
Ante la estrategia del caos, la fragmentación y el pánico inducido, nuestra respuesta debe ser unánime. No estamos conteniendo la aspiración de un sector o un nombre; defendemos el porvenir de una nación que exige la reforma de sus instituciones y la reconciliación social. Con la templanza de quien sabe con certeza hacia dónde va y con el coraje inquebrantable de quien sabe que la verdad tarde o temprano se abre paso, debemos seguir adelante. La libertad de Venezuela es un deber histórico del que ninguno de nosotros puede desertar.
@yorisvillasana

